Rascacielos: Rescate en las alturas (Skyscraper)

Año: 2018
Origen: Estados Unidos
Dirección: Rawson Marshall Thurber
Guión: Rawson Marshall Thurber
Intérpretes:  Dwayne Johnson, Neve Campbell, Pablo Schreiber, Byron Mann
Fotografía: Robert Elswit
Música: Steve Jablonsky
Edición: Michael Sale
Duración: 102 minutos

por Diego Maté

El cine de acción trabaja para volver creíbles las proezas de sus protagonistas siempre enfrentados a ejércitos de enemigos o a situaciones con peligros imposibles. Rascacielos hace lo opuesto: Rawson Marshall Thurber tiene que conseguir que el personaje interpretado por The Rock parezca vulnerable, tarea nada sencilla si se sigue un poco la filmografía del tipo, sobre todo de sus últimas películas, donde puede vérselo midiéndose con amenazas cada vez más espectaculares (en Rampage, por ejemplo, el hombre participa en una pelea entre monstruos gigantes que diezman una ciudad entera). Para que la fórmula de cine catástrofe funcione, el director tiene que despojar a The Rock de su aura de héroe indestructible y humanizarlo. La solución llega desde el guion y consiste en incapacitarlo y en secuestrar a su familia: tras una operación con rehenes fallida del FBI, Will Sawyer pierde una pierna y debe cambiar de vida. Años después, la historia lo encuentra en Hong-Kong trabajando como asesor de seguridad para un magnate que está por inaugurar la torre más alta del mundo. Ni bien se inicia el ataque, el protagonista es traicionado por un amigo, su familia queda cautiva en el edificio y Will debe volver al lugar para rescatarlos (en toda la premisa se sienten ecos de otras películas de Dwayne Johnson: de Terremoto: La falla de San Andres, donde hacía de un rescatista que se movía entre derrumbes; y de El infiltrado, donde era sometido a un conjunto de restricciones realistas –no realizaba hazañas, no disparaba, no le pegaba a nadie– y terminaba herido y con muletas). No es que eso alcance para contener la personalidad expansiva de Dwayne Johnson, pero al menos se lo transforma en un héroe más cotidiano, de este mundo, que no anda por ahí aplicando llaves de sueño en plan autoconsciente y diciendo: “That’s a big arm, don’t fight it”.

Lo que sigue, entonces, es el despliegue habitual de hazañas físicas a lo largo de una torre de doscientos veinticinco pisos tomada por terroristas: una Duro de matar tamaño XL, digamos. La película levanta el relato en torno a The Rock y a su familia (comandada por la madre cuarentona que hace Neve Campbell, que sigue igual de linda que hace años), con ocasionales momentos delegados a los villanos; imagino a los últimos directores que tuvieron que trabajar con The Rock como a esos jugadores poco agraciados que solo tienen que darle la pelota al 10 del equipo, que es el que queda a cargo de  las gambetas y los lujos. Rawson Marshall Thurber es un poco eso: le da pases a su protagonista, devuelve paredes y a lo sumo manda centros, pero no arriesga ninguna jugada, ningún brillo propio. En parte, el asunto es perfectamente comprensible: en algún momento de los últimos años, The Rock pasó misteriosamente de ser un actor efectivo aunque un poco tosco a construirse una presencia cinematográfica como pocos otros. Se trata del raro (y despreciado) talento de los actores que solo podrían trabajar en cine como Tom Cruise o Bruce Willis, personalidades que fulguran en las imágenes con una técnica poco vistosa pero contundente, lo contrario de lo que pasa con las actuaciones impostadas que reciben elogios inmediatos. Hoy en día es difícil que un plano que contiene a The Rock no se concentre totalmente en torno a su figura, a su cuerpo inverosímil: el hombre le roba protagonismo a cualquier compañero u objeto, incluso al espectáculo visual de una torre que se consume en llamas. Esto reverbera en los villanos, contraparte fundamental del género, que acá parece que no estuvieran: uno es un mercenario despiadado que busca venganza, otra una asiática que asesina a sangre fría y otro, un falso business man que se infiltra en la torre y permite la entrada de los terroristas. Ninguno es un verdadero desastre, pero tampoco logran hacer algo por fuera de lo que dicta el estereotipo mínimo, como si lo que viéramos fuera apenas el grado cero del mal.

La película descarga todos sus esfuerzos en el escape de Will y de su familia de las trampas, los derrumbes y el fuego que devoran la torre. The Rock sale del edificio y tiene que volver a entrar burlando el cordón policial: se le ocurre hacerlo trepando durante varios metros por una grúa (con una pierna menos), revolear su gancho hacia uno de los pisos elevados y desde ahí descender por un cable. Puro Dwayne Johnson, piensa uno, mientras se dispone a disfrutar de la escena: después de sortear complicaciones, pelearse con policías y de lidiar con imprevistos relacionados con la física y la gravedad, The Rock salta, cae pesadamente, se agarra justito del borde, se corta las manos y los brazos y trepa al edificio. Acto seguido, se protege las heridas con cinta aislante. En apenas una escena, el hombre se llevó puesto entero el dispositivo narrativo que la película había construido hasta el momento: el marco de realismo que el comienzo trató de insuflarle a la película es barrido con la trayectoria de un salto imposible. Como todos los actores bigger than life, Johnson se impone a los designios del relato y consigue que la película trabaje para él.

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