La lavandería (The Laundromat), estreno de Netflix

MV5BNDhiZTA1MzItMWNmZC00YWZlLWI5NTYtYzI5MzMxNGJkZDcxXkEyXkFqcGdeQXVyNTE4NTE0NjU@._V1_La lavandería (The Laundromat – Estados Unidos – 2019)

Dirección: Steven Soderbergh
Guion: Scott Z. Burns
Intérpretes: Meryl Streep, Gary Oldman, Antonio Banderas, Jeffrey Wright, Robert Patrick

por Diego Maté

La lavandería querría ser La gran estafa pero apenas si le alcanza para Vice. La película sigue a un puñado de personajes implicados en una red de engaños que conducen al grupo Mossack Fonseca. Lo que guía la trama no es la transformación narrativa sino el develamiento progresivo del fraude y sus mecanismos. El tema parece inventado para poder filmarlo: la ingeniería de reenvíos a empresas fantasmas que oculta una gran maquinaria de lavado resulta tan elusiva como fascinante, un monstruo hecho a la medida del cine. Pero la película no entiende nada de esto.

Desde el comienzo, cuando aparecen los dueños de Mossack Fonseca dirigiéndose al público, queda todo a la vista: a falta de pulso, Soderbergh ofrece una ironía gruesa, maciza, que halaga la inteligencia del espectador para disimular la falta de la suya. Sigue un montón de viñetas en las que el director observa en detalle el desamparo de sus personajes, como un chico que apunta su lupa y mira retorcerse hormigas chamuscadas bajo el sol. El resultado es una copia (otra más) pobremente ejecutada, un Coen brothers de muy mala terminación: para jugar al entomólogo por lo menos hay que saber algo de insectos o ser medio bicho. Lo peor no tarda en revelarse: resulta que los momentos con Gary Oldman y Antonio Banderas hablando a cámara era lo mejor que había. Esperábamos que la cosa levante un poco, pero a falta de un espectáculo como la gente terminamos sonriendo con la caricatura del alemán que hace Gary Oldman. En el fondo, la cosa no es tan grave: La lavandería dura bastante menos que Vice y ni siquiera hay que soportar a Christian Bale caracterizado. Pero sobre el final Soderbergh pierde la poca compostura que le quedaba: el director se pone severo, sentencioso, como si de golpe pidiera que nos tomemos en serio el travestimiento lánguido que nos ofreció sin convicción durante una hora y media. Hay autorreferencialidad, cine dentro del cine, juego de cajas chinas (lo que sea que eso signifique): gadgets de segunda mano que fuerzan la idea de complejidad, de reflexión. Hollywood lo sabe bien: a falta de cine, la sensibilidad sobreactuada acerca de algún tema de interés no viene mal.  

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