Mar del Plata 2017 – Grandeur et décadence d´un petit commerce de cinéma

Grandeur et décadence d´un petit commerce de cinéma (Francia, Suiza – 1986)
Panorama

Dirección: Jean-Luc Godard
Guion: Jean-Luc Godard
Intérpretes: Jean Pierre Léaud, Jean-Pierre Mocky, Marie Valera

por Ignacio Verguilla

Elogio de la fotogenia. Entre destellos de locura ordinaria, junglas de palabras en apariencia azarosas y un incierto experimento guiado por la desesperación de un director en crisis… un rostro. Superficie de sentido, portador de una belleza evocadora y de una mirada frente a la cual todo cae en ridículo, la potencia de esa imagen desborda lo real hasta volverlo poesía y, por un instante, el capricho, la agudeza y el movimiento continuo parecen detenerse para dejar lugar al viejo anhelo de Epstein y tantos otros: imagen, movimiento y tiempo nos despegan de la percepción ordinaria, nos “hacen percibir” otra cualidad de las cosas y los seres. No es otro que el rostro de Marie Valera quien condensa ese carácter alusivo y misterioso en una película plagada de humor y agudeza, un experimento godardiano que vuelve a poner en escena la importancia de un director impar –como lo sigue siendo Ruiz con su divertimento errante presentando en el festival– que continúa ofreciendo sorpresas y esa asombrosa línea de continuidad que tanto irrita a sus detractores. Perdida entre previsibles y alterados malhumores de las cadenas televisivas que la financiaron, esta “obra menor” de Godard durmió a la sombra de tres largas décadas, hasta que un minucioso trabajo de restauración la devolvió al mundo. Rescatadas en brillante DCP, las imágenes devuelven a la pantalla a un esquizofrénico director embarullado en su laberinto, un exaltadísimo Jean-Pierre Léaud que mata las horas obligando a circular por las diminutas dimensiones de una productora a los casi siempre frívolos aspirantes a un casting. Esos hombres y mujeres pasan delante de cámara con la indicación de soltar apenas una frase, incluso una palabra, para luego abandonar el cuadro y eventualmente repetir un movimiento que parece no tener rumbo. En los resquicios de ese juego, ese tal Gaspard Bazin –frenético director de apellido metalingüístico– se debate entre la imposibilidad de escribir una ficción de serie negra para la TV y su destino agrio como empleado de un productor usurero. Esa tenue línea argumental actúa como superficie blanda y laxa sobre la que emergen nuevas y viejas obsesiones; la pantalla intervenida, las citas y aperturas intertextuales, la música –Bartok, Joplin, Cohen, entre otros– y una furiosa y divertidísima defensa del cine en la que el propio Godard se pone delante de cámara en un paso de comedia formidable.

Mientras todo parece encaminarse hacia el abismo financiero y creativo de un proyecto imposible, irrumpen con serena autoridad dos acciones sorprendentes: el incesante devenir de cuerpos y palabras aleatorias se convierte en lenguaje y creación, y en los ojos menos pensados aparece, exquisita, una de las potencias propias del cine: frente al rostro insistente de una mujer que conversa con en el misterio, nos volvemos, fascinados, hacia el silencio.

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