Sobre “Green Book”

por David Obarrio

El cazador oculto. Peter Farrelly ha demostrado ser el primer integrante premiable de los dos hermanos directores, y lo hizo a caballo de una película que en principio aparenta no tener mayor importancia que su declamado humanismo en el que negros, blancos, heterosexuales y gays deberán, después de todo, convivir como mejor puedan más allá de las diferencias. Pero Green Book tiene un tono ligero de fábula en su celebración de los Estados Unidos muy bellamente logrado, una distinción de amabilidad y gracia cultivada con un cuidado y una dedicación contundentes. La película puede ser vista como un oda franca a la cultura popular norteamericana; un poema sencillo, aunque nunca ingenuo, en el que coexisten las luces de los hoteluchos al costado de la ruta, los éxitos eternos de la radio, los joints donde explotan la alegría insensata y la camaradería de los encuentros inopinados con música de blues de fondo, los paradores tristones pero amables de hamburguesas y café negro, o las franquicias inmutables de comida al paso cuya perseverancia a lo largo y ancho del mapa ofrece una sensación confiable de hospitalidad. Se me ocurre que ese espíritu no es muy diferente al que atraviesa buena parte de La mula, película elogiada con toda justicia en forma prácticamente unánime. A Green Book le quedan un Oscar sospechado de sujeción demasiado evidente a la agenda de los tiempos que corren en Hollywood y la mirada condescendiente ulterior que se desprende de un premio que nadie acierta a tomarse en serio desde hace demasiados años. El libro verde del título es un cazador oculto bajo la superficie de la historia: con su apariencia civilizatoria que enmascara la segregación cotidiana, es el monstruo declarado de la película, la marca de la ignominia que el director, con gran sutileza, decide dejar en un segundo plano. Tal libro es en realidad una guía que dictaminaba el recorrido obligado para que los negros pudieran desplazarse por el país en forma “segura”. Salvo por una escena de catarsis subrayada, donde la conclusión desesperada del concertista negro que toca para los blancos pero no tiene permitido comer junto a ellos (“Al final no sé quién soy”) exhibe una tosquedad y un carácter explícito que la película claramente no necesitaba, Green Book discurre con una fluidez genuina, como un mecanismo seguro de sí –convencido del poder evocativo de sus clichés, de la gracia automática pero efectiva de sus gags, de su velocidad narrativa, de las esmeradas pantomimas de sus actores -, que no olvida el dejo de horror subyacente representado en el libro de marras, pero al que prefiere obviar como a una rémora, la página absurda de un mundo pasado de moda al que solo hay que esperar ver extinguirse de un momento a otro. Green Book se detiene en los rituales familiares de los inmigrantes italianos o en la emoción democrática de las manifestaciones artísticas mientras observa pasar a los personajes reaccionarios casi con un mirada de condescendencia, como si no fueran otra cosa que tontos que no terminan de entender lo que ocurre a su alrededor, no conciben los cambios que se han operado en los demás y se ven obligados a pagar por su torpeza. La confianza de la película en el futuro se puede resumir en una idea: el mundo siempre mejora.

Una respuesta

  1. Luighi

    La verdad la pelicula no me sorprendió; esperaba mas, le faltó el toque de emoción que la historia requería, se queda en el umbral de la entrada al corazon. De todos modos es digna de verse, lineal, cuenta una historia simple de maneta directa y para nada rebuscada. Una mirada directa y profunda sobre los que significaba ser negro o gay en los años 60. Muy bien actuada. Vigo Mortensen encarna muy bien su papel .

    marzo 16, 2019 en 5:27 pm

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