Sobre la coreana “Pandora”, de Park Jung-woo

por Diego Maté

Hay una ignorancia por partida doble: se habla mucho del cine de Hollywood sin comprenderlo demasiado, y se conocen poco otras cinematografías como la coreana (aunque también podrían mencionarse la india o la hongkonesa), sostenidas en una industria con un fuerte sistema de géneros, grandes producciones, tendencia a la espectacularidad y a la afectividad desatada. El comienzo de Pandora deja entrever un respeto inusual por las convenciones del cine catástrofe: ahí están exagerados, casi al borde de la caricatura, el holgazán destinado a grandes cosas, el amigo fiel de pocas luces, el científico denigrado por exponer un problema inconveniente, o la novia y la madre exigentes que disimulan su amor bajo una coraza de malhumor y reproches. Ni bien empieza, la película renuncia visiblemente a realizar un comentario sobre el mundo: cualquiera entiende que lo que se despliega ahí es una ingeniería fílmica, una sofisticada red de reenvíos a películas y géneros. El tono casi grotesco con el que se presenta a los personajes trasluce una honestidad infrecuente: la película se exhibe a sí misma de cara al público, no se esconde detrás de la puesta en escena ni bajo el velo de alguna suerte de profundidad psicológica. Esto último es fundamental: los personajes no aspiran a representar clases sociales, sino que son estereotipos, lugares comunes urdidos por la historia del cine que funcionan como vectores de la trama. Todo eso hace las veces de una promesa, de un acto de buena fe; Pandora no trata de pasar por otra cosa distinta de sí misma, no quiere decir cosas sobre la actualidad ni sobre algún tema importante, su interés está en otro lugar: en las imágenes un poco hiperbólicas, en un relato cargado de emotividad.

Si se habla de cine catástrofe, se piensa enseguida en películas estadounidenses. Lo curioso de Pandora y de mucho cine coreano (y asiático) que pulsa las cuerdas de ese género y de otros aledaños es que agregan una dimensión afectiva muy difícil de encontrar en sus modelos americanos. La película de Park Jung-woo relega a un muy segundo plano la espectacularidad de la destrucción: las escenas de desastre, con explosiones, caos y terror, aunque efectivas, son relativamente escasas y breves. El centro gravitatorio de la película se encuentra en otro lado, junto a los personajes y las pasiones que los desbordan, y que incluyen al joven cínico que demuestra un impensado sentido del deber, la pareja que trata de mantenerse unida pese a todo, el político desinformado que debe recuperar su rol decisorio y la madre que no quiere ver morir a otro hijo. Pandora maniobra una economía sentimental excesiva que nutre a la película en su conjunto. Las razones para esta feliz desvergüenza tal vez haya que rastrearlas en las telenovelas coreanas, productos de enorme despliegue donde se reconcentra notablemente la afectividad sin miedo al ridículo. La apuesta de Pandora se entiende mejor si se la pone en serie con, digamos, Invasión zombie (Train to Busan) y, por el contrario, se la opone a una película como Horizonte profundo, donde el realismo y la minucia del detalle cancelan la posibilidad de ese concierto de emociones (aunque la película grandiosa de Peter Berg, a través de la espectacularización de la destrucción, perfora algo de la mesura y el orden que impone el tratamiento realista).

En un momento temprano de la película, se sugiere la inminencia de un sacrificio último que habrá de arrastrar a más de un personaje. De allí en más todo adquiere la forma de una preparación para un destino trágico interrumpida de tanto en tanto por la agitación del escape y por algunas calamidades de ocasión (la desidia de los políticos, el terror colectivo, la amenaza de la radiación). La película permite una catarsis final entre los personajes pocas veces vista. Después de ese estallido, el relato clausura rápidamente los conflictos abiertos en apenas unos pocos planos mientras una voz en off trata de emparejar el drama de la historia con una advertencia inverosímil sobre los peligros de la energía nuclear. El comentario es tan burdo que no hace otra cosa que reforzar el pacto propuesto al comienzo: la película se cierra perfectamente en torno suyo sin dejar fisuras. Esos síntomas de buena salud narrativa parecen cada vez menos comunes.

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