Bafici 2019 – The House that Jack Built

The House that Jack Built (La casa de Jack – Dinamarca, Francia, Alemania, Suecia, Bélgica – 2018)
Trayectorias

Dirección: Lars von Trier
Guion: Lars Von Trier, Jenle Hallund
Intérpretes: Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Siobhan Fallon Hogan, Sofie Gråbøl

por Diego Maté

La nueva tontería de Lars von Trier se asume plenamente como tal y eso le insufla a su cine una frescura nueva, parecida a la de sus primeras películas. La historia tiene una premisa absurda: Jack padece TOC y se transforma en asesino serial de manera casi involuntaria. El relato adopta la forma de una secuencia aleatoria de recuerdos de crímenes: cada uno se vuelve más inverosímil y ridículo que el anterior y arroja la película a un terreno nuevo que no es el de una killer story convencional, pero tampoco una parodia que necesita tomar distancia de lo que se cuenta. Von Trier hace otra cosa: sigue de cerca a un psicópata que masacra de maneras inesperadas mayormente a mujeres y chicos, dispone pequeñas viñetas con los cadáveres y les saca fotos.

La famosa misantropía del danés se respira todo el tiempo: el asesino es claramente un chiflado, pero las víctimas tampoco llevan las de ganar; en un gesto de una incorrección política infrecuente, el director representa a las presas del protagonista como seres fastidiosos, molestos, ambiciosos, estúpidos y quién sabe cuántas cosas más. Como ocurre con la primera de ellas (Uma Thurman), una mindfucker que prácticamente le sugiere a Jack el plan para asesinarla y deshacerse del cuerpo. La película no tiene un relato fuerte, pero cada escena es un pequeño universo en sí mismo que parece haber sido diseñado con cuidado y atención a los detalles; Von Trier nos recuerda que, cuando no lo sepultan sus propias ambiciones de auteur provocador, es un director de una inteligencia cinematográfica poco común. Algo de su tendencia casi automática a la provocación persiste pero carente de solemnidad. Por ejemplo: en uno de los recuerdos, Jack asesina a una madre y a sus dos hijos. Uno espera lo peor, pero la ligereza que la película supo construir hasta ese momento, sumado al exceso casi lúdico de la acción (Jack los caza con un rifle a varios metros), cancela cualquier posible revulsión. Se trata de un principio que estructura a la película toda: cada crimen, cada tormento pierde su carga de virulencia porque el sistema que idea Von Trier nos dice que nada de lo que se ve debe ser tomando muy en serio. La decisión, por un lado, encierra a la película en sí misma y en sus propias reglas, como si el director intentara blindarla contra cualquier posible crítica; por otro, le permite recuperar una potencia que su cine no exhibía desde hace mucho tiempo. Esto se nota sobre todo en el epílogo, cuando Jack es conducido al infierno por un guía misterioso: el trayecto, que dura solo unos minutos, es un inventario de ideas de puesta en escena, de cambios de registro visual, de trabajo con la digitalidad, de experimentación con el plano y más. En ese final, Von Trier, el misántropo de cotillón que practica el cómodo ejercicio de sembrar indignación en los festivales, certifica que es un director en plena madurez y muestra, como un profeta oscuro, las vidas posibles del cine.

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