Diez años de Cinemarama, por Andrés Brandariz

Seguimos con los festejos. Ya saben cómo es la cosa: cada redactor elige dos textos, uno suyo y otro de un compañero, y los comenta

por Andrés Brandariz

Texto ajeno: Luz de luna (Moonlight – 2017)

La iniciativa de actualizar un texto con motivo de los diez años de este sitio, en el que escribo hace relativamente poco, no me tomó del todo desprevenido. Rápidamente acudí a un texto de la persona que me hizo formar parte del muy nutrido grupo de gente que ha colaborado y colabora con Cinemarama, con quien frecuentemente tengo oportunidad de ir al cine y con quien comparto un criterio bastante similar a la hora de mirar y elegir. En resumidas cuentas, lo mío es de una comodidad absoluta. De ella me sostengo para hablar de otra comodidad: la de quienes premian películas como Moonlight.

Moonlight en Netflix, más de un año después de su estreno, como parte de la filmografía de la escuela de cine en la que, felizmente, hoy estudio. Sin dudas, la crítica de mi amigo había hecho lo suyo para disuadirme de verla en lo inmediato. Por supuesto que nunca hay que dejar de ver el cine que no nos gusta, aunque sea para poder fundamentar por qué no nos gusta. En cuanto concluyó la película, me invadió una especie de perplejidad indignada. No solo su protagonista carece de cualquier tipo de entidad; no solo es una ameba incapaz de despertar la más mínima empatía, sino que la película parece diseñada para frustrar cualquier expectativa que podamos construirnos para no reemplazarla con nada que no sea el vacío de sentido más absoluto. Resulta sorprendente cómo estas películas, que cada tanto la temporada del Oscar nos hace padecer, son enarboladas como paradigma de inclusión y apertura. Aunque su realizador, su elenco y gran parte de su equipo técnico son de raza negra, la sensación que me dejan estas propuestas es que funcionan para expiar la culpa de un montón de hombres blancos que las llenan de premios y elogios, luego de los cuales presumiblemente duermen más tranquilos pensando que han experimentado de cerca la humillación y la marginalidad de gente menos afortunada que ellos. ¿Cuál es si no el objeto de hacer una película en la que un joven negro, homosexual y pobre es sometido, sin prácticamente oponer resistencia, a un sinfín de maltratos y discriminaciones que se dan por hechos y que la película es demasiado haragana o incapaz para construir? Hay algo casi retorcido en exponer a un espectador a este tipo de cosas, una especie de vileza estetizante en describir insistentemente un estado de las cosas en forma monocorde a lo largo de casi dos horas.

Moonlight no cuenta nada, no construye nada, no hace otra cosa que provocarnos lástima por un personaje demasiado desdibujado como para que podamos identificarnos con él. Todo en esta película es de un nivel de autoindulgencia tal que casi resulta irrisorio que haya sido vendida como una película “importante”, sutil y artística. Moonlight parece pensada desde la negación: no quiere tener una estructura convencional, así que nos saca de la acción en todo momento en el que parece que va a suceder algo relevante; no quiere ser una película sobre un chico homosexual enfrentándose a un ambiente homofóbico, así que la homofobia nunca se muestra y su sexualidad está absolutamente desprovista de erotismo, mostrada desde la conmiseración; no quiere ser una película sobre el hijo de una madre drogadicta que termina vendiendo drogas porque esa elección jamás está construida, ocurre en una de las tantas elipsis arbitrarias a las que nos somete. Chiron es más vehículo de las intenciones del realizador que personaje, más una obligación del discurso que un deseo. Moonlight no piensa, no reflexiona: muestra la marginación desde la manera más elemental y descriptiva posible y, finalmente, ni siquiera nos regala una escena de amor y reconocimiento para compensar tanto sinsentido. Porque, claro, ser elusivo se confunde muchas veces con eludir, y denunciar se confunde tantas otras con enunciar. Por suerte, para todo lo demás, está Spike Lee.


Texto propio: Entrevista a Virna Molina y Ernesto Ardito, directores de “Sinfonía para Ana” (2017)

Uno de los espacios que más valoro desde que empecé a escribir en Cinemarama es el que me permite realizar entrevistas a directores que piensan y hacen nuestro cine desde el presente. Las condiciones de realización, nunca del todo estables o favorables, obligan a una lógica de producción y a una distribución de los recursos que dista mucho de las de otras películas que nos llegan desde otras latitudes. Esta charla es la más extensa publicada por Cinemarama y una de las que más feliz me ponen. En manos de Virna y Ernesto el diálogo se vuelve ecléctico y variopinto, pasando de lo más técnico y formal a aspectos casi filosóficos sobre el ver y hacer cine. Siempre me hace reflexionar el valor que le otorgan al tiempo y al rol del montaje como generador de temporalidad(es) para acercarse a la reconstrucción espiritual, conceptual y sensorial del pasado. Este libre juego temporal, entre presente y evocación, es uno de los rasgos que me resultan más estimulantes del cine latinoamericano, uno de los verdaderos baluartes de nuestra identidad. Cierto cine independiente nacional nos ha acostumbrado (sin hacer ningún tipo de valoración) a los relatos en puro presente, al laconismo y a la contemplación. En ese cine hay un alto valor puesto en la construcción del encuadre y en el movimiento interno de cuadro, mientras que Sinfonía para Ana apuesta decididamente por el montaje como elemento de sentido, por la imbricación de soportes y registros totalmente heterogéneos que buscan generar una particular percepción, cierta exuberancia controlada que nos satura de impresiones y que aspira no tanto a describir un estado de las cosas sino a hacernos experimentar un estado de las cosas.

Cabe destacar que Sinfonía para Ana, aunque soslayada por varios medios hegemónicos, fue un gran éxito de público en los circuitos dedicados a la difusión y exhibición del cine argentino. Para quien subestima la inteligencia de los espectadores, para quien cree que el cine argentino es una sola cosa, la existencia de Sinfonía… es un gran aliciente para embeberse en una experiencia estimulante y sumamente emotiva. Si su libre juego con el tiempo, a través del montaje, nos engancha en un nivel perceptivo, su historia persigue invariablemente una respuesta emocional. No es una película descriptiva, sino que se posiciona claramente en relación a la Historia y al espectador. De por sí, eso es muchísimo. Sinfonía para Ana aborda a los 70 temáticamente pero, más relevante aun, busca herramientas formales para rescatar una ideología del salir a filmar. Se trata de un pensamiento integral a la hora de concebir y de realizar un proyecto audiovisual, para rescatar el pasado y revalidarlo desde el presente.

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