Sobre Gimme Danger, de Jim Jarmusch

por David Obarrio

 

Cool, Not Cool. Las letras telegráficas: dice Iggy Pop en una escena que no quería hacer letras como las de Dylan, parrafadas kilométricas; trances de palabras que se arremolinan sin piedad sobre el oyente. Dice eso e imita una especie de rapeo, un bla, bla bla en cuya cadencia desapegada y malévola se adivina al tótem de Duluth, Minnesota (Dylan también inventó el rap, se ha dicho). Iggy Pop cita su contraejemplo perfecto: piensa que logró lo que quería hacer en la letra de su canción “No Fun”, que dice “No fun, my babe, no fun”, como si escupiera. La destreza para usar pocas palabras, no decir nada, pero que suene a algo. El rock como el arte de la alusión enigmática.

La película de Jarmusch empieza por uno de los tantos finales de la banda. A principios de los setentas, con tres discos en su haber, el grupo estaba acabado. El mal comportamiento de sus integrantes, especialmente el de Jim Osterberg, ya conocido como Iggy Pop, le cerraba las puertas al grupo. Los shows terminaban en desastre. Las giras se cancelaban. La decadencia temprana, la sensación de derrota en la boca, precipita el camino de los excesos. Iggy se vuelve adicto a la heroína. No hay diversión sino insatisfacción. Iggy recuerda sin remordimientos frente a la cámara de Jarmusch, impecable en su vejez juvenil, de cara con grietas oceánicas y sonrisa perezosa.

Jim Osterberg vivía con sus padres en una casa rodante en su Detroit natal. Fue criado por la televisión en blanco y negro, con programas infantiles que, vistos ahora, parecen concebidos por Timothy Leary, el príncipe del LSD. Había montado desde muy chico la batería en el living escaso y aporreaba los tambores a toda hora. No se habla mucho de los padres, pero se adivina que eran tolerantes. El adolescente Jim forma un grupo llamado The Iguanas con el que toca en el colegio. Para sobresalir como frontman se le ocurre que su batería esté emplazada sobre una tarima ubicada a tres metros de altura por encima de las cabezas de sus compañeros de banda. Una foto muestra la grotesca escena.

Jim viaja un poco, no mucho, siempre en el medio oeste. En Chicago toca en bandas de blues mientras la gente baila. Toca en bares de negros. Tiene contacto directo con una música que parece remontarse al principio de los tiempos. Los músicos están en trance mientras los cuerpos se agitan, ríen, transpiran. Los blues son una forma activa de tristeza antigua; una melancolía que baila. En esa época el blancucho Jim tocaba el bajo. De vuelta en Detroit va a ver a la Paul Butterfield Blues Band, que acierta a pasar por la ciudad. El bajista Jerome Arnold le dice que la única manera de tocar es como si le fuera la vida en ello.

Iggy encuentra compañeros de vida en su ciudad natal. En el barrio, en algún show, en la calle, en un sillón compartiendo el porro en medio de una fiesta. Los hermanos Asheton también estaban en eso de querer convertirse en músicos. Los Stooges tienen nombres tentativos. En el año 67 están completamente drogados con ácido mirando la televisión y tienen su momento de iluminados perdidos con Los tres chiflados en pantalla. Solo que ellos serían The Psychedelic Stooges, para acompañar el tono de época. Tiempo después, cuando deciden acortar el nombre, consiguen un número telefónico y consultan a una autoridad para saber si pueden usarlo en toda regla. Del otro lado de la línea contesta Moe Howard, el flequilludo, el intemperante Moe de los Tres chiflados. “Mientras no se llamen The Three Stooges a mí que mierda me importa”, se le oye gritar al bueno de Moe como en sus mejores momentos.

Las “películas de romanos”, los peplums, lo que Iggy llama “iconografía egipcia”, con altivos tipos en cueros y miradas frías de otro mundo, le dan la idea de salir a cantar siempre sin ropa de la cintura para arriba. Su marca de fábrica a la que sumaba un contorsionismo enloquecido, digno de un místico danzante, que encuentra alguna forma misteriosa de sabiduría perdiéndose a sí mismo, entregándose en desafiantes zambullidas sobre las cabezas ávidas del público. La música de los Stooges orbita alrededor del cantante. Cuando desaparece en la marea de espectadores, la banda flota en un acorde violento infinito a la espera de que retome el micrófono.

Los hermanos mayores de los Stooges fueron los MC5. Iggy recuerda haber estado congelándose de frío una noche junto a Scott Asheton mientras oían al grupo ensayar en un galpón inhóspito. Los riffs alucinantes, la fiereza en la actitud, la altanería con la que las canciones exhibían su disconformidad con el mundo circundante podía ser algo a imitar. Pero los MC5 estaban demasiado politizados para el talante naturalmente insumiso, siempre un poco paria y desconfiado, de los Stooges. Invitados por los MC5 para tocar juntos en la convención demócrata del 68 en Chicago, que terminó en protestas, represión violenta y arrestos masivos, los Stooges declinan su participación.

Jarmusch no se esfuerza. La familiaridad con Iggy, con Scott, con Mike Watt, con Steve Mackay, exime a su película de tensiones, de cosas no dichas, de zonas oscuras subterráneas. El material de archivo es excelente, las entrevistas están moderadamente bien. Su homenaje a los Stooges carece de énfasis emotivos o de dramatismo, incluso en los momentos de derrota o de pérdida (y hay más de uno). En cambio está atravesado casi de punta a punta por un espíritu de comic jocoso, de orgullo beligerante mediante el cual el rock es una fatalidad para sus protagonistas: una práctica, un conjuro, un pan diario. Un trabajo de toda la vida cuyas huellas en el cuerpo se asumen con una entereza distante, menos con orgullo que con resignación.

Los MC5 son cool, dice Iggy. Sus compañeros de banda, los vivos y los muertos, son cool. Los fastos del mundo de la música, sus vanidades, sus trampas, sus aprovechadores, sus espejismos, no son cool. Los sesenta, los hippies, los punks, los “alternativos”, no son cool. Los pioneros negros que posibilitaron la aparición del rock, esos náufragos que no recibieron compensación alguna, que estuvieron en prisión, que sufrieron la pobreza, que murieron abandonados, son cool.

Como el artefacto devocional competente que es, la película cree en los Stooges. Jarmusch está convencido de la audacia de la banda, de su espíritu aventurero, de su falta de cálculo, de la obstinación con la que se aferra a una idea del arte y una idea del negocio de la música. Cree también en sus técnicas cavernícolas y en la pureza de sus intenciones respecto de posicionarse en el mundo del rock siempre en sus propios términos. Cuando hace unos años caminaba por Nueva York con mi remera de los Stooges se me acercó más de un desconocido con el único fin de elogiarla. Un tipo de unos sesenta años me da la mano y me dice: “Best band that never existed, man!”. Así como hay “heads” de los Grateful Dead, seguidores irredentos del grupo, parece que los Stooges tienen lo suyo. La habilidad de Jarmusch para trasmitir su afinidad por The Stooges es evidente. ¿La mejor banda que jamás haya existido? Después ver la película, a uno no le quedan muchas dudas.

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