Dossier Raúl Ruiz – Diálogos de exiliados

Dossier Raúl Ruiz - Diálogos de exiliados - c i n e m a r a m aDiálogos de exiliados (Francia, Chile – 1973)

Dirección:Raúl Ruiz
Guion: Raúl Ruiz
Intérpretes: Françoise Arnoul, Carla Cristi, Daniel Gélin, Sergio Hernández, Edgardo Cozarinsky

por Diego Maté

Nadie sabe con exactitud qué cosa es o debería ser el cine político, aunque existe la idea generalizada (en Rancière, por ejemplo) de que el cine político comenzaría allí donde caen las seguridades y los acuerdos, más allá de las certezas de la propaganda. Lo político así entendido estaría del lado de las tensiones y de la polémica (de lo dialéctico), a diferencia del cine militante, que machaca consignas y adoctrina sin proponer ninguna clase de discusión a través de las imágenes. Diálogos de exiliados, primera película de Raúl Ruiz tras el golpe de Pinochet, sigue a un grupo de chilenos refugiados en Francia. Lo que en un principio era un proyecto sobre el desarraigo y las miserias del exilio, se acaba transformando en una sátira sobre la chilenidad que le valdría al director el repudio de la izquierda durante mucho tiempo (algo parecido ya le había pasado a Godard con La chinoise). La película consiste en una serie de viñetas cotidianas en las que se ve a un grupo de personajes sobreviviendo en París mientras aprenden y ejercitan el idioma, discuten, hacen proclamas o piden ayuda a organismos internacionales. Los hábitos y los símbolos nacionales son recontextualizados y sometidos a un amable ridículo: una huelga de hambre por un problema administrativo revela enseguida su inutilidad; una cueca con guitarra y vestuario típicos parece un ritual de otro planeta. Incluso en una película tan temprana y filmada en las peores condiciones, Ruiz ya deja entrever un notable pulso para la comedia: a lo disparatado de algunos conflictos (como el secuestro del cantante Fabián Luna), se le suma el trabajo con el espacio, del que se hacen surgir chistes impensados, a veces solo con el entrar y salir por las múltiples puertas del departamento, o con el apelmazamiento de varios personajes que se acomodan como pueden en un living estrecho hasta colmar el plano. En otros momentos, el humor, algo más cruel, se concentra en las discusiones y en la desfachatez de los protagonistas, que no dudan en reclamar para ellos ayuda urgente que debería dirigirse a las personas que todavía no pudieron escapar de Chile. Uno de los retratos menos piadosos es el de Luna, que deambula por distintos departamentos diciendo frases hechas sobre la reconciliación y el espíritu nacional, dando crédito al supuesto Plan Zeta, sin notar el desprecio de sus captores ni el hecho mismo de encontrarse secuestrado.

En el entramado de problemas cotidianos, que incluyen aprender francés, recorrer entidades internacionales, resolver trámites o fijar un plan de lucha, la película, a pesar de su ánimo satírico, alcanza a poner de manifiesto algo de la realidad material y psíquica de los exiliados a partir del relevo de sus gestos, de los lugares que ocupan y de las dificultades que demuestran para comunicarse incluso entre ellos mismos (ya no digamos con autoridades francesas). En medio de esa repetición y las frustraciones de todos los días, hace su aparición Edgardo Cozarinsky como un argentino avispado que conoce los mecanismos institucionales y que asesora a los recién llegados en cuestiones administrativas: con su presencia queda sellada una especie de fraternidad latinoamericana algo patética. La burla de la película llega tan lejos como para introducir en la segunda mitad un sobre con diez mil dólares (aportado por una entidad francesa para organizar a los refugiados) que desaparece misteriosamente, menos por obra de la codicia que por la ineptitud general para llevar a buen puerto cualquier clase de gestión. Nada más lejos del cine político (del cine político mal entendido, por lo menos): una película que, filmada a cinco meses de un golpe de Estado, se niega a escenificar cualquier clase de resistencia o de denuncia y que, además, para empeorar el asunto, se dedica a hacer comedia con la situación de los exiliados (entre los que se contaba el mismo director y todo el equipo). Es conocida la explicación que dio Ruiz después de recibir incontables ataques: “La quise hacer a favor y me salió en contra”. La libertad con la que el director elige tratar el tema no tiene punto de comparación con el cine político de la región (basta con pensar en la producción política argentina de la época, subrayada y ampulosa, que muchas veces no ocultaba su voluntad de adoctrinamiento); Ruiz parece haber sido fiel a sus propios intereses incluso durante un rodaje tan turbulento como ese. Lo seguiría siendo mucho después, hasta su muerte, cuando Diálogos de exiliados ya gozaba del prestigio que le fue negado más de treinta años atrás.

Dossier Raúl Ruiz - Diálogos de exiliados - c i n e m a r a m a

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