Sobre Cristi Puiu, director de “Sieranevada”

por Aníbal Perotti

El estreno de Sieranevada es uno de los acontecimientos del año. Cristi Puiu es el precursor de “La nueva ola rumana”: un grupo notable de cineastas que surge tras la caída del muro de Berlín y el derrocamiento de Ceausescu para renovar el cine de su país. La noche del señor Lazarescu, la asombrosa segunda película de Puiu, hace visible internacionalmente esta cinematografía con el premio Una cierta mirada en el festival de Cannes. La película sigue los padecimientos burocráticos que tiene que enfrentar un anciano enfermo deambulando por los hospitales de la cuidad. Pero más que una ficción con registros documentales sobre el sistema hospitalario, la película es una obra pudorosa y profundamente conmovedora sobre la dignidad humana. Con una paciencia ejemplar, el cineasta capta los pequeños detalles que construyen a su personaje y retrata a un mundo moderno que exalta las nuevas tecnologías de comunicación mientras cada uno puede morirse en la soledad más absoluta. Lazarescu se desvanece ante una galería de enfermeras, pasantes, médicos y cirujanos. La película no se detiene sólo en lo que ocurre en primer plano: el personal médico entra y sale de escena, se encarga de otros pacientes que permanecen fuera de campo. El humanismo del director se manifiesta en la mirada atenta de un médico o en la devoción de una enfermera.

En Aurora, el cineasta también utiliza técnicas documentales y sigue a su personaje durante toda la película, pero en este caso se trata de un singular asesino interpretado por el propio director. La economía de la información juega con las expectativas del espectador sobre el criminal. A diferencia de La noche del señor Lazarescu, donde las patologías del personaje y la espiral de la administración médica daban alguna explicación, aquí Puiu no deja entrever la razón de las acciones del protagonista y preserva su extrañeza mediante un montaje que privilegia lo no dicho. En Sieranevada, la película que nos convoca, Puiu confirma su maestría para el manejo espacial, la determinación en los movimientos de cámara y la fluidez del montaje. Una familia se reúne en un departamento para conmemorar la muerte del patriarca. La genial puesta en escena conjura el costumbrismo. Un laberinto de planos secuencia difracta la verdad en una multitud de puntos de vista. Suponemos que las mujeres que conversan en la cocina cierran la puerta cada vez que alguien pasa cerca para no ser molestadas. Pero más adelante vemos que hay un niño dormido y que en verdad la puerta se cierra para no despertarlo. Con el mismo vigor que en sus películas anteriores, la narración avanza de escena a escena con la llegada de nuevos personajes que se contradicen. El sorprendente trabajo coreográfico con puertas, muebles y sillas crea una sensación de asfixia que es terrible y divertida al mismo tiempo, y hace de Sieranevada una película extraordinaria.

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