Mar del Plata 2016 – Sobre algunos cortos de Flavia de la Fuente

Sobre algunos cortos de Flavia de la Fuente - c i n e m a r a m apor Geraldine Sales Kobilanski

La complejidad de la vida humana tal vez se encierre en su propia simpleza, que no siempre se soporta con decencia ni con amable benevolencia. A veces se la confunde con el aburrimiento, presto para generar somnolencia o ansiedad. Lo que nos constituye y lo que nos rodea es la soledad. Ella sigue siendo solitaria estemos o no acompañados, sintamos o no felicidad. Acudamos por un momento a la lucidez de Raúl Ruiz, quien defendía que el aburrimiento es, refiriéndose al cine, una forma de alta calidad. En el siglo IV algunos padres cristianos lo llamaban el Octavo Pecado Capital o tristitia, producido por Asmodeo, el demonio del mediodía. Ruiz continúa y ejemplifica este pecado del siguiente modo: “El monje está en su celda. Siente que lo invade el aburrimiento. Escucha los pasos pero duda. Sabe que no hay nadie en los alrededores. Alguien llega, sin embargo, y aunque el monje sepa que la aparición es un engaño, la acepta como tal. La aparición le propone salir de su celda, y el monje acepta. Lo transportan a países lejanos en los que le gustaría quedarse, pero ya es hora de volver a casa. De regreso en su celda, el monje se asombra al descubrir que el viaje no ha hecho más que empeorar las cosas. Se aburre aún más, un aburrimiento de una pesadez ontológica. A partir de allí, todo viaje fuera de su celda, toda aparición de su amigo virtual, agravarán su melancolía. Sigue sin creer en las apariciones, pero su falta de creencia se ha vuelto contagiosa. Pronto la celda misma, los demás monjes y hasta la comunicación con Dios se vuelve una ilusión. Su mundo ha sido vaciado por la diversión”.

La soledad y el aburrimiento pueden ser sinónimos, mas no equivalentes. Ese aburrimiento puede convertirse en ansiedad al darse cuenta el poeta en la Sangre de un poeta (Jean Cocteau, 1930) de que su cuarto no tiene escapatoria, similar a la celda del monje. Pero esta vez no lo visita un amigo virtual, sino una estatua –cuya capacidad de habla fue creada por la propia mano del poeta–, quien lo conduce a confiar en sus propias obras, en la fuerza imaginativa de sus palabras para transformar un espejo en una pileta, en un pasaje acuático hacia otro estado de lo real. ¿Hacia dónde se dirige? Frente a este recorrido, el poeta solo depende de sí mismo, al parecer su única salida será confiar en su ser y dar una paso hacia lo ignoto.

La soledad y el agua. Hete aquí dos palabras fundamentales para hablar sobre algunos cortos del programa que Flavia de la Fuente presentó en la última edición del Festival de Mar del Plata. Antes mencioné que la soledad es solitaria como así también indispensable siempre y cuando el aburrimiento sea tomado cual cosa seriamente plácida. ¿Pero entonces el aburrimiento y la soledad son lo mismo? Dudo. No, no son lo mismo, pero el aburrimiento juega como si fuera la sombra de la soledad. Una sombra que a veces toma dimensiones estrafalarias, mayestáticas y otras en las que se esconde en la palma de la mano. Ahora bien, la soledad tiene facetas nobles si aprendemos a ejercitarlas. ¿Qué puesta en escena puede representar mejor la soledad? Pues el mar, no me caben dudas. Frente a la inmensidad, la supremacía o tal vez el pavor. ¿Y estando dentro de él, tan solo el cuerpo de uno y la infinita superficie del agua, sin apoyatura rígida, con el cuerpo sumergido entre una dimensión líquida inabordable, como si uno estuviera suspendido nuevamente gracias a un líquido amniótico, ya no materno pero sí vital? ¿Dónde queda la superioridad moral del ser humano frente a la imposibilidad de dominio de la naturaleza? En Nadando en San Clemente, Flavia de la Fuente camina contra las olas en su traje de neoprene. Es invierno, el clima invita a respetar con solemnidad al mar. El agua está helada. De a poco, con su cámara GoPro en una de sus muñecas, ella filma su ingreso al vacío marítimo. Cada vez se aleja más de la orilla y las imágenes dialogan entre un campo de edificios y un contracampo oceánico. Sus pies ya no tocan el suelo arenoso, flotan al igual que el resto de su cuerpo. Las brazadas-cámara van descubriendo formas y sonidos cada vez más inquietantes, más irreconocibles, más fantásticos: la dificultad de ver bajo el mar deviene un acto del mirar solitario, en tanto que el movimiento infinito del mar junto con la colisión de los brazos deviene un acto del escuchar solitario. El mar combate a una nadadora valiente, a una cineasta que captura la incesante y permanente variación de la naturaleza. El aburrimiento ruiziano alumbra por doquier, estamos hipnotizados por imágenes de agua, sonidos de agua, por un camino por el cual no podemos volver porque no quedan trazos antiguos y solo tiene la fortaleza de construirse en cada brazada, en cada instante presente, cada vez que la mano, luego el brazo, luego el hombro, se hunden apenas unos segundos para volver a salir y seguir construyendo un camino que solo dura un instante, un respiro, un parpadeo, un reposo constante. Ya no nos detenemos en pensamientos ni sentimientos que puedan alterarnos, la soledad resplandece y solo importa la ola, la espuma, los ruidos, que no se repetirán del mismo modo, mientras que las brazadas son conducidas por el acto de respirar de un cuerpo que ennoblece la condición humana. No hay nada que temer. Caminando en la misma dirección que las olas, de la Fuente sale del reino de Neptuno y contempla con la misma firmeza el vaivén de las olas en Espuma, la calma y la oscilación de la vida o bien el retrato, citando al querido Renaud Legrand, del origen del mundo.

Ya secos, luego de haber transitado el pasaje acuático, movimientos sutiles y casi imperceptibles se vuelven planos de un paisaje de la fotógrafa Gabriela Ventureira, que fotografía mientras es filmada por su mejor amiga de la Fuente. La sombra de la soledad puede inquietar a los espectadores cuya propia soledad les aturda. Calma, queridos, no se impacienten. Que la serenidad no los disturbe. Frente a la belleza inmensa de estas imágenes en movimiento, le cedo la palabra al poeta Issa:

Rocío de este mundo…
Rocío de este mundo… Sí, sin duda,
Y entretanto…

 

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