Bafici 2018 – El león duerme esta noche

El león duerme esta noche (Le lion est mort ce soir – Francia – 2017)

Dirección: Nobuhiro Suwa
Guion: Nobuhiro Suwa
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud, Pauline Étienne, Maud Wyler, Arthur Harari, Isabelle Weingarten

por Aníbal Perotti

Jean-Pierre Léaud es mucho más que un gran actor, es un creador de formas y un fenómeno puramente cinematográfico: el mito que lo rodea y su lugar en la historia del cine parecen acompañar cada uno de sus pasos. Desde su aparición en Los 400 golpes, aquel chico de catorce años fue el pequeño Léaud, el joven Truffaut y el Antoine Doinel que atravesó dos décadas como un ser de ficción para reencarnar en el cine de Godard, Eustache o Garrel. La nueva película de Nobuhiro Suwa no intenta separar al artista del personaje. Léaud interpreta a un actor de cine y el director no lo encierra en una estructura narrativa clara. La primera escena gira casi exclusivamente alrededor de su rostro. El cineasta observa los elementos reunidos en el cuadro sin buscar imponer a través de la cámara y el montaje un ritmo o un orden definido. Esta singular libertad genera por momentos la sensación de que algunas escenas son autónomas o que los actores no evolucionan en el mismo registro. Pero existe otro tipo de homogeneidad que no pasa por la narrativa o por las actuaciones, sino por la luz, por las risas de los chicos, por la mirada amable del cineasta y por el sol meridional que se posa en los rostros y en los paisajes.

El león duerme esta noche es también una historia de fantasmas en sentido literal: un viejo actor encuentra en un caserón abandonado al espectro de la mujer que amó hace cincuenta años. Ella habita en sus recuerdos, es la compañera sombría de esta aventura amorosa. Con una lucidez calma y plena de humor, el actor enfrenta su pasado generando placenteras resonancias con su larga y magnífica historia. Léaud posee un espíritu infantil que desafía todas las expectativas. El duelo, la melancolía y la visión estoica de la muerte son cuidadosamente tamizados por la radiante presencia de un grupo de chicos que desean filmar una película. El cielo mediterráneo, las calles luminosas del sur de Francia y los oscuros pasillos de una antigua mansión, constituyen el decorado para escenas de una aparente espontaneidad. El viejo actor sorprende a los niños tanto por su extravagancia como por su capacidad para interrogarlos sobre el deseo de filmar la historia de una casa embrujada. Este encuentro maravilloso se convertirá sutilmente en una iniciación colectiva: el nuevo tour de force de un cineasta que posee una obra extraña, intransigente, única.

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