Dossier Raúl Ruiz – Introducción

Dossier Raúl Ruiz - Introducción - c i n e m a r a m apor Diego Maté

Puro cuento. Los dossier de Cinemarama parten siempre de algún estreno, pero rara vez del estreno de un director fallecido hace cinco años. Misterios de Lisboa, lo penúltimo que filmó Ruiz, llega al país con retraso, pero así y todo, incluso con el director muerto, no se hace otra cosa que hablar de él. No es que no se haya hablado y escrito ya muchísimo sobre Ruiz, pero como ocurre con los grandes directores, lo dicho parece poco, no alcanza o, en todo caso, hay que seguir hablando y escribiendo a la luz de la revisión de su (en este caso) vastísima, inabarcable filmografía. Un mérito de gran director: filmar películas que invitan a que se digan cosas nuevas muchos años después de su realización. Si uno lee comentarios, por ejemplo, de Diálogos de exiliados, se encuentra con que siempre falta decir algo, que la película soportó en perfecto estado el paso del tiempo y que, generosa, todavía se presta a ser objeto de alguna palabra nueva, se deja hablar. Puede ser, además, que el humor tenga que ver con esa propuesta de intercambio, casi de juego, que la filmografía de Ruiz sigue ofreciendo todavía hoy: juegos en torno de la política, pero también de los géneros, del documental, de la literatura. Al contrario de lo que pasa con compañeros de generación suyos como Patricio Guzmán, lo político en Ruiz no gira en torno de procesos históricos y luchas colectivas, sino de una completa libertad a la hora de trabajar el material, cualquiera sea, incluso si la empresa consiste en reírse de la precaria situación de los refugiados chilenos en Francia tras el golpe de Pinochet. Libertad para pulsar las cuerdas de géneros como el terror, el melodrama o el policial y arrancarles melodías extrañas, disonantes que continúan vibrando en los planos largos, a veces complicadísimos y de un virtuosismo sin igual que tanto le gustaba hacer. ¿Existen muchos crime film que sean, en realidad, una meditación juguetona sobre el estatuto de la representación? ¿O Genealogías del crimen es una película solitaria? “La representación”: dicho así suena pesado, serio, pero Ruiz hace del tema el centro de muchas de sus películas sin que sople por