Fences

Fences - c i n e m a r a m aAño: 2016
Origen: Estados Unidos
Dirección: Denzel Washington
Guion: August Wilson
Intérpretes: Denzel Washington, Viola Davis, Stephen Henderson, Jovan Adepo, Mykelti Williamson
Fotografía: Charlotte Bruus Christensen
Música: Marcelo Zarvos
Edición: Hughes Winborne
Duración: 139 minutos

por Diego Maté

Tablas. Durante mucho tiempo, la crítica liquidó el análisis de algunas películas amparándose en su presunta teatralidad: “Es teatro filmado”, “es muy teatral”, y listo, como si la sola evocación de la etiqueta viniera a reemplazar la argumentación. Ya en los 50, André Bazin había abogado por un “cine impuro”, es decir, sostenía que el cine podía apropiarse creativamente de otras artes y lenguajes, como la literatura o, justamente, el teatro. Para Bazin no tenía sentido exigirle cartas de pureza al cine: algunas de las mejores películas de su tiempo, desde La loba hasta Diario de un cura rural, se servían con inteligencia de recursos extracinematográficos. La propuesta sirve para comprender mejor el cine del presente: las películas de Matías Piñeiro, tal vez lo más interesante que haya dado la cinematografía argentina post-NCA, también se valen (y cómo) de recursos teatrales. El punto es que toda esta búsqueda de recursos expresivos que remitan vagamente al teatro no tiene sentido porque la utilización de esos recursos no supone ningún problema, ninguna “contaminación” de no se sabe qué esencia. Tal vez el asunto haya sido mal planteado desde el comienzo: por ahí el meollo de toda la cuestión está simplemente en las películas que hacen un mal teatro.

Fences explicita su origen ya en las primeras escenas, cuando los personajes no hacen otra cosa que hablar, y donde toda la información sobre ellos (quiénes son, qué hacen, cuáles son sus intereses) se transmite a través de los diálogos. Los espacios resultan escasos: apenas una casa, de la que se destacan el comedor, la cocina y, sobre todo, el patio. Esa unidad de lugar y el habla constante remiten enseguida al teatro tradicional. Los personajes se mueven a veces sin motivos de un punto al otro del escenario, como si el director tratara de imprimirles algo de dinamismo a los parlamentos forzando unos traslados innecesarios. La actuación de Denzel Washington produce curiosidad: un intérprete muchas veces económico, de pocos gestos (pero poderosos), acá vocifera y exagera la exuberancia de sus movimientos, como si enfrente de él no hubiera una cámara de cine, sino un auditorio lejano al que deben llegarle las muecas o, en todo caso, como si estuviera ante una cámara de cine mudo, donde la ampulosidad de los gestos debía compensar la ausencia de la palabra.
La película concentra ese retrato grotesco casi exclusivamente en torno a la figura de Troy (Washington). Desde su primera aparición, el relato mismo ya sugiere que el tipo, aunque afable y bondadoso, no es más que un charlatán de feria que enseña a vivir, un pedante siempre dispuesto a aleccionar a los otros, incluso si para hacerlo debe inventar historias, contar medias verdades o directamente mentir. Para Troy cualquier sanción moral le sirve de excusa si siente deseos de maltratar a alguno de sus hijos o de humillarlos públicamente ante otros. La construcción de una cerca que nunca se termina es sugerida como signo del carácter del protagonista: un hablador incapaz de finalizar el más elemental de los proyectos. Fences narra la pérdida progresiva de credibilidad y autoridad de Troy. Su caída se produce, claro, por la vía del teatro realista: en un contexto marginal (un barrio negro algo carenciado), son los diálogos los que traen a escena la interioridad de los personajes, sus dolores y aspiraciones; el cuerpo o las imágenes no dicen nada, apenas son medios para realzar las palabras.
El resto de los actores parecen más bien contenidos. Salvo por Mykelti Williamson, al que le toca el papel del hermano que queda loco tras una herida de guerra y que debe componer a un desequilibrado irritante, pero de buen corazón, que irrumpe siempre en los momentos menos indicados. Así las cosas, a grandes rasgos la película se sostiene sobre ese andamiaje teatral, pero una vez más, el problema no parece ser la cruza misma de cine y teatro, sino cómo es que el primero concibe y se apropia del segundo: uno puede imaginar que Fences, la obra de August Wilson (que también es guionista de la película), debe ser igualmente aburrida y perezosa, casi un grado cero del teatro más conservador. De hecho, es posible que en una o dos partes, la película trate de romper este esquema y se anime a hacer cosas con la cámara. Por ejemplo, cuando Rose recibe una información terrible de parte de Troy; justo en medio de la relevación, aparece el hermano loco y le regala a Rose una rosa (claro). Rose, sacudida por lo que acaba de descubrir, corre al patio con la rosa en la mano, se agarra de la reja, deja caer la rosa, la cámara enfoca la rosa toda apretujada en el piso. Si la película explicara con palabras este recurso, diría que se trata de una metáfora que se solapa con una metonimia: “Rose se marchita”. La imagen queda reducida a servicios poco halagüeños como ese, aunque la mayoría de las veces, cuando no se limita a ilustrar meramente la escena, solo cumple el rol de separador entre actos, a la manera de un telón en movimiento. Como puede verse, Fences tampoco entiende demasiado de cine.
Fences - c i n e m a r a m a
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