Carta sobre El limonero real

Carta sobre El limonero real - c i n e m a r a m a

por Geraldine Salles Kobilanski

Buenos Aires, 27 de septiembre de 2016

Querido Diego:

Las palabras que manifestaste sobre la película El limonero real, de Gustavo Fontán, me han provocado el deseo de compartir algunas impresiones en torno a ella. Como bien expresaste, el núcleo saeriano de la descripción es tomado, apropiado, acariciado por Fontán. Es una descripción densa, perfumada con sudor, con manos terrosas, con nucas salíferas, con aquel viento intensamente fresco que invita a la tormenta, con aires herbáceos que envuelven los ojos cansados, la inmensa boca entreabierta del Ladeado mientras Wenceslao rema pausadamente, los primeros planos del cuello de Wenceslao sentado junto a ella, un cuello silencioso y obstinado que teje las cintas negras en las camisas de su marido y que le dice que tomará un mate más tarde, cuellos que parecen estar próximos a un más allá que a este más acá, que a la cena de fin de año, que a la orilla, que a la familia y que a los perros, una forma que se acerca sin ser visible ni tangible, una forma informe, que mantiene una distancia justa con los que aún viven, con los que aún pueden significar la repetición ancestral.

En el libro, querido Diego, se encuentra rozando el final -o un nuevo amanecer- una descripción extraña, moderna, que se vuelve inefable, sí, las palabras se vuelven lodo, y uno queda allí suspendido con el libro ante un abismo repleto de significantes, atemorizado, ajeno a cualquier comprensión o posibilidad de interpretación. Uno sostiene el libro pequeño con las manos y permanece. Esa escena peculiar Fontán no podía ni debía dejarla pasar. Wenceslao, representado  de espaldas al caminar, se sumerge en el río y permanece en él. No se ahoga, es. Es pura forma, brumosa, clarividente. Entonces la potencia cinematográfica oscila entre su forma y su estado de narración ya empapados, ya embebidos a la luz de un sol radiante como un girasol en estado de gracia, entre burbujas que encapsulan pequeñas cantidades de vida que se dirigen hacia la superficie, al borde, al aire libre, al linde entre lo sólido y lo líquido, lo lleno y lo vacío,  lo presente y lo ausente.

¿Has escuchado ese sonido constante como el ritmo del corazón que acompaña los movimientos sosegados y adustos de la cámara que captan o intentan no dejar ir no se sabe qué… cuando el cordero respira con velocidad, atado y recostado sobre el suelo polvoriento, cuando las personas bailan luego de cenar y se siente como si un halo espeso sin una sola burbuja abrazara y abrasara a todos ellos hundiéndolos en el lodo? ¿Has sentido en tu nuca, Diego, una forma informe que acompaña tu sombra, pero uno no es capaz de darse vuelta al no poder soportar no ver más que la ausencia?

Amanece
y ya está con los ojos abiertos.

Abrazo,
Geraldine.

Carta sobre El limonero real - c i n e m a r a m a

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