Diálogo sobre Las Vegas

 

por Elena Marina D’Aquila y Diego Maté

Diego Maté: El Nuevo Cine Argentino no le dio demasiada importancia a la comedia. Pero el NCA pasó y se hicieron cada vez más comedias que por lo general trataban de copiar como podían el modelo hollywoodense: con estrellas, gran factura, respetando las convenciones del género (se puede ver en la carrera de algunos directores, como Taratuto o Winograd). Sin embargo, pareciera que siempre existió otra comedia, más subterránea, menos preocupada por imitar las formas industriales estadounidenses, que entendió el humor tomando distancia de los mandatos del género: pienso sobre todo en las películas de Rejtman y en Sábado, de Villegas. Villegas debutó con una comedia que le salió muy bien y después se dedicó a probar otras cosas durante muchos años: es raro, eso. Ahora vuelve con Las Vegas, que si bien es una película posresurgimiento (o algo así) del género en el cine argentino (es decir, posTaratuto y Winograd), también parece tener un ojo puesto en Sábado y en la línea rejtmaninana, como si Villegas no renunciara del todo al tono enrarecido y distanciado de su opera prima, pero ahora teniendo que filmar una película industrial, eficaz, de otra escala.

Elena Marina D’Aquila: Sí, tiene cosas rejtmanianas (ese tono deadpan en Valentín Oliva y el humor absurdo de algunas situaciones, sobre todo del comienzo, donde mejor está Pilar Gamboa) y también le veo mucho de nueva comedia americana, sobre todo en el personaje de Gobernori, que es una especie de Vince Vaughn, grandote y medio torpe (la escena en la que se tropieza en la playa es uno de los puntos más altos de la película y de la comedia argentina). Si bien la mayor parte de los chistes recaen en Pilar Gamboa, Gobernori es mucho más gracioso y efectivo al punto de que a veces no necesita ni moverse, es la manera en la que está sentado, parado o apoyado en algo: su cuerpo es un gag en sí mismo, logra unos momentos increíbles de comedia y tiene una gran presencia en la pantalla. Es muy difícil hacer comedia, y salvo por los ejemplos que nombrás (agrego a Piroyansky con Voley), que lo intentaron con mayor o menor éxito, es un terreno al que pocos se animan a asomarse y Villegas no solo se carga ese desafío al hombro si no que además le sale bien (y ¡en temporada!). Además sabe hacer brillar a los actores, el secreto de toda buena comedia.

DM: Claro, porque hacer comedia es difícil, pero más todavía parece serlo hacer comedia saliendo de la ciudad para ir a la costa: ya no resulta tan fácil aprovechar los encuentros azarosos, los lugares o el clima de la ciudad, que son zonas fuertes del género. Creo que lo que decís de Governori tiene que ver también con la manera en la que la película dispone a sus personajes: casi siempre en planos amplios, cuando no directamente generales, muchas veces largos (la escena del reencuentro en el auto, con la lluvia). Es como si la película estuviera diseñada en parte para explotar el humor físico del tipo, pero también el tono más deadpan de algunos de sus compañeros. Pienso en los mejores momentos, en los que más me gustaron, como el diálogo entre el padre y el hijo en la playa, el plano breve de él y de la chica en el departamento antes de acostarse, y en la escena final, con la mesa vacía que se va llenando de a poco a medida que cada miembro de la familia ocupa su lugar. Hay ahí algún talento infrecuente para filmar momentos afectivos: la película extrae la emoción de cada una de esas secuencias desde la distancia, recurriendo menos al rostro (lo más fácil, lo que haría cualquiera) que a la gestualidad y a los movimientos del cuerpo. El plano final, el de los personajes que van sentándose a la mesa cada uno a su turno, fue uno de los momentos más potentes de todo el Bafici.

