Bafici 2019 – Her Smell

Her Smell (Estados Unidos – 2018)
Trayectorias

Dirección: Alex Ross Perry
Guion: Alex Ross Perry
Intérpretes: Elizabeth Moss, Cara Delevingne, Dan Stevens, Agyness Deyn, Gayle Rankin.

por Pedro Insúa

Con el correr de los años y las películas, Alex Ross Perry ha sabido llegar a su mejor forma: la de un autor impredecible y camaleónico que se arropa con diferentes estilos para cada proyecto sin dejarse encasillar. Su último opus hasta la fecha era Golden Exits (la cual presentó en Buenos Aires hace dos años, cuando el Bafici le dedicó una retrospectiva), una película divertidamente desconcertante en su intento, justamente, por hacer coincidir en un mismo relato tantos géneros juntos, desde la comedia romántica al psico-thriller. Asomaba, sí, peligrosamente, cierta moralina biempensante, una búsqueda por las lecciones de vida tranquilizadoras que se desarrollaría en los dos guiones que iba a escribir luego (Nostalgia y Christopher Robin). ¿Es que Perry finalmente se había estancado, refugiándose en un lugar seguro? Nada de eso: Her Smell reconfirma su capacidad para adaptarse a cada relato escogido en función de sus necesidades; un gesto de humildad, si se quiere, muy necesario para contar esta historia de descenso y eventual redención sin caer en lo ya visto (teniendo en cuenta que, respecto a este subgénero, lo visto es mucho).

Solo basta compararla con Vox Lux, la otra propuesta del festival con la cual comparte afinidades temáticas: si allí su director, Corbet, está más ocupado en querer generar el relato definitivo sobre una generación que en efectivamente filmarlo (en un cóctel peligroso que mezcla masacres estudiantiles, el lado oscuro de las estrellas pop y una Natalie Portman perdidísima), Perry evita cualquier divague y va a lo concreto, a lo fáctico. Es así que divide la película en cinco partes (todas secuencias que transcurren en tiempo real), como una manera de acercarse a la figura de Becky Something (Elizabeth Moss), cantante y líder de una banda punk a-lo-The-Runaways, anteriormente exitosa y que ahora está atravesando un importante declive. ¿Sexo, drogas y rock & roll? Eso y mucho más: un ex esposo que reclama la manutención de su hija, un ritual pseudosatánico obra de un chamán que Becky sigue fanaticamente, una diva rival que parece salida directamente del armario de St. Vincent… Perry es consciente de estar trabajando con un material que no se distingue por ser novedoso y decide apostar por lo desaforado, subir los decibeles de una manera casi literal: el monstruoso armado de la banda sonora se siente a cada momento, vibra a través de las paredes. Como si hubiese una banda tocando detrás de cada puerta, nos llegan sonidos opacos, mugrosos, de todas direcciones: un amasijo de ruidos ininteligible, imposible de escrutar. Es algo parecido a lo que intentó Noé en su reciente Climax, solo que aquí el sutil diseño sonoro busca menos el impacto que la leve incomodidad: una constante sensación de mareo, como si estuviésemos dentro de una burbuja, algo parecido a lo que siente Becky en su desmoronamiento diario. Perry no necesita hacer explícita la violencia en pantalla, le basta con evocarla constantemente a través del sonido: una presencia ominosa que transmite el peligro siempre latente del derrotero de su protagonista.

Nada de esto tendría mucho sentido sin la potencia arrolladora de Elizabeth Moss, totalmente monstruosa, desatada. Actriz que puede enorgullecerse de ser totalmente inclasificable, siempre bordeando entre los productos industriales y el cine de autor, acá deja libre su costado Gloria Swanson; su rostro es el festival de los tics y Perry sabe que su trabajo consiste simplemente seguirla. De hecho, hay algo extrañamente documental en la manera en que la cámara se pega a ella (incluso dentro de la ficción, cuando un equipo de filmación aparece en los camerinos), a lo largo de los pasillos, mientras las escenas se estiran más, mucho más de lo normal. Es que no hay tiempos muertos: Becky es una estrella y su misión en el mundo es hacer de cada segundo un espectáculo, tanto en el escenario como fuera de él, para desgracia de todos los que la rodean. Así, cuando el relato en su segunda mitad deba necesariamente bajar un cambio, será ella quien lo sostenga, cantando en el piano para su hija una versión de “Heaven” que logra, aunque sea por unos minutos, ahuyentar no solo a los fantasmas que la rodean sino también cualquier intento de discurso redentor sobre la vida y las segundas oportunidades. Decir que la película descansa en sus hombros sería pecar de humildad: Moss es Her Smell, y vivenciar el film (porque en sus mejores momentos es justamente eso: una experiencia) significa presenciar en vivo y en directo la feliz relación entre un director y una actriz en estado de gracia.

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