Segunda edición del Festival Internacional de Cine de El Palomar (EPA) – Recomendaciones del programador Sebastián Rosal

Llega la esperada segunda edición del EPA, del 24 al 28 de mayo, que contará con dos sedes: Cine Teatro Helios (El Palomar) y Auditorio UNTREF Caseros II (Caseros)  

por Sebastián Rosal

Opacado puertas adentro por cuestiones más urgentes como la búsqueda de financiamiento, o por otras más públicas, como el armado de una programación coherente que defina gran parte de su identidad, hay sin embargo un aspecto para cualquier nuevo festival que resulta fundamental y muy difícil de lograr, que es la construcción de un público. Habituados a Bafici o a Mar del Plata, eventos que de tan consolidados son capaces de convocar multitudes por sí mismos, ese aspecto suele quedar relegado. Uno sospecha, y no tiene manera de confirmarlo hasta que están todas las cartas jugadas, que lo mejor en esos casos (en todos los casos) es moverse de acuerdo con sus convicciones; en este caso, con la idea de cine y de festival en la que uno cree. Sin embargo, un virus, casi imposible de rechazar, se inocula: el del miedo a la butaca vacía. Peor aún, a la butaca vacía porque el espectador que la ocupaba se levantó. A priori se supone que en un evento casi artesanal como el EPA, atender al público con una sonrisa al vender la entrada, al cortarla para el ingreso, al presentar la película, ayuda. Pero lo cierto es que cuando las luces se apagan, ahí ya no hay (por suerte) manera de controlar nada.

Todas estas disquisiciones, que parecen tan vanas como discutir el sexo de los ángeles, fueron en realidad cruciales el año pasado, en ocasión de nuestra primera edición, precisamente porque el salto al vacío era absoluto. ¿Qué programar cuando no hay referencias de ningún tipo, si de antemano se sabe que la enorme mayoría del público puede quedar expuesta a un tipo de películas que no había visto nunca antes? La respuesta, de alguna manera, estaba en el mismo planteo: si, efectivamente, nunca en El Palomar se había exhibido cine experimental, ni películas de Jean Rouch, ni propuestas arriesgadas y no convencionales de directores jóvenes y no tanto, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no empezar a compartir aquello en lo que genuinamente creíamos y creemos y disfrutamos? ¿Qué mejor manera de empezar a derribar el mote de cine elitista que abriendo el juego, exhibiéndolo?

Esa apuesta, un año atrás, salió bien. Tanto que en esta nueva edición hemos decidido incrementarla. Sigue habiendo un público ávido de nuevas miradas sobre el mundo y que entiende que siempre hay en cada expresión particular, provenga de donde provenga, una cuerda que puede resonar en otra parte, en su propio universo. Seguimos creyendo en un cine personal, que dé cuenta de un momento y un lugar específico (eso que el año pasado, a propósito del texto que escribí para Cinemarama, llamamos “cine no permutable”). Seguimos creyendo no en un cine universal, sino en pequeños mundos que tienen algo para decir y a los que el cine retrata. Seguimos creyendo en las películas que, como decía Rodrigo Tarruella, nos brindan un momento de felicidad porque nos permiten salir del cine “con la imaginación despierta”.

Acá van diez recomendadas del EPA Cine, más una yapa, aunque quedará a criterio del lector determinar cuál es. Hay algunas obvias y de las otras también. Los esperamos. Sean todos bienvenidos.

. The Dreamed Ones, de Ruth Beckermann
Película de apertura

Como si la tormentosa historia de amor entre Paul Celan e Ingeboch Bachmann no alcanzara: ni las cartas incendiarias o amorosas, siempre apasionadas, que según el caso mutuamente se enviaran por años y años; ni la belleza de los cuerpos y el calor y el color de las voces del actor y la actriz que las leen. Como si todo eso no bastara, entonces será válido decir que la última obra de Ruth Beckermann es un sutil, (en)soñado ensayo sobre las lábiles y difusas fronteras entre la ficción y el documental, sobre la imposibilidad de determinar el comienzo y el fin de ambos. En definitiva, sobre esa perenne ambigüedad que es constitutiva del cine.

. All the Cities of the North, de Dane Komljen
Competencia internacional de largometrajes

Que esta extraordinaria ópera prima de Dane Komljen sea exhibida por primera vez en Buenos Aires es un verdadero lujo para nuestro festival y una oportunidad única para los cinéfilos. En un conjunto de edificios abandonados de la ex-Yugoslavia, un pequeño grupo de hombres vive por fuera de todo y de todos. A sus pequeñas acciones cotidianas las acompaña circunstancialmente una misteriosa, rapsódica voz en off. Una historia mínima para un despliegue sensorial y emotivo que alcanza picos de intensidad únicos.

. King of the Belgians, de Peter Brosens y Jessica Woodworth
Competencia internacional de largometrajes

Una road movie extraña(da) en la que un ficticio rey de Bélgica debe regresar por tierra desde Turquía, atravesando los Balcanes, a su reino recién desmembrado por la secesión de los valones. ¿Todo suena un poco extravagante? Efectivamente, así es. La inteligencia de esta historia sobre el rey extraviado reside en atravesar oblicuamente menos la geografía europea que su presente histórico, y en que al hacerlo no pierde de vista que, cuando se toma la ruta, lo que importa no son los mensajes ni las moralejas, sino la acción pura y dura y la transformación que en cada uno de los personajes el camino opera.

