Diez años de Cinemarama, por Karen Riveiro

Seguimos con los festejos. Ya saben cómo es la cosa: cada redactor elige dos textos, uno suyo y otro de un compañero, y los comenta

por Karen Riveiro

Texto propio: Sodankylä Forever (2011)

Ser crítico es siempre estar poniendo cosas en serie; siempre estar buscando una red, como si nuestra vocación estuviese ligada de manera inexorable a la construcción de pequeños montajes, pequeñas constelaciones de referencias que construyan nuevos sentidos Este ejercicio, con motivo de los diez años de Cinemarama, celebra esa posibilidad: comentar un texto propio y uno ajeno habilita una serie de revisiones personales, pero también genera un nuevo montaje que es el de las miradas de los redactores que pasamos por acá en distintos tiempos de la historia del sitio.

Por mi parte, y si se trata del placer de poner en serie películas, sensaciones y pensamientos, no puedo hacer más que pensar en los festivales de cine. Los recuerdo casi como entes compactos, un cúmulo de escenas de películas increíbles y movilizantes solo interrumpidas por el cansancio, el café y el sol que asomaba cuando salías a tomar un poco de aire. Al finalizar el festival, esos films se volvían únicos y errantes, dejando no más que vagos recuerdos, imágenes como halos, puras sensaciones.

Algo así pasó con Sodankylä Forever (2011), el film sobre el festival de cine Sol de Medianoche que vi en el Bafici del 2012 y sobre el que escribí acá, en Cinemarama. La de Peter Von Bagh era una de esas películas grandes, abarcativas, que al hablar de cine parece que pudieran a la vez hablar de todas las cosas del mundo: la recuerdo poco pero con cariño, como si su refugio estuviese en el cuerpo aunque fuera de la consciencia. Lo mismo me pasa con algunas otras joyas festivaleras como Le Quattro Volte, Photographic Memory o Nostalgia de la luz.

Al leer hoy en día la crítica que escribí después de ver el documental de Peter Von Bagh no estoy segura de por qué pensé que este era, por momentos, “innecesariamente insistente en la cuestión de lo político” (¿qué significa eso? Y, en todo caso, ¿por qué sería algo negativo?). Pero hay otra parte del texto que sí comprendo y hasta sostengo:

La imagen cinematográfica es también inmortalidad, representación viva y actualizada de todo, incluso de aquello que ya ha muerto. Sodankylä Forever no será la excepción: gran parte de los entrevistados anteriormente vuelven a aparecer, pero esta vez con dos fechas a su lado. Una vez más, el cine y su poder, que revive y recuerda cuando quiere y con tanta intensidad, que hasta parece (…) una mentira más verdadera que la realidad.

Me gusta pensar que esta parte de la crítica no solo es un homenaje anticipado a Von Bagh, quien moriría tan solo dos años después del estreno de su documental en el Bafici, justo en el mismo año en que yo decidiría dejar por un tiempo la crítica de cine y empezar a dedicarme a otras artes. También me alegra sostener la sospecha de que el cine tiene ese poder de revivir y actualizar pasiones y recuerdos, justo como ahora, cuando volver a escribir es celebrar todo lo que en este sitio compartimos.

Texto ajeno: Avatar (2010)

Insisto en el gusto de los críticos por ese recorrido en la red inmensa de guiños y coincidencias, por todo eso que hace que películas, directores y estilos disímiles puedan aparecer unidos por los montajes personales. Yo, que en uno de los textos iba a escribir sobre lo propio y lo pasado, quería que el otro fuese sobre lo ajeno y lo futuro. Después de todo, un aniversario tiene esos mismos componentes: (primero) recordar y revivir, (luego) desear y soñar.

En un principio pensé en elegir la crítica de Cinemarama sobre Lo and Behold, el documental de Herzog sobre cómo nuestras vidas cambiaron (y cambiarán) a partir de la aparición de internet y sus tecnologías derivadas. Pero luego pensé en Avatar que, como buen film de Cameron, habilita una construcción de referencias y enlaces no solo con el pasado y el presente sino también con el futuro, futuro que aparece en la técnica pero también en las posibilidades de lectura.

