Dossier Raúl Ruiz – Genealogías de un crimen

Dossier Raúl Ruiz - Genealogías de un crimen - c i n e m a r a m aGenealogías de un crimen (Francia – 1997)

Dirección:Raúl Ruiz
Guion: Pascal Bonitzer, Raúl Ruiz
Intérpretes: Catherine Deneuve, Michel Piccoli, Melvil Poupaud, Bernadette Lafont, Andrzej Seweryn, Hubert Saint-Macary, Mathieu Amalric, Patrick Modiano

por Diego Maté

Genealogías de un crimen es el policial negro de Ruiz. Es cierto que no está la imaginería, la ciudad corrupta ni los modos un poco brutales de los personajes del film noir, pero entre uno y otro hay tendido un hilo fundamental: mientras el sistema de géneros del Hollywood clásico apostaba por la claridad y la razón (salvo, claro, en el caso del musical), los detective film de los 40 y 50 explotaban la capacidad onírica del cine; el policial negro contaba pesadillas. La filmografía de Ruiz, por su parte, está en buena medida organizada a partir de los mecanismos del sueño. Genealogías… es el capítulo policial de su obra. Jeanne (Catherine Deneuve), una abogada famosa por perder todos sus casos, recibe la noticia de la muerte de su hijo en un accidente al mismo tiempo que se le ofrece defender a un joven acusado de asesinato. René, preso, jura no haber matado a su tía y dice ser víctima de una conspiración de la Sociedad Psicoanalítica Franco-Belga. La película demuestra enseguida que no le interesan las minucias de la trama, sino la interacción de sus personajes algo delirantes. El misterio convoca los métodos terapéuticos de la fallecida y de la propia Sociedad Psicoanalítica, tales como el invitar al paciente a realizar un cambio de roles con el psicólogo, recurso que Jeanne toma durante su investigación. En la pesquisa, la protagonista da con el diario de la muerta y al leerlo revive sus anotaciones mediante un flashback en el que la tía, interpretada también por Deneuve, resurge, por decirlo así, de entre los muertos (guiño a Hitchcock). La narración adopta un modo de escucha libre y azaroso, otorgándoles alternativamente la palabra a personajes que disertan sobre el efecto de los relatos en las personas o acerca de la curación mental que puede lograr la dramatización de hechos traumáticos. Está claro que la película pone todo el tiempo en escena el acto mismo de la representación, pero señalar eso no alcanza, sabe a poco, sobre todo tratándose de Ruiz. La maestría del director no está en ese encastre de ficciones (la pereza podría hacernos decir: “Juego de caja chinas”), sino en la manera en que la película es capaz de maniobrar la trama delictiva y el régimen onírico, pisando firme en un terreno ambiguo e indefinido. Como siempre en Ruiz, el humor marca la travesía y dirige el trayecto: esta vez se trata de la guerra de caballeros que mantienen los líderes de dos asociaciones psicoanalíticas, pero en especial de la figura de George Didier, el terapeuta encantador y desaforado que compone un Michel Piccoli en la cumbre de su arte. Didier sufre un mal que le impide distinguir claramente a una persona de otra; así y todo, el hombre resulta ser uno de los principales testigos del caso. Sobre el final, el relato libera cargas silenciosas que estallan bajo la forma de suicidios colectivos y asesinatos por despecho, pero nada parece conmover la superficie más bien calma de la película.  Un momento banal puede construir una tensión emocional enorme, como se percibe en el almuerzo de Jeanne con su madre, donde esta le recuerda que de chica tenía el hábito de tirar gatos por la ventana, mientras la cámara las observa colándose por los muebles, adornos y cristales de una araña. Después, ya en el presente, una imagen de la propia Jeanne niña, sosteniendo un gato, le entrega visiblemente a la protagonista el arma homicida: en este cine de los sueños, la psiquis dañada de un personaje puede proyectarse en el mundo de la vigilia y modificar (o precipitar) el curso de los hechos. A fin de cuentas, se esté dormido o despierto, todo parece ser una cuestión de imágenes y de fuerzas humanas que se revuelven en algún fondo desconocido, como explica Coraile (Andrzej Seweryn) cuando le muestra a Jeanne el mapa ordenado de fotografías, dibujos y publicidad que componen, según él, su Mnemosyne; igual que las paredes de la casa de Coraile, la filmografía de Ruiz, como si se tratara de un Aby Warburg del cine, sugiere un Atlas Mnemosyne propio hecho de imágenes en movimiento sobre los sueños y la locura.

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