Dossier German – El último tren

El último tren (Posledniy poezd – Rusia – 2003)

Dirección: Alexei German Jr.
Guion: Alexey German Jr.
Intérpretes: Pavel Romanov, Pyotr Merkurev, Aleksey Devotchenko, Aleksandr Tyurin

por Diego Maté

Máxima incomprobable: si con las anteojeras del autorismo se barre la filmografía de directores consagrados, seguramente se encuentre una insistencia de los temas acompañada de una evolución formal. Es un lugar común de la teoría del autor: el director auteur es dueño de un sistema de ideas más o menos desde siempre, lo que se transforma, en todo caso, son las decisiones estilísticas. Por ejemplo, en Hitchcock el suspenso es una condensación de recursos que muta con el paso de los años, pero el tema de la pareja ya aparecía en sus películas mudas. El caso de Alexei German Jr. pareciera contradecir esa regla. En El último tren asoma una visión del mundo algo vacilante y que habría de modificarse en películas siguientes, pero a la vez se percibe una solidez cinematográfica atípica para una opera prima. Es como si German hubiera alcanzado en un tiempo récord una evidente madurez formal, aunque sin saber bien todavía qué hacer con ella.

El relato sigue a Paul Fischbach, un médico alemán que llega al frente ruso durante la retirada nazi. La película rechaza desde un principio las convenciones del cine bélico y opta, en cambio, por fijarse en la precariedad general de la situación: el arribo a un puesto militar y el traslado a un hospital improvisado ya anuncian el gusto de German por los espacios vastos y desolados por los que se mueven como pueden personajes golpeados por alguna calamidad, recurso que el director transformará en marca reconocible de su cine. Primero a pie y después desde el auto en el que viaja Fischbach, la cámara realiza largos travellings del paisaje nevado, un lugar inhóspito por el que se arrastran contingentes de soldados mal pertrechados que parecen llevar en la cara y en el cuerpo las marcas del frío y de la derrota.

Fischbach llega al hospital y se encuentra con un cuadro desesperado: no hay insumos, la autoridad a cargo es un militar desquiciado y el hospital está siendo desmantelado a medida que las fuerzas alemanas retroceden. La película alterna el retrato de la locura bélica con las preocupaciones materiales cotidianas: en ese sistema estético, sin embargo, no parece haber mucho espacio para el alto mando imprevisible y un poco chiflado que hace pensar inmediatamente en Kurtz. El caso es que el protagonista es echado a patadas a la intemperie sin motivo aparente y tiempo después se encuentra en el bosque con un cartero alemán perdido igual que él. El dúo alterna el encuentro con unos campesinos rusos indefensos (a los que toman por partisanos) con diálogos y soliloquios filmados en primer plano que hablan gravemente sobre las indignidades de la guerra.

El desenlace consiste en una serie de giros narrativos que German realiza sin énfasis, informado, tal vez, de que la potencia de la película descansa en la habilidad con la que la cámara acompaña a Fischbach y no en los mecanismos del relato. La debilidad de la resolución es inversamente proporcional a la belleza que el director extrae del bosque nevado, de una cabaña desvencijada y de un ataque sigiloso. El protagonista, un médico incapaz de salvar a nadie, recibe un tratamiento bastante cruel, pero sobre el final la película deja entrever un resto de candidez regalándole al personaje una breve redención con una imagen que quiere ser una piedad desfigurada, acorde a los efectos de la guerra (Pavel Romanov repetiría en parte el personaje de Fischbach en Garspastum, la película siguiente de German, haciendo a un tío médico que teme ser llamado al frente).

Se tiene la sensación de que German, a contramano de la gran mayoría de los directores, pareciera haber encontrado una voz propia de una gran sofisticación sin contar todavía con una visión del mundo definida. Su filmografía posterior, desigual y cambiante, confirmaría la sospecha de que se está más ante un planificador visual exquisito y que frente a un gran narrador, alguien capaz de disponer las imágenes con una elegancia y una fuerza inéditas.

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