En este punto, no me parece casual que mi montaje improvisado de películas “del futuro” haya encontrado su reflejo en el mismo texto que Diego Maté había escrito para Cinemarama sobre Avatar, texto donde también se hablaba de Herzog:

Un poco a la manera de Flaherty, Rosellini, Carl Sagan o Herzog, desde El abismo en adelante el cine de Cameron parece reconcentrarse en el gusto por el descubrimiento, una expedición a lo desconocido. Avatar es la culminación de esa tendencia, en la que conviven y retroalimentan algunas de las corrientes más significativas de la historia del cine: la ficcionalización y cálculo de Flaherty (Avatar es, después de todo, una película animada, es decir, puro cálculo y puesta en escena), el didactismo amigable y respetuoso de Rosellini (presente sobre todo en India o La toma del poder de Luis XIV y que puede apreciarse en el aprendizaje sobre Pandora al que es sometido Jake) o la admiración frente a la naturaleza de Werner Herzog o de Sagan y su serie Cosmos (Avatar está plagada de momentos de revelación, de puro asombro frente al mundo que se descubre).

De algún modo, este punto de encuentro entre la película de Cameron y el cine del documentalista alemán resulta decisivo. No solo porque los comentarios al pie de la crítica así lo señalan (no se habla de Flaherty, Rosellini ni Sagan: solo se polemiza a partir de la comparación con Herzog), sino también porque ambos directores, tan diferentes entre sí, se encuentran unidos por una misma acción: “descubrir”.

Uno de los comentarios que discuten con la crítica alega que solo se puede descubrir aquello que ya existe y que, por lo tanto, la acción del “descubrimiento” no puede tener lugar en la animación digital, en una creación de computadora. El argumento es lícito solo en parte, ya que descubrir es, a la vez y según la RAE: “manifestar, hacer patente”; “destapar lo que está tapado o cubierto”; “hallar lo que estaba ignorado o escondido, principalmente tierras o mares desconocidos”; “registrar o alcanzar a ver”; “venir en conocimiento de algo que se ignoraba”. Así, cada una de las definiciones implica una acción distinta: manifestar, destapar, hallar, registrar, venir en conocimiento (!). ¿Quién dijo que esas acciones, tan compatibles con el espíritu del documental, no pueden llevarse a cabo en la ficción y más aún en la animada, que tiene la posibilidad de crear y descubrir a la misma vez todo lo que muestra?

Por otra parte, y si es que des-cubrir también es des-tapar, también resulta posible coincidir con la crítica en que, más allá de algunos problemas con la banda sonora y los personajes, y del evidente mensaje antibelicista y ecologista, el verdadero foco (y valor) de Avatar no está allí:

Para comprobarlo basta una simple operación matemática: determinar aproximadamente cuánto espacio en plano ocupan los Na’vi en las secuencias animadas (podría decirse que relativamente poco, salvo en los planos de la tribu donde hay muchos de ellos), restar esa cifra estimativa al total de los cuadros y el resultado que vamos a tener es que el universo de Pandora es el verdadero protagonista por lejos de la película.

Así, el descubrimiento es aquí un “des-cubrir”, una apertura del plano, un registro de lo oculto, un “manifestar” lo que podría ser ignorado a causa de prestar demasiada atención a los personajes y a las analogías políticas y sociales. Ese espíritu de asombro es el que siempre nos regala Herzog y también es lo que nos permite disfrutar Cameron, que hasta hoy nos adjudica el mismo rol de descubridores a nosotros: ya se ha dicho por ahí que Titanic puede verse como un recuerdo verídico de su protagonista o como un muy hermoso invento de su memoria (algunos diálogos y claves del film permiten verla de esa manera). Del mismo modo, captar la esencia de Avatar depende, como dice la crítica, de nosotros, de cada momento, de lo que elegimos y preferimos ver.

Gran parte de la vigencia de algunas películas consiste en la cantidad de lecturas que habilitan, todas esas sospechas que permiten futuros montajes personales. Avatar 2 se viene en 2020, con la docena de años de Cinemarama. ¿Habrá más por descubrir? Por hoy y hasta que llegue el momento, celebro este juego compartido de tender puentes con el cine del que tanto disfruté y del que tantas cosas aprendí gracias a este sitio.

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