Sobre “War Machine” (Netflix)

por Diego Maté

No se sabe bien qué busca War Machine en sus primeros minutos, aunque el trazo grueso señala que se trata de alguna especie de sátira medio tosca: la voz en off adopta un tono visiblemente irónico, el protagonista no es más que una caricatura triste. Pasan unos minutos y sí, resulta que el asunto tenía que ver con la sátira: la película quiere criticar la presencia del ejército de Estados Unidos en Afganistán durante 2009. Brad Pitt compone a un militar estructurado, amable, tecnócrata, de aires progresistas, condenado a fracasar en cada uno de sus trabajos en Medio Oriente. El McMahon de Pitt parece una mala copia de la mala actuación que hace el personaje de Bastardos sin gloria y de la precisión milimétrica del “gorlami”.  A McMahon lo secunda una galería de arquetipos militares que incluye, previsiblemente, al soldado fervoroso y violento que habla a los gritos de la guerra. Mientras tanto, como telón de fondo, se asiste a un concierto de errores administrativos y de rivalidades entre jefes y lacayos que despoja a la empresa bélica de cualquier atisbo de épica. En ese escenario, la película descarga gags tenues que nunca llegan a causar gracia o, si provocan la risa, es una risa discreta, inaudible. War Machine querría ser una comedia corrosiva, pero no se anima, entonces pronuncia chistes a media voz, sugiere que, eventualmente, acá o allá, podríamos reírnos.

La fórmula es por lo menos extraña: la sátira y la comedia reclaman un compromiso con lo que se cuenta y War Machine no le pone el cuerpo en ningún momento al relato, no se juega por nada. La torpeza del timing y lo burdo de la crítica (que incluye el asesinato de un nene local que los soldados intentan reparar con un fajo de billetes) traslucen que el tono elegido, contenido y distante, nada tiene que ver con la elegancia, sino que se trata simplemente de incapacidad. Podría pensarse que la película deja que se cuele cada tanto algún que otro estallido pasional a través de la voz en off y de sus intervenciones lapidarias, pero ni siquiera, porque cerca de la mitad, el relato presenta al dueño de la voz: un periodista que escribe un artículo para Rolling Stone sobre McMahon y su gente.

Los rubros técnicos le imprimen una leve pátina de eficacia a la dirección: la prolijidad con la que se trabajan la imagen y la edición disimula un poco la imbecilidad general. Sin embargo, lo más irritante de War Machine no son sus malas decisiones, sino la propuesta general, ese balbuceo hecho de chistes que no funcionan, la manera un poco precaria en que se hacen circular sus comentarios más bien tontos. Se está ante otro artefacto audiovisual sin ideas ni curiosidad que trata de disfrazar su impericia de sofisticación; parece que la película hablara bajito, casi entre dientes, para que no se note que carece de cualquier forma de inteligencia. Hay ahí alguna suerte de ecuación, como si, de alguna manera misteriosa, el contenido de la sátira, su presunta validez, viniera a redimir a la película toda. A fin de cuentas, es lo mismo que pasa en Okja, también producida por Netflix, donde la supuesta urgencia del mensaje parece que debiera legitimar un conjunto más bien pobre y deslucido. Nada demasiado nuevo: películas que se amparan en alguna causa de ocasión para disimular su propia estupidez hubo siempre.

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