Viene de noche (It Comes at Night)

Año: 2017
Origen: Estados Unidos
Dirección: Trey Edward Shults
Guion: Trey Edward Shults
Intérpretes: Joel Edgerton, Kelvin Harrison Jr, Christopher Abbot, Carmen Ejogo
Música: Brian McOmber
Fotografía: Drew Daniels
Edición: Matthew Hannam, Trey Edward Shults
Duración: 91 minutos

por Andrés Brandariz

Pensé que era una de miedo. El caso de Viene de noche es muy similar al de La bruja (The Witch, Robert Eggers, 2015): un trailer promete una cosa, pero en la sala de cine se nos ofrece otra. Ambas fueron producidas por A24 y se promocionaron con la misma estrategia: simularon ser una película de terror con jump scares y acción, y fueron en realidad películas de espíritu indie, imágenes sugerentes y tiempos mucho más lentos. La diferencia con La bruja es que Viene de noche tiene muchas más falencias. Lo que en La bruja era claridad conceptual e iconografía precisa, acá termina deshilachándose en pura ambigüedad.

La secuencia inicial está narrada de manera notable: vinculando íntimamente los movimientos de cámara, la iluminación, el espacio, el sonido y la música, se construye un clima opresivo e intenso que cautiva y, como todo en esta película, promete. Paul (Joel Edgerton), el patriarca de una familia conformada por su esposa Sarah (Carmen Ejogo) y su hijo de 17 años, Travis (Kelvin Harrison Jr), se ve obligado a asesinar a su suegro: una enfermedad muy contagiosa ha afectado al anciano y pone en peligro a la familia. Travis contempla el asesinato y la quema del cuerpo de su abuelo en el bosque, asistiendo por vez primera a la muerte de un ser querido. La secuencia, uno de los puntos altos de la película, sirve para criticar lo que viene después: si la destreza de la dirección permitió construir un comienzo tan tenso, tan enfocado, el resto merecía estar a la altura.

Con una minuciosa dosificación de la información, se nos va contando el contexto de esta tragedia. La enfermedad es una epidemia que se ha extendido muy rápidamente, obligando a los que no están infectados a dispersarse hacia las áreas rurales. Su origen es desconocido, pero lo peor no es la enfermedad: es la desconfianza que genera entre los hombres. Esto es lo que pretende establecer la película en su tramo final, cuando el director recuerda que debe ofrecer una conclusión.

Luego de que Will (Christopher Abbot) intente entrar en la casa de la familia buscando comida para su mujer y su pequeño hijo, Paul tomará una decisión: Will y su familia vivirán bajo el mismo techo, ajustándose a las estrictas reglas que el patriarca ha establecido para la seguridad de todos. Nuevamente, se trata de otra situación promisoria que se diluye. Además del tiempo que le lleva a la película llegar a este punto, se suma otro problema: Viene de noche quiere que nos interesemos por Travis además de por Paul. Quiere contarnos la historia de este joven que atraviesa un contexto terrible, sus oscuros sueños con su abuelo muerto y con lo que hay detrás de la puerta roja, única forma de entrar y salir de la casa. El problema es que Travis, el personaje, es el más aburrido de todos. El peso siempre está sobre los hombros de Paul, un exprofesor de Historia que ahora debe procurar que no le tiemble el pulso a la hora de apuntar con un rifle.

Ayuda al interés por Paul (y al desdén hacia las vacilaciones de Travis) la convicción que le otorga Joel Edgerton a su rol. En las escenas en las que Paul debe poner condiciones, la película inhala bocanadas de aire fresco, pero las situaciones que el guion establece jamás generan suficiente tensión. Porque eso sería hacer una película de terror convencional, ¿no? Viene de noche parece no querer eso: se asume como una película “inteligente” a la cual le preocupa más evitar las convenciones que satisfacer las expectativas que crea en el espectador. Solo se acuerda de hacerlo en una demoledora escena del último tercio: de nuevo, el realizador demuestra su capacidad, pero es una capacidad vana, intermitente.

Este es uno de los problemas (si no el principal problema) del cine de terror posmoderno: pretendiendo torcer las convenciones, se apuesta por una ambigüedad que se cree más cercana al refinamiento del art house. El efecto es que Viene de noche se ahoga en su propia pretenciosidad, como si estuviera mal ser una película de terror. No lo digo seducido por aquel trailer que me prometía una película que no era la que terminé viendo: lo digo porque Viene de noche ensaya muchas temáticas sin concretar ninguna. Es una eterna promesa de una bellísima factura técnica, grandes climas y un ajustadísimo trabajo por el sonido, pero su amor por las formas hace que se pierda en caminos sinuosos.

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