Dossier Ceylan – Tres monos

Dossier Ceylan - Tres monosTres monos (Üç Maymun – Turquía – 2008)

Dirección: Nuri Bilge Ceylan
Guion: Nuri Bilge Ceylan, Ebru Ceylan, Ercan Kesal
Intérpretes: Yavuz Bingöl, Hatice Aslan, Ahmet Rifat Sungar, Ercan Kesal

por Sebastián Rosal

Tesoros ocultos en el fondo. Drama familiar y pasional con el fondo de una Estambul tozudamente gris y como vaciada de habitantes, en Tres monos se hace carne, desde el principio al fin, la frase “que la desesperanza llame a tu puerta”. Ese es el verso de una canción que se escucha cada vez que suena el teléfono celular de Hacer, la bella mujer que es al mismo tiempo madre, esposa y amante de su hijo Ismail, su esposo Ezüp y de Servet, el funcionario local y jefe del marido. El contexto apenas se menciona, como al pasar, en la voz que surge desde un aparato de televisión, y da cuenta de la consolidación del poder absoluto de Recep Erdogan y su partido en las elecciones de turno: quizás sea eso lo que explique la angustia permanente de los personajes, el tono seco y el aire sofocante, los tonos apagados y uniformes, casi sepia, la ausencia de humor; ese fondo oficia de marco para la tragedia y su presencia habilita pensar que Tres monos es una película cuya clave de lectura puede ser, también, política.

No resulta extraño entonces que en ese clima el cuarteto avance danzando una coreografía fúnebre cuyo movimiento es impulsado siempre por la ausencia de alguien o de algo. La muerte inicial en la ruta, la cárcel de Eyüp, el despecho de amor de Hacer y el asesinato que completa la tragedia van generando, como en un dominó, el vacío de turno que fatalmente se cierra con cuotas de dolor y de violencia crecientes y enquistadas, pero siempre estallando de manera puntual, con el efecto, al mismo tiempo devastador y contenido, de un edificio al implosionar. Pero si Ceylan puede manejarse con recato y contención para dejar que los hechos avancen con una lógica inexorable, también debe pagar caras sus distracciones cuando permite que el diablo psicologista meta la cola. Porque el clímax de este cúmulo de ausencias llega desde el pasado y en forma de fantasma, de acoso recurrente, de trauma familiar siempre silenciado, con un recurso que es tan espectacular, en el sentido estricto del término, como repulsivo, una ampliación efectista del universo que la propia película supo construir.

Ese claroscuro aparece no solo allí, porque Ceylan sabe filmar con mano firme, sin prisa pero sin pausa, y en el camino no pierde sus dotes, expresadas en el sutil, impresionista uso del sonido, en las elipsis manejadas con precisión y en la dosis justa de sorpresa, o en el laconismo de los parlamentos. Tampoco sus mañas, hay que decir, que lo llevan recurrentemente a inclinarse por imágenes dignas de una postal, en las que el arrebato de belleza luce como un gesto extemporáneo, por decir lo menos; o cuando cae en la tentación facilista de convertir la historia en un recorrido circular, en el designio insoslayable de la deidad vengativa de turno, en una ley universal. Allí, particularmente en ese final, y en su predilección por los climas oscuros, por el talante sombrío, puede que radiquen, al mismo tiempo, las razones de su éxito y la desconfianza que genera. Ese coctel tiene buena prensa y un público cautivo, siempre a la espera de hacer del cine la tierra de la cual extraer significados como si fueran tesoros ocultos en el fondo; el arte de la seriedad y la importancia, aunque nunca termine de saberse con precisión qué sería exactamente eso, ni cuál sería su utilidad.

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