Western

Año: 2017
Origen: Alemania
Dirección: Valeska Grisebach
Guion: Valeska Grisebach
Intérpretes: Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Waldemar Zang, Detlef Schaich
Fotografía: Bernhard Keller
Edición: Bettina Bohler
Duración: 100 minutos

por Aníbal Perotti

Vivir su vida. Un grupo de trabajadores alemanes llega a las afueras de un pueblo búlgaro. En la colina donde se asientan, en medio de enormes extensiones de bosques, plantan una bandera alemana. Este gesto simbólicamente hostil se corresponde con la frialdad de los lugareños: cada uno habla en su idioma sin entender al otro y sin intentar superar sus prejuicios. Con una mirada amable y penetrante, Meinhard encarna un ideal humanista que choca frontalmente con el nacionalismo de sus compañeros: es el héroe ambiguo por excelencia que, sin nostalgia ni hogar al que volver, busca un lugar donde diluir la dureza de su vida. La película está fuertemente anclada en el presente y cuenta con mucha precisión algo que los políticos contemporáneos no pueden discernir: cómo comunicarse entre vecinos que no comparten el mismo idioma, el mismo estándar de vida ni los mismos horizontes.

La paciencia con la que se lo ve a Meinhard caminando por las montañas, montando un caballo blanco o compartiendo una comida con los aldeanos le da a la película una sensualidad infinita. La mayor parte de sus compañeros, en cambio, pasa los ratos de ocio acosando a las chicas de la aldea. La tensión latente va en aumento entre el hombre solitario y el grupo, entre los extranjeros y los locales. Cada acción se desarrolla sobre una amenaza constante por la desconfianza mutua. Las personas arrastran las susceptibilidades de los lazos familiares y las alianzas comunitarias. El estado de ánimo puede cambiar con una mirada. La historia se construye sobre esta implosión de sentimientos que empuja a cada personaje a pelear o a confraternizar.

La cineasta utiliza los códigos formales del western para establecer la relación entre las dimensiones de un territorio y las acciones de un cuerpo con la violencia que genera la llegada de un extraño a un pueblo tranquilo. El juego sutil con la ambivalencia de los signos potencia el conflicto entre las dos comunidades. Meinhard no controla el idioma búlgaro y tampoco puede establecer una división clara entre una señal amistosa y una de desaprobación, entre la hospitalidad y el rechazo. El lenguaje híbrido, hecho de gestos y frases desmembradas, permite suprimir en parte la frontera que los separa, aunque sigue siendo objeto de una duda casi permanente.

La película describe un mundo de hombres con un lenguaje codificado y objetos viriles como rifles, cuchillos, herramientas, botellas de alcohol, cigarrillos y juegos de cartas. Western es una película de movimientos de cuerpos y de sentimientos que pone en primer plano los vaivenes emocionales de su héroe: su rostro seco se destaca enmarcado de cerca y de perfil, su silencio prevalece sobre el ruido de fondo, el enigma de sus acciones transparentes se impone sobre el oscuro deseo de los demás. La silueta de Meinhard permanece recortada en el cielo estrellado de la triste Europa, aislada dentro del plano, lejos de la efervescencia colectiva, bailando a su propio ritmo.

Publicado en Cinemarama el 29/11/17

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