Diez años de Cinemarama #2

por David Obarrio

Diez años con casa propia. Para mí primero fue la revista El Amante. Más tarde el Bafici, después la escuela de crítica de El Amante; después Cinemarama. Esa podría ser a grandes rasgos la trayectoria que va del lector espectador al crítico espectador lector. Estudiaba, o me entretenía ejerciendo algunas maniobras propias de estudiante en El Amante, cuando alguien me invitó a participar en ese sitio de nombre en apariencia poco amigable que contaba ya con un par de meses de existencia: Cinemarama, que casi nadie acertaba a decir correctamente y cambiaba por “cinerama”. Yo leía El Amante, cursaba en su escuela, iba al Bafici. También escribía con poca regularidad en un lugar propio, un blog olvidable en el que balbuceaba solitariamente y al que abandoné después de un par de años poco productivos. Marcela Gamberini, profesora en la escuela de la revista –ese espacio del que, de un modo ineludible, salimos todos los que hicimos por lo menos el primer año de Cinemarama–, fue la primera persona que se tomó en serio algo de lo que yo escribía sobre cine. A Diego Maté lo conocía de vista de allí, no recuerdo que hubiéramos intercambiado palabra. De manera que por una tercera persona, creo que fue Ezequiel Villarino, terminé aterrizando en Cinemarama sin que Diego pudiera relacionar inmediatamente al que entraba a escribir en su sitio con la persona que se cruzaba a veces en los pasillos de la casa de la calle Lavalle donde funcionaba la escuela.

La primera crítica que hice, me acuerdo bien, fue sobre una película de Wayne Wang con una chica china que deambula por la ciudad de Los Angeles esperando hacerse un aborto. Diego me quería cambiar un párrafo de lugar; yo no estaba convencido y le porfié vía mail a lo largo de toda una tarde de sábado. Al final accedí a hacer el cambio. Diego tenía razón: quedaba mejor. Empecé a escribir todas las semanas. Al principio nos leíamos unos a otros con atención. Éramos unos cuantos, pero solíamos estar muy al tanto de lo que se publicaba en el sitio. A veces entablábamos discusiones entre nosotros en los comentarios debajo de las notas, a la vista de cualquier lector, que ahora me resultan inconcebibles. No se puede decir que fuéramos todavía amigos, y el clima en general era como de que en una elección mínima –por una película, por un director, por un tipo de cine sobre otro– se jugaba algo grande, digno de controversias sanguinarias, sin importar hasta qué punto de ebullición pudieran llegar las cosas. Pero también peleábamos con los que nos leían, seguidores en ocasiones furibundos, paseantes ociosos con ganas de dar la nota; sujetos que asomaban la cabeza por única vez para esgrimir una invectiva no siempre inspirada, o incluso gente que alternativamente nos elogiaba o insultaba cambiándose el alias desde un mismo IP. Varias veces, algunos de esos lectores enojados me dijeron que era el peor crítico del planeta, que no tenía idea de lo que hablaba. Un director actualmente fallecido me acusó de pretender sacarles el pan de la boca a sus hijas y amenazó con arrastrarme a Tribunales. Esperé con cierta intranquilidad una carta documento que nunca llegó. Alguna vez un lector me deseó la muerte. Otro pronosticó que el final de mis días sería doloroso y solitario.

Cuando no teníamos todavía pases de prensa ni posibilidad de ir a privadas (por lo menos yo no tenía una cosa ni la otra) algunos elegíamos escribir sobre películas argentinas, que se pudieran ver en lugares con entrada a muy bajo precio. El Gaumont, proverbialmente, fue uno de esos cines. Pero también el ArteCinema, equívoco conjunto de salas del barrio de Constitución inaugurado poco tiempo antes. Durante el año 2009 fui mucho al ArteCinema. No era solo que las entradas fueran baratas. Pasaban películas en las que ninguno de mis compañeros, con toda justicia, demostraba estar muy interesado. Me ahorraré los nombres por elegancia, pero durante ese año vi una cantidad importante de películas argentinas insalvables. Algunas eran simplemente malas. Otras eran abominables. En esas salas en las que nunca parecía haber más que unas pocas almas desorientadas vi películas sobre las que escribí con total enjundia. Me di cuenta de que podía escribir con bastante facilidad acerca de películas que no me cautivaban en absoluto. Si un solo detalle era capaz de proporcionarme una idea, la crítica salía sin mayores tropiezos. Advertí que las películas malas, las desesperadas, las anómalas, las películas por las que nadie da un peso, pueden también ser una cosa seria. Fue un gran aprendizaje. Casi nunca me saqué una crítica de encima. Siempre traté de escribir seriamente –incluso a riesgo de tomarme demasiado en serio– como si lo que pudiera decir sobre esas películas a priori desechables tuviera una especie de relevancia capital.

El sitio fue el lugar donde nos ejercitamos jugando con total impunidad, donde probamos nuestras voces y nos dejamos llevar. Cierto grado de altanería, lo veo ahora, no nos era ajeno: escribíamos porque era significativo hacerlo, porque éramos libres, porque decíamos cualquier cosa, porque no nos importaba nada. Al menos yo hice eso. Lo digo de nuevo, la práctica de la escritura semanal (como mínimo una película por semana) tuvo su importancia a la hora de hacerme ganar confianza en mí mismo, en mis modestas posibilidades como crítico, o espectador que escribe sobre lo que ve, con cierto grado de felicidad. No se trató tanto de pulir la escritura sino de saber que podía ejercerla: se podía escribir, se podían decir cosas, se podía ver una película y sostener ideas sobre ella que eran solo propias, o que por lo menos nadie me había dictado, ni estaban destinadas a complacer a nadie, ni tenían la misión de justificarme ante nadie. De lo que se trataba era de escribir libremente, más allá del arbitrio de lo que se debía o no decir sobre el cine, esa materia esquiva con demasiados guardianes trabajando sin descanso.

Siempre consideré el sitio una suerte de milagro de supervivencia. Nunca hubo mayor planificación en lo que respecta a su funcionamiento. Una vez por semana, Diego manda por mail la lista de estrenos a cubrir y pregunta quién se ofrece para tal o cuál película. Escribo en presente porque estoy seguro de que sigue siendo así: cada uno escribe lo que quiere, cuando quiere, como quiere. Diego oficia un poco de coordinador general, pone algo de orden, es el que tiene en la cabeza quién escribe sobre qué cosa cada semana. De vez en cuando propone algún dossier. El resto se arma con las ganas, el humor o la sensibilidad de los redactores. Lo cierto es que nunca hubo un jefe. Nadie intentó jamás imponerles una forma de trabajar a los demás. Nadie pretendió que hubiera una dirección en particular para el sitio, una forma determinada de hacer las cosas. Las críticas salen porque sí, porque nadie nos obliga. Salen naturalmente porque me resulta difícil imaginar lugar más cómodo o más relajado para escribir que este sitio cuya naturaleza es un misterio tan simple como elusivo.

En Cinemarama hice amigos. Cada tanto teníamos desencuentros fugaces; nos volvíamos a amigar. Hice radio. Durante todo el 2008 tuvimos Cinemarama Radio, un despelote de programa con mucha gente al micrófono diciendo un montón de cosas en demasiado poco tiempo. Sin embargo, no estuvo nada mal; con modificaciones, estampidas, idas y vueltas, el programa tuvo lo suyo. Mientras duró fue bueno. En los primeros años de Cinemarama, créase o no, no había casi otros sitios dedicados a comentar los estrenos semanales. Con la regularidad y el carácter generoso y amplio y apasionado con el que lo hacíamos nosotros seguro que no. Hicimos eso en la radio como un complemento al sitio, una modulación diferente de las mismas ideas o de ideas parecidas acotadas por el formato. Cubríamos muchas de las películas que se estrenaban. Quizá demasiadas. Nunca supe bien cuántas personas nos leían con asiduidad, pero el flujo de comentarios se sostenía ferozmente a lo largo de los años. En ese tiempo se afianzaron amistades. Compartimos cumpleaños, salidas, fuimos a casamientos de algunos miembros del equipo. Algunos de ellos tuvieron hijos. Cada tanto hacíamos las reuniones de Cinemarama: cenas, picadas , almuerzos, rondas de cerveza interminables. En esas reuniones, como es lógico, no era raro que se hablara de cine en general. Sobre todo, sin embargo, se hablaba de cualquier otra cosa que nada tenía que ver con el sitio ni con su objetivo declarado.

Vale decir que Cinemarama fue parte de mi vida durante diez años. De alguna manera lo sigue siendo. Algunas personas que empezaron como lectoras del sitio terminaron escribiendo en él. Algunos de los que primero estuvieron allí se fueron temprano; otros escribieron brevemente. Entraron unos cuantos nuevos redactores, espectadores críticos, cinéfilos empedernidos también ellos, a escribir con pasión. Varios son hoy mis amigos. Mi relación con Cinemarama sigue vigente. Escribo menos, no conozco en persona a algunos de los que escriben ahora. No leo el sitio con tanta asiduidad como antes, pero sé lo que significa para mí. Básicamente lo considero mi casa, si una casa es el lugar que se considera propio, aunque ya no se viva en él. La casa habita en mí, más de lo que yo habito en ella. Yo pude haberme movido de allí, pero la casa viaja conmigo. Mi casa es lo que permanece en mí.

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