Diez años de Cinemarama, por David Obarrio

Seguimos con los festejos. Ya saben cómo es la cosa: cada redactor elige dos textos, uno suyo y otro de un compañero, y los comenta

por David Obarrio

Texto ajeno: 50/50 (2011)

En esos años primeros de Cinemarama nos leíamos todos. No había tanta cantidad de textos circulando cerca nuestro en las redes que nos dijeran algo, y cierto clima de entusiasmo tácito por eso que hacíamos en conjunto –nuestro sitio, lugar de encuentro, de intercambios no siempre afables, de puesta en valor del ego y de exposición; muestrario de estilos, de inseguridad, de desfachatez, de generosidad y de una serie acaso impúdica de etcéteras– nos llevaban hacia allí: a leernos y a comentarnos, a veces solo para nuestros adentros. Leía a Laura con interés. Pocas veces acordaba con ella, pero no era lo importante. Lo que pasaba siempre es que me interesaba lo que decía, lo que tenía para decir. Sus textos casi siempre eran cortos, escasos, y más de una vez dejaban traslucir un dejo melancólico que se desprendía de la sensación de que no lo habían dado todo, o que no lo habían dicho todo, por intemperancia, por impaciencia o por una cierta dejadez regia de la autora. Yo leía y buscaba en sus críticas no un rapto de iluminación sino un tono, una voz que me parecía evidente que era solo de ella. A veces la nota humorística –cuando escribía de algo que no le gustaba, y estaba en vena, se inclinaba por el chiste letal– podía convertir la descripción de una película desdichada en una silueta amable: nos decía con gracia que la película era un chiste, una tontería, algo indigno de tomarse en cuenta. A 50/50, evidentemente, se la tomó en serio. Por añadidura, su crítica de la película hizo lo propio: 50/50 era importante, era seria, era digna de atención. Creo que el humor como defensa frente al dolor del mundo y el inevitable sentimiento trágico que la película destila casi a escondidas hicieron parte del trabajo. El texto de Laura es conciso (especialidad de la casa), contundente, comprometido con la película de manera incondicional. Ella nunca mintió en los textos –nunca se hizo pasar por otra cosa–, y se notaba enseguida cuando la película que comentaba la cansaba, la aburría o no le producía emoción alguna. Siempre fue transparente en ese sentido: menos profesional que orgullosamente amateur. Del mismo modo, se veía siempre a las claras cuando ocurría lo contrario: 50/50 le gusta, la emociona, la conmueve, la entusiasma. Una crítica que rebosa de cariño sobre una película acerca de la fragilidad de nuestros días, la amistad como fatalidad, el amor como refugio, la conciencia en alerta acerca de la intemperie tenaz que acecha, a escasos metros, en una hora cualquiera. Laura captó eso y supo trasmitirlo, con la convicción de que los temas universales pueden volverse un imperativo personal, un asunto que nos cala, que nos comunica algo al oído y de cuyos temblores es necesario decir algo. Nunca lo charlamos, pero pienso ahora, mientras releo la nota, que eso es lo que le debe haber ocurrido con 50/50, esa película modesta, tan poco amiga de la altisonancia y las formas excelsas. No es que la deslumbró, tampoco se le impuso con la altivez de una obra maestra. Lo que la película hizo, con gentileza pero acaso sin miramientos, es hablarle directamente a ella.


Texto propio: Juego limpio (Fair Play – 2014)

Quizá a priori no parezca un dato demasiado relevante, pero escribí sobre Fair Play (o Juego limpio) a toda velocidad. Eso quiere decir unos pocos minutos; veinte o tal vez quince minutos en los que literalmente descargué todo lo que se me ocurría sobre la película, sin ponerme casi a pensar en el detalle de si lo que mis dedos le trasmitían al teclado tenía o no una pertinencia incuestionable. De alguna manera, el pulso de la película me había ganado. No la velocidad de sus imágenes, que no tiene nada de particular, sino el tono perentorio, cierta arrogancia juvenil, su breve arte del aquí y ahora que envuelve a la protagonista, esa chica que huye pero en realidad está atrapada: escapa hacia adentro, hacia el ápice de una conciencia afligida sin otra salida que el presente, único bien asequible seguro. Fair Play es una película ambientada en la década del ochenta y ocurre a lo largo de un año en el que la corredora protagonista pasa por toda clase de vicisitudes en el ambiente opresivo de la Checoslovaquia de la época. El tiempo de la película, sin embargo, parece ser en todo momento el de una especie de presente apremiante, vital e insensato. Como si Anna, la corredora olímpica de marras, no pudiera esperar; no tuviera tiempo o no quisiera imaginar un futuro: solo le resta correr, vivir el presente como un soplo continuo, el único escenario fuera del alcance de la maquinaria estatal que amaña el pasado y se reserva los días por venir como si fueran un vertedero de sombras, un auténtico agujero negro. Escribí la crítica muy rápidamente, entonces, acaso contagiado por ese tono fulminante que entreví en la película. Ese placer inconfesable de estar inmerso en el momento presente, sin cálculo acerca de lo que depara la próxima hora. Escribí corriendo, sin mirar atrás, sin ver casi lo que escribía. Fair Play es una película que aterrizó en la cartelera porteña sin mayores esperanzas. La estrenó Zeta Films, meritoria distribuidora argentina con particular devoción por las causas perdidas. Fair Play fue para mí una de las películas importantes de ese año 2014. La película no tiene en apariencia aspiraciones muy altas. Se desliza sin esperanzas por una zona fantasma, siempre a punto de ser impugnada por poco ambiciosa, por indecisa, por bordear casi orgullosamente la línea que separa el pozo afable del mainstream de la sección que preescribe, con todas las ventajas consabidas del mundo, lo que debe ser una “película de festival”. Fair Play no luce como una obra maestra y está lejos también de pretender pasar por objeto lustroso, de esos cuya fachada irreprochable exime a veces del escarnio ostentando un relumbre de ocasión. Más bien es un cuento mínimo, de colores desteñidos, un relato en presente sobre hechos del pasado cuya fuerza secreta radica en la falta de subrayados, pero también, sobre todo, en la sensación de no future que traspasa con gesto lúgubre al espectador. Como si apurarse, “verse en apuros”, correr, ganar tiempo, fuera el lazo con el que la vida encuentra algún modo de realización, orgullosamente ajena a la intermitencia social y a la opresión ambiente: momento vital, siempre provisorio, pero irrebatible.

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