Sobre “Barbara”, la nueva película de Amalric

Nuestro redactor vio en París la última película dirigida por Mathieu Amalric y escribió esto.

por David Obarrio

Con un río de voz. Barbara es una película sobre una película sobre una mujer llamada Barbara. Barbara está cansada, le pesan las ojeras, la vida, el vórtice solitario de la fama que la rodea como una aureola, la indicación inequívoca que se manifiesta en cuanto entra a cualquier parte de que no es una mujer cualquiera sino otra cosa; es una mujer que está “tocada”: Barbara es una cantante famosa. La película de Amalric es un rompecabezas melancólico en el que las ficciones se funden entre sí, como si los niveles narrativos se deslizaran unos sobre otros en un vaivén con ánimo de juego pero también de desaliento. El propio director interpreta a un director que filma una película sobre Barbara. Como en Tournée, hay una sensación profunda que se puede apreciar con claridad de escena en escena: como de personajes en gira permanente; seres un poco a la deriva que forman familias provisorias embarcadas en alguna especie de gimnasia, de pantomima, de actuación superpuesta a otra actuación, de piruetas circenses llevadas a cabo con la mayor enjundia: inapelables, pero sin esperanza. El director que compone Amalric entra en escena a un costado del cuadro, emocionado hasta las lágrimas, agarrándose la cabeza, desesperado: sobreactúa, claro. Pero lo que pasa es que toda la película –Barbara y la película en proceso de filmación sobre Barbara– luce un poco de ese modo: desengañada y arrogante, dispuesta a arrojarle al espectador sus mañas, sus trucos, sus vicios de “cine dentro del cine”, o mejor de arte dentro del cine, su energía desvalida que proviene de detrás de bambalinas y nos ilustra acerca del carácter triste de las vidas sin otro yo que un yo artístico, constituido sin remedio para actuar para vivir y vivir y morir actuando. Todo esto para decir que Barbara está hecha de gestos poderosos arrojados al vacío. Amalric tensa la cuerda de un melodrama más o menos jocoso en el que nadie se ríe. Barbara, o la actriz que hace de Barbara, apenas, cada tanto, es capaz de exhibir una mueca triste, como un ardid con el que no logra engañar a nadie, menos a sí misma. Cuando canta sentada al piano, Amalric se reserva una mirada azorada, que explota por dentro de emoción, de la misma manera que La habitación azul, el thriller del director basado en Georges Simenon, repartía discretamente las migajas de un erotismo lúgubre para asegurarse de que el conjunto de sus planos azulados ofreciera las señales de alguna actividad humana en un planeta desierto. Barbara es un planeta remoto poblado por artistas, sus pulsiones ofrecen en cada escena el espectáculo de movimiento perpetuo de sus vidas frágiles, como si de ese desfile que marcha en la pantalla se derivara alguna forma de piedad por una humanidad rota, perpleja y acongojada a la que la voz como un río de Barbara le otorga una prestancia de último minuto. El director lo hace bien; el tono genuino de emotividad fría en el que vemos sufrir a los personajes sin poder terminar de compartir sus padecimientos es el toque moderno de Amalric: convicción acerca del drama representado y falta de dirección precisa para ejercerlo en toda regla o para asumir plenamente sus costos. La película es ruidosa, pero por momentos exangüe, mechada de modo desconcertante con breves señales de una emoción perdida que brilla en el grano de algunas bellas secuencias de un documental real sobre Barbara que habita en la película, quizá como recordatorio de que, al final, cualquier vida anida de verdad en los momentos cuya insignificancia es capaz de preservarlos para siempre de la corrosión del dolor. Como estratega razonablemente feliz del mundo del arte y sus zonas aledañas, Amalric ostenta una conciencia formidable acerca de la mascarada sin fondo que representan sus personajes. Ningún artista sabe quién es; si lo supiera sería un funcionario, parece decir. Su película ofrece entonces los trazos temblorosos pero enérgicos de esa vitalidad artística cuyo objeto definitivo son los propios artistas, el desconcierto con el que se buscan a sí mismos y la futilidad renovada con la que se afanan para intentan descubrir qué lugar ocupan en el mundo. Barbara indaga en la cantante Barbara solo para concentrar sus imágenes en la naturaleza inasible de todas las vidas, flotar aparatosamente sobre su repertorio de minucias, de balbuceos, de abandono e insatisfacción pedestres –como un gris “lado B”, que en realidad es el “lado A”, el principal– para concluir volviendo al rostro ligeramente ajado de Barbara, armado con una mirada distraída que sin embargo parece dirigirse sin piedad al otro lado de la pantalla. Tal vez entonces la gracia de la película de Amalric estribe también en mirar “clínicamente”; mirar en general para que lo particular pueda seguir con su misterio a cuestas sin intromisiones.

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