Mujercitas (Little Women)

Año: 2019
Origen: Estados Unidos
Dirección: Greta Gerwig
Guion: Greta Gerwig
Intérpretes: Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh, Eliza Scanlen, Timothée Chalamet, Laura Dern, Meryl Streep
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Yorick Le Saux
Edición: Nick Houy
Duración: 134 minutos

por Diego Maté

Yo era una chica moderna. Greta Gerwig no entiende el drama ni la tragedia. Y está bien, tampoco le importan. Su Mujercitas se va toda en un único gesto: transformar la tristeza estoica de la novela en otra cosa, no se sabe bien qué, pero en algo así como una especie de plenitud. Allí están los personajes, los vestidos, las casas: la época, digamos. Pero el tono no se parece a ninguna película sobre el período: la velocidad de los diálogos, de los movimientos, el timing con el que se resuelven las escenas y la ligereza con la que se narran las adversidades (incluida la muerte) hace acordar más bien a la comedia, a un drama liviano. Las discusiones sobre el lugar de la mujer están asordinadas, como si a la directora no le interesara mucho volver una vez más sobre esas consignas dichas una y mil veces y cumpliera a desgana con la tarea. La agenda es otra: las chicas van y vienen juntas para todos lados, les cuesta separarse, las peleas terminan rápido (como en el cine clásico), las escenas en la casa están tocadas todas por una calidez infrecuente. Ahora que todo el mundo habla del tema, Gerwig propone otro feminismo, uno vital, gozoso y solar que alimenta la película y la previene contra el regodeo en la miseria y los subrayados, signos casi automáticos del cine sobre causas. 

Como si quisiera sacarse de encima el asunto, la película deposita la mayor parte de las líneas sobre el matrimonio y la mujer en Amy, que es la menos encantadora de las hermanas, la que calcula y hace planes, la que vive resentida con Jo. Es Jo, en cambio, el centro arrollador de la historia, la misfit que no encuentra un lugar, que se sabe afuera pero que tampoco tiene un manifiesto de ocasión que le permita justificar cómodamente su situación como lo hace la hermana. Gerwig hace de Jo un personaje con una gestualidad del presente, una chica que duda, que traquetea cuando habla y cuando decide, más una freak de una comedia indie que una mujer de hace dos siglos. El final cambiado y el jueguito con la autoconciencia confirman que Gerwig quiere inyectarle a la historia un pulso contemporáneo, como si hablar de la desigualdad y mostrarla fuera un recurso agotado, un parloteo inconducente, y ahora hubiera que imaginar mundos mejores, abandonar las frases hechas y los automatismos de los grandes temas, los tics que rodean siempre al compromiso sobreactuado y sus poses; filmar alguna especie de felicidad o por lo menos intentarlo.

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