Bafici 2018 – L. Cohen

L. Cohen (Estados Unidos – 2018)
James Benning

Dirección: James Benning
Guion: James Benning

por Pedro Insúa

El cine de Benning es provocador, pero no en el sentido snob del gesto: sus películas no parecen estar milimétricamente calculadas para shockear al espectador. Lo que el director se propone es, de alguna manera, volver a un grado cero del cine; vaciarlo, desagotarlo de cualquier elemento espurio que pudiera tener (algún malicioso dirá que uno de esos elementos faltantes es, justamente, una narración propiamente dicha) hasta tratar de alcanzar una verdad cinematográfica con los mínimos materiales posibles: un cine primitivo, con todo lo bueno que esto puede significar. Nubes pasando, gente fumando, trenes que recorren el plano: Benning juega con el tiempo como quien moldea plastilina estirándola, forzando sus límites. Aunque lo más interesante de su cine quizás sea el diálogo que establece directamente con el espectador, sobre todo con sus expectativas.

Al promediar su última película, L. Cohen, no dejaba de pensar en la posibilidad de que junto a mí se encontrase algún fanático acérrimo del cantautor que, pensando en ver una biopic o algo por el estilo, hubiera ido de casualidad a la proyección: ¿cuánto tiempo aguanta hasta darse cuenta de que cayó en una trampa? Aquí el primer plano es también el único, elección que denota toda una postura frente a un cine contemporáneo que confía en tijeretear las imágenes antes de experimentar con su ritmo interno. Unos tachos de basura, una máquina entre unos pastizales al borde del cuadro y la llanura estadounidense en toda su extensión con los picos de una montaña en el fondo: el sentido de lo que estamos viendo se nos escapa. ¿Va a suceder algo aquí y ahora se nos está mostrando lo inmediatamente anterior al hecho? ¿Alguien va a aparecer? Las expectativas se redoblan gracias a la banda sonora, en la que se escucha constantemente el motor de unos aviones que parecieran sobrevolar la zona. Como un cultor deforme del suspense, Benning lleva hasta lo intolerable la idea de que algo podría llegar a pasar utilizando el yeite más viejo del cine: el fuera de campo.

Lo que sucede al final termina sorprendiendo, pero no solo por inesperado (uno ya se ha regalado a que, efectivamente, no va a pasar nada), sino por lo extraordinario de su simpleza: L. Cohen se termina revelando como el documental sobre un eclipse más atípico de la historia. Lo que le interesa al director no es filmar el acontecimiento en sí, sino la manera en que las sombras van cubriendo la tierra hasta dejarla sumida en las tinieblas, para luego volver a la luz como si nada hubiera sucedido. Y lo maravilloso es que Benning sostiene el plano, esa “nada”: la vuelta de lo espectacular a lo mundano, con ese paraje bucólico que no posee huella alguna de lo que acaba de suceder. ¿Cuál fue entonces el verdadero acontecimiento? ¿El eclipse, o el hecho de haber puesto una cámara para, deliberadamente, no filmarlo? A la larga, es muy fácil escribir textos interminables sobre los films de Benning. La mejor actitud frente su cine siempre es desprenderse de cualquier idea previa y dejarse sorprender: ya sea con un tren o con una nube que pasa lentamente por el cielo, el director siempre encuentra la manera de forzar nuestros preconceptos sobre lo que el cine puede y no puede ser.

Ah, el título: casi al final, el viejo zorro de James decide descolocarnos (otra vez) cuando escuchamos los primeros acordes de “Love Itself”, haciendo estallar el tiempo real que veníamos presenciando en mil pedazos. Gracias, Benning.

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