Sobre “Niño futuro”, de Rafael Berrio

Intérprete: Rafael Berrio
Disco: Niño futuro
Fecha de edición: 1 de marzo
Sello: Rosi Records
Músicos: Rafael Berrio (Voz y guitarra), Joseba Irazoki (Guitarra), Paul San Martín (Piano y voz), Karlos Aranzegi (Batería), Fernando Neira (Bajo). Con la participación especial de Virginia Pina (“Considerando”) y Elena Setién (“Abolir el Alma”) en los coros

por David Obarrio

Canciones contra toda esperanza. Hay voces a las que no queda más remedio que creerles todo; voces condenadas a destacarse a veces en su fragilidad, sus vacilaciones, el abismo de sus límites; la sensación peligrosa de que tal vez no llegan, no alcanzan la altura ni el cuerpo necesarios, o los recuperan en parte como con una mueca de venganza, acaso en el momento menos pensado. Rafael Berrio tiene una de esas voces: reconocible y de rango corto, a menudo imperturbable, sin impostura ni coartadas de destreza alguna. Una voz hecha para ser creída desde el minuto uno, desde la primera palabra.

El hombre de San Sebastián es capaz de volver después de tres años como si nunca se hubiera ido; el hombre especializado en la confección de discos misteriosos y dispersos, en ocasiones hechos de rock y en otras de glosarios terminales con sombríos arreglos orquestales de fondo, sutilmente desesperanzados –discos que pueden quedar reverberando en el oído como fantasmas, siempre a tiempo, pero quizá nunca suficientes–, vuelve ahora con un disco que se podría llamar de síntesis. El pop recuperado como contraseña eterna, con banda clásica de rock cuyas indispensables escaramuzas repican en cada rincón con contundencia y sentido exacto de la oportunidad; con los músicos como compañeros de ruta en auténtico estado de gracia, dispuestos a ofrecer el marco justo para el lucimiento en primer plano del cantautor, discretos pero inevitables, capaces de maniobras maravillosas en cada vuelta que recuerdan la insolencia saltarina de la pandilla que acompañaba a Dylan en Blonde On Blonde.

El disco desgrana a un Berrio genuino de punta a punta: la trova perfecta de los momentos inasibles que se contemplan por la ventana con melancolía y devoción (“Mi álbum de nubes del cielo”, una cumbre gloriosa del disco); el supremo desasosiego, cuya tensa declinación parece huir hasta toparse en el final con un torbellino de góspel eléctrico digno de Spiritualized, con esa obstinada repetición que parece doler al decirse (“Abolir el alma”); o ese impenitente repertorio de palabras, un bestiario que se estira y nombra, como en estado de trance, las formas y los rostros de un futuro que ya se ha realizado (“Niño futuro”), con un talante que puede evocar el malevolente desapego con el que Lou Reed impartía sentencias impiadosas en la versión en estudio de “Kill Your Sons”, por ejemplo.

Desde siempre, quizá con especial énfasis en los últimos diez años de carrera, Berrio fue amigo de las palabras; de una manera de decir que tiene una gracia propia extraordinaria, capaz de dotar a las canciones de ese plus incandescente de los autores grandes, empeñados efectivamente en “decir” algo. La precisión de “El truco era un resorte”, por caso, su minuciosidad hecha a golpes de breves iluminaciones de naturaleza casi visual para inferir los rasgos de un universo desencantado que se remonta a la niñez más temprana, alcanza a destilar una tristeza secreta que puede resultar devastadora: “Comenzaba a redoblar el tambor/y una turba de voces blancas estallaba en gritos/pasaban tres minutos infinitos/suspensos entre el pasmo y el horror”, y una línea después: “Y qué fiesta de atónitos guiños/Qué muecas chuscas en tantas caras encendidas…”.

Es cierto que Berrio parece normalmente encontrarse con cierta comodidad entre el grupo de los cínicos, los insatisfechos irreductibles cuya risa solo repara en el funcionamiento defectuoso de lo que los rodea. Pero lo suyo, bien observado, es más bien un dispensario de ciertos gestos convencidos propios de una estirpe antigua, que observa sus días con desconfianza, pero no porque se solace de modo particular en señalar alguna cualidad decepcionante de la vida sino porque así se prepara para soportar mejor los sinsabores, el ejército de sombras que vela en silencio en el reverso de las cosas.

Con un cierto malditismo cultivado con dedicación y ejercido siempre con elegancia, pero sobre todo con ironía, nunca demasiado creído de sí, Rafael Berrio revela también el sentimiento de búsqueda de una vida buena en la que las palabras brillan con tanta intensidad y elocuencia que parecen no solo materializar aquello que nombran (“El haz de tibio sol sobre el regazo”, dice un verso en “Dadme la vida que amo”, la impugnación de las cosas nimias que recuerda en la forma al impresionante comienzo de Mis ayeres muertos”, de Paradoja, su disco precedente), sino también referirlo para crearlo y justificarlo, como si las palabras lo trajeran de vuelta, contra toda esperanza, desde un lugar remoto, un país de las cosas perdidas y olvidadas en el que resisten vestigios de una bonhomía edénica. En el fondo, o quizá no tanto, Berrio parece cantarles también a ciertas formas gratuitas de inocencia y verdad que acaso no pertenecen ya a este mundo.

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