EPA 2018 – Piazza Vittorio

Piazza Vittorio (Italia – 2017)

Dirección: Abel Ferrara

Con esta nota empezamos la cobertura de la nueva edición del Festival Internacional de Cine Independiente de El Palomar

por Ignacio Verguilla

En letra grande. El último documental de Ferrara, realizado en 2017 junto con Alive in France, abrió la tercera edición de un festival que sigue consolidando su excepcional estatus. Afuera cae la noche, y una performance dispara frases y sonidos sobre el frente de la sala Helios. Es un loop que gana la calle y oficia de preludio para una película en la que la palabra –con su sonoridad, con sus matices– también se vuelve objeto, forma y estilo. En esa intervención que precede a Piazza Vittorio, aquello que se mapea en las paredes –a veces la versión sonora de lo escrito, otras un collage rítmico de múltiples voces– invita a soñar con lo que allí no está: lugares, cuerpos, intensidades. Las imágenes que evocan esas frases –recortes que los programadores hicieron entre las películas del festival– conforman un exquisito fuera de campo a completar. Y son, a su manera, una idea del futuro, un atisbo de lo que vendrá en los próximos días en la ciudad de El Palomar. Notable idea que se expande hacia la sala, espacio en que la luz del proyector hará nacer esos paisajes sugeridos. Y resulta que en Piazza Vittorio (película y espacio concreto en pleno corazón de Roma), lo que allí dicen muchos de los inmigrantes –ciudadanos de un mundo que se ha vuelto jodidamente ingrato– promueve otro imaginario, no sin un halo de desasosiego. Frente a la mirada intempestiva de Ferrara, alguien cuenta que llegó a Italia encallando en Lampedusa; el tono utilizado, la mención al mar y a la isla, a la que nombra después de un largo silencio, no puede más que remitir a imágenes y naufragios. Lo mismo ocurre con la música que tocan varios hombres en una escalinata y con tantos otros relatos que hacen del pasado y el viaje una geografía inconclusa. Pero esta es una película de Ferrara, y no se trata de un relato sensible, correcto y humanista –al menos no solo de eso–. Lo que parece mover a Ferrara es un deseo atropellado de conocimiento y la voluntad de abarcar un espacio multiétnico en el que conviven los que escapan de los márgenes globales y aquellos que eligen la piazza por su intenso cruce de culturas, un oropel que ha adornado la zona por décadas, aún cuando sus destellos ya no reflejen los mismos colores. En esa suerte de babel a contramano del terror al otro que envuelve al mundo como una niebla, se percibe un mestizaje que campea todas las tensiones y que puede ser leído como un gesto de resistencia (la película empieza con una señora gritándole a medio mundo que se vaya de su país, y tendrá entre sus rostros a unos cuantos locales bastante reaccionarios).

En su registro de voces y más voces (africanas, italianas, asiáticas), la película se abre a una incómoda multiplicidad: podemos conocer a un inmigrante egipcio con varias décadas de residencia, tolerancia y buena estrella, a varios desclasados que perdieron contacto con la realidad, o ver a Willem Dafoe contando que ha elegido vivir allí junto a su esposa, la actriz y cineasta Giada Colagrande (ambos tienen una estrecha relación de trabajo con Ferrara). Así, Piazza Vittorio crece a fuerza de vértigo y encuadres desprolijos, sin temor a exponer sus métodos, sean estos el encuentro casual o la entrega de dinero para que la gente hable a cámara. Ferrara tampoco duda, con la incorrección tan característica de sus mejores ficciones, en hacerle creer a la gente que él mismo es un inmigrante con problemas, como así también incomodar a alguien que pide trabajo a gritos. Minutos más tarde, un plano que parece uno más entre tantos enciende otras tensiones: una mujer china cuenta en un trabajoso italiano que logró adaptarse muy bien al país; al fondo del encuadre, casi como en un reverso del relato, otra chica que podría ser su hija no parece a gusto ni con la cámara ni con lo que se dice. La chica se queda siempre lejos, mirando de reojo, mientras la cámara sigue encuadrando a ambas. En el tiempo del plano se inscribe todo aquello que no precisa ser enunciado.

Piazza Vittorio vibra así con su mirada alucinada y su polifonía que se instala en un rabioso presente, aunque serán otros recursos los que definan el sentido de un relato con múltiples lecturas: algunas imágenes de archivo recrean el pasado de la plaza –signo de un tiempo perdido, aunque siempre abierto al desprecio de unos y al amor de otros– y una música extradiegética remite a aquello que atraviesa a tantos de los personajes: el destierro, el movimiento perpetuo y la pulsión del desarraigo.

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