EMD: Ese final tiene un timing perfecto, no solo en la aparición de los personajes, sino también en la construcción de la emotividad, el detalle en los gestos, la espera; esas cosas mínimas que hacen que la escena quede grabada en la retina. Buena parte de la efectividad de la secuencia tiene mucho que ver con esto que marcabas de filmar a una distancia determinada. Ese recurso es lo que hace que funcione el principio con Pilar Gamboa, totalmente sacada, aunque no me convence del todo ni tiene la potencia de otras escenas. Pero en esos pequeños desbordes la película goza de una libertad poco frecuente, se anima a salirse de lo convencional, de lo esperable, para explorar todas las posibilidades de la comedia. Sobre todo la primera mitad tiene un ritmo de screwball comedy : los diálogos rápidos, las situaciones ridículas, casi inverosímiles, el personaje impulsivo, medio excéntrico, casi al borde de la locura (en este caso, Gamboa desatada), y después va virando de a poco hacia algo menos frenético y más melancólico. Ahí se empiezan a entrever estos momentos afectivos que decís, hasta llegar a ese clímax de emotividad minimalista, pero absoluta, del final.

DM: En ese sentido, el del desborde que comentás, la película parece tomar distancia del tono un poco más impostado de mucha comedia argentina, donde los personajes gritan y corren o se agarran la cabeza porque el director cree que el humor ese eso, el “disparate” (para decirlo con una fórmula vieja y fea). Pienso en el comienzo de Mamá se fue de viaje, donde a pesar de la destrucción y de la locura generalizada de la escena, lo único que hay es apenas un exceso calculado, un desorden reticulado que busca la risa fácil, inmediata. No me gusta demasiado el registro de Pilar Gamboa, pero también hay algo en su actuación que tal vez sea más sofisticado de lo que parece a primera vista: sus gritos, sus ataques, sus espasmos, todo causa gracia pero también incomodidad, hay algo de esa locura que irrita en parte porque es una locura que se hace sentir, que no se ciñe a los mandatos de la “comedia disparatada”. La mina está loca en serio y nada sugiere que vaya a cambiar, al contrario, se deja entrever que los que la rodean (el hijo y el exmarido) son los que tienen que aprender: a aceptarla así, a convivir con ella. Creo que con el personaje de Gamboa la película toma una posición inusual: se hace cargo de la personalidad excesiva de su protagonista sin contenerla, asume la dificultad de maniobrar a un personaje casi border. Es algo que por lo menos yo no recuerdo haber visto seguido en la comedia argentina (tal vez haya algo de eso en Los Marziano y en Mi amiga del parque, de Ana Katz, pero seguimos en el terreno de las excepciones).

EMD: Claro, se aleja completamente de ese tono forzado que suele verse en la comedia argentina (en la mainstream, al menos) y es un gran mérito. Es una excepción, como bien decís, y una muy disfrutable, placentera de ver. No recuerdo Mi amiga del parque como una comedia y menos como una buena película, me indignó bastante cuando la vi, y a eso se le sumó el consenso crítico que la infló. Si bien en ahí había también, es cierto, un personaje o dos bastante desquiciados (Katz y Zylberberg), pasaba todo lo contrario a lo que ocurre en Las Vegas. En la de Katz todo era incómodo y se iba poniendo cada vez más raro hasta el punto del sinsentido, y ahí la película se volvía casi hermética: las acciones de ellas parecían provenir más de un simple capricho de dirección que de las necesidades de los personajes. En cambio, en Las Vegas ese registro desenfrenado de Gamboa y la incomodidad que puede generar están construidos, son propios de un personaje sólido y que se desarrolla a lo largo del relato, al que se puede acceder en toda su neurosis. Y ese es uno de los grandes méritos de la película, estar moldeada según el género, pero al mismo tiempo animarse a incluir y jugar con diferentes tonos de comedia en la misma película sin temerle al ridículo, más bien al contrario: abrazando ese registro, a veces con más efectividad que otras, pero siempre con mucha valentía.

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