Diálogo sobre “Mujer Maravilla”

Dos redactores fueron a ver Mujer Maravilla. La película no les gustó nada, pero a pesar de todo hubo cosas (errores, excesos, gags involuntarios) que les interesaron: de ese hallazgo inesperado salió este intercambio escrito.

por Elena Marina D’Aquila y Diego Maté

Diego Maté – Parecía difícil arruinar un material tan bueno como el de Mujer Maravilla, pero la película, de alguna forma, se las ingenia para desperdiciar toda clase de situaciones que puedan aprovecharse para el humor o para la acción. La premisa de dos mundos separados que se encuentran, el de las amazonas de Temiscira y el de los hombres, era una cantera inagotable de chistes, pero el guion reduce todo ese potencial al momento en que Diana ve desnudo al protagonista y al viaje en barco y el tema de dormir juntos. Pasa algo similar cuando, ya en el frente de guerra, Diana sale de la trinchera para enfrentarse a los alemanes. La escena tenía todo para ser memorable: la heroína peleando sola contra un ejército entero, los soldados envalentonados que salen a luchar con ella, el frenesí de la victoria. Pero Patty Jenkins la muestra emergiendo sobre un fondo visiblemente artificial (¿era tan difícil conseguir un bosque real?), caminando y sacudiendo el pelo como si estuviera en una publicidad de shampoo.

Elena Marina D’Aquila – Esa escena de ella enfrentándose al ejército alemán resulta hasta involuntariamente cómica, como casi todas las secuencias de la película, excepto el comienzo en la isla de Temiscira, donde Robin Wright y Connie Nielsen sostienen con altura cualquier cosa, incluso esa introducción innecesariamente larga y aburrida. Otras escenas que le dan un respiro a la película son aquellas en las que aparecen Ludendorff y la Doctora Veneno. Pero Patty Jenkins no solo desperdicia la posibilidad de explotar los chistes que tenía a mano, sino también a estos dos personajes que podrían haber salido de la primera Capitán América y, a diferencia del resto (salvo por los de Wright y Nielsen), son los únicos que no parecen idiotas todo el tiempo.

DM – Creo que muchos personajes están mal construidos o tienen pésimos diálogos (como el de Steve Trevor, a pesar de los nobles esfuerzos de Chris Pine). Pero ella, Diana, es decididamente tonta. Una cosa es que un personaje no entienda el mundo de los humanos y que actúe guiada por la lógica de una cultura diferente, y otra bien distinta es simplemente comportarse como tonto. Se entiende que uno de los rasgos con los que se arma la relación de ella y Steve sea esa asimetría de saberes: Diana no caza una, él tiene que explicarle todo acerca de ese universo desconocido. Pero en algún punto eso se desbanda y parece que Diana no entiende nada, ya sea sobre la sociedad del siglo XX, de táctica militar o de cualquier otra cosa: es como un animalito que actúa por impulsos y por valores inculcados que repite de memoria. No pega una. Los que no parecen tontos, en cambio, son Ludendorff y la Doctora Veneno. ¿Qué decías de ellos?

EMD – Hay una escena maravillosa en la que Ludendorff interrumpe una reunión en la que los altos mandos alemanes están de acuerdo en retirarse y ponerle fin a la guerra; él quiere realizar un último ataque con la fórmula capaz de derretir máscaras antigás que desarrolló la Doctora. Los demás se oponen y Ludendorff se retira arrojando una bomba con ese gas y una máscara. Junto con la Doctora, traba la puerta y ella le dice algo así como: “Pero la máscara no va a servirles de nada”. A lo que él responde, con un gesto pícaro: “Ya lo sé”, y ambos estallan de risa. En ese momento la película se entrega por completo a su costado más lúdico y paródico, cuando los personajes están más cerca de los villanos de las Batman de Burton que de la solemnidad y la torpeza de los últimos exponentes de la antítesis de Marvel. El hecho de que prácticamente se abandone a uno de estos personajes hacia el final habla no solo del desprecio y de la falta de cuidado de la película hacia sus criaturas, sino también de una incapacidad narrativa absoluta.

DM – Sí, lo que el resto del tiempo parece impericia narrativa y audiovisual fluye distinto cuando están esos dos en pantalla: hay algo de su crapulencia sobreactuada, de que sean villanos de pacotilla, que derrumba cualquier intento de seriedad posible (ponen a una actriz española a exagerar el acento alemán mientras habla en inglés). También están los pases que se da él cuando esnifa una sustancia y se vuelve loco. Es como si la película abrazara de golpe alguna especie de autoconciencia feliz que el resto del tiempo no se permite. Pasa algo similar con las metáforas, que de tan grasas ya rizan el rizo y desmontan la solemnidad general del relato. Steve se va, le dice a Diane que ojalá tuvieran más tiempo y ¡le da un reloj! O los personajes hablan con metáforas incomprensibles, como cuando Steve y sus acompañantes ven el avión que carga toneladas de gas. Uno de ellos pregunta qué es eso y Steve responde, grave: “El futuro”. Es notable. Incluso Ares incurre en estas tonterías retóricas: el tipo explica que él, Dios de la Guerra, no empuja a los hombres a matarse entre sí, que lo único que hace es susurrar en sus oídos planes de destrucción. Pero la película muestra eso literalmente con un Ares medio fantasmático que pasa junto a los villanos, les dice alguna cosa por lo bajo, y de golpe se produce un ¡eureka! de la maldad. Es como si la película se pareciera al personaje de Drax, de Guardianes de la galaxia, que no puede comprender ni pensar en metáforas.

EMD – ¡Totalmente! Con respecto a esos pequeños arrebatos de autoconciencia feliz que, salvo en un par de ocasiones, después la película no se permite, creo que en parte tienen que ver con que está muy atada a lo que “debe ser” una película de superhéroes apta para todo público con el fin de recaudar millones, que en ese afán por querer contentar a todo el planeta termina siendo cualquier cosa menos una película sobre Mujer Maravilla, porque pierde de vista al personaje y eso logra que no importe nada de lo que pasa después del comienzo en la isla. Ahí hay un intento de construir personajes y situaciones (la sola presencia de la madre y la tía de Diana en pantalla le da un espesor por sí misma a la película), pero después la trama no las retoma, no parece interesarle ir por ese lado, y algo se intuye ya desde la historia de Zeus, Ares y la creación de los seres humanos que le cuenta la madre a Diana. Ese cuento está ahí para cumplir una función meramente informativa que la película no sabe cómo sintetizar ni aprovechar para ponerla al servicio de la narración, para conocer más a los personajes. Una vez fuera de la isla, donde por lo menos había alguna que otra secuencia interesante de combate, ya se va todo al terreno de la literalidad, como decías. Lo mismo pasa con la estética de la película y con esa manía de apagar los colores para dar una oscuridad literal que no se construye dramáticamente.

DM – Claro. Eso es parte del estilo más general de las películas de DC, donde la gravedad de lo que se cuenta tiene su eco en una paleta de colores apagada que privilegia los azules y los grises. Creo que ahí se nota otro problema, porque la película quiere recrear el tono cándido y sin dobleces del género de aventuras, donde todo es más o menos “sano” y la violencia está suavizada o directamente elidida. Ese tono, que la película no sabe cómo maniobrar (la candidez se convierte en tontería más de una vez, como cuando Gal Gadot menea la cabeza para los costados cuando tiene que actuar algo, como si tratara de comunicar que le pasan cosas), no se lleva bien con esa estética mínima que prácticamente rechaza los colores o los atenúa hasta que ya son indistinguibles unos de otros. Es como si la película se debatiera entre ser una comedia casi absurda y respetar el estilo ampuloso de DC. Además de todo lo que ya mencionamos, también están los acompañantes, un grupo pintoresco que supera la caricatura: un escocés en pollera, un árabe con un gorro fez en vez de casco y un indio sabio que aparece de la nada. Pareciera que hay una corriente subterránea que emerge de tanto en tanto con algún chiste ridículo o con algún exceso: Steve seduce a la Doctora hablándole del fuego y de su capacidad para convertir el mundo en cenizas; Diana lleva la espada en la parte de atrás del vestido (¿pero dónde?); Ludendorff reconoce el saber enciclopédico de Diana con una frase inmejorable (“You know well your ancient greeks”). Pero se trata de estallidos breves que sugieren otra película distinta, más libre y más feliz, una que no se ceñiría al corset de la solemnidad impostada y mal ejecutada.

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