. La última Navidad de Julius, de Edmundo Bejarano
Competencia internacional de largometrajes

Un documental de personaje, efectivamente, ¡pero qué personaje! Julio Barriga, poeta punk tarijeño, etílico y genial, enamorado hasta los huesos de Amy Winehouse, vagando desde la estrechez de su cama en su pequeña habitación abarrotada de libros a las calles y plazas en las que ejercita su paso elegante de felino y sus destrezas de gimnasta. La proeza de Edmundo Bejarano es haber reconocido el material con el que contaba y prestarse al juego manteniendo siempre la distancia justa, haciendo que la cámara se convierta en una amiga de errancias, poesías y borracheras.

. El Dorado XXI, de Salomé Lamas
Panorama internacional de largometrajes

Una situación extrema como el registro de la dura vida diaria de los mineros en La Rinconada, el rincón de los Andes peruanos en el que se asienta el pueblo más elevado en el mundo, requería de un registro extremo. Para eso está ese extraordinario plano fijo que consume casi la mitad de las dos horas del nuevo documental de Salomé Lamas, en el que la polifonía de voces de los pobladores reverbera en el movimiento hipnótico de los mineros-hormigas y en las luces de sus cascos moviéndose en el plano, mientras entran y salen de la mina. Puro cine-trance en acción.

. Trainspotter, de Ignacio Masllorens
Competencia nacional de cortometrajes

La combinación es irresistible: Dvořák, los trenes, una pequeña pieza para piano y el cine uniendo los engranajes. En este delicatessen checo que avanza desde Dresde hasta Praga, hay algo de los primeros travellings de Lumière, esa sensación de mirar desde cero lo que creíamos ya haber visto. Aquí lo que importa no es el pedigree de los materiales utilizados, sino la elegancia con la que son enlazados, la manera en la que se van dosificando. Que los trenes son vehículos para el movimiento es un lugar común. Algo muchísimo menos habitual, casi olvidado, es que las películas-trenes también pueden ser vehículos para el placer.

. Nadando en Mar del Plata, de Flavia de la Fuente
Competencia nacional de cortometrajes

En sigilo, aislada de cualquier moda transitoria o corriente (con excepción de las oceánicas), Flavia de la Fuente va construyendo una obra de una libertad única dentro del cine argentino, en la que su entorno más cercano ocupa un rol central y en la que el mar asume siempre un protagonismo excluyente. Con Nadando en Mar del Plata se sumerge, literalmente, en una experiencia que es pura fisicidad y goce primario, una comedia acuática a través de la cual el perfil más conocido de la ciudad balnearia adquiere nuevos contornos, más inestables, más movedizos, y en la que la referencia al maestro Hitchcock es menos una cita presuntuosa que un guiño cómplice y descontracturado que sirve de corolario para su divertimento marino.

. Alfalfas, de Mariana Lombard
Foco experimental

Ecos faulknerianos en voces múltiples y entremezcladas, de origen incierto, resuenan en este ensayo sobre la persistencia de una ausencia y el intento de superarla a través del recuerdo, o de la invención de ese recuerdo. Entre campos de alfalfas al sol y una lluvia tenaz, la naturaleza se exhibe, así como una luz filtrándose en la cocina y la ropa tendida al viento instalan una poética de lo cotidiano. Lombard mapea un nuevo mundo que siempre fue este, ya transfigurado.

. Ofrenda, de Claudio Caldini
Foco experimental

Algo propio de un haiku –en la concisión y en el despojo, en su fragilidad, en el apego a la naturaleza– resuena en los dos minutos de Ofrenda. Como en un torbellino, trepidantes margaritas en flor bailan en el vacío al ritmo obstinado de la música. De la luz a las sombras, en el libre devenir de una forma, en su fugacidad, surge la emoción hasta allí agazapada.

. Molly Monster, de Ted Sieger, Michael Ekblad y Matthias Bruhn
Foco infantil Kokoro

Si el espejo no fuera así de impiadoso, uno podría permitirse un juego de ensoñación completo para retroceder a su infancia en alma y cuerpo y disfrutar, con esa intensidad que solo alcanzan los niños, de las aventuras de la pequeña Molly. Es que el viaje iniciático de la  dragoncita y su inseparable amigo Edison para llevarle a su nuevo hermano el gorro de lana recién tejido no necesita del habitual arsenal de guiños cómplices que el mal llamado cine infantil pone en juego para captar al público adulto: todo aquí es fantasía tecnicolor, pura aventura inocente y sin cálculo mezquino, tan excitante como salir por primera vez al mundo, tan divertida como un castigo de cosquillas en la panza.

Cae la noche en Bucarest o Metamorfosis, de Corneliu Porumboiu
Foco Corneliu Porumboiu

Mientras maneja su auto, un director de cine le narra a su actriz fetiche, que es al mismo tiempo su amante oculta, cómo la llegada de la tecnología digital cambió no solo la manera de pensar el cine, sino de ver el mundo. Esos largos minutos se vuelven así una especie de enorme puesta en abismo de la propia película, una declaración explícita de principios sobre las posibilidades y los límites de la nueva tecnología, de esa metamorfosis de la que habla el título. Que luego todo se intensifique en relación con el propio mundo del cine y con sus mecanismos de representación es en todo caso signo de que la tercera película de Porumboiu es también un momento bisagra para el llamado Nuevo Cine Rumano: con ella, sosegada y naturalmente, llega la adultez. La sombra terrible de Ceaușescu ya deja de ser imprescindible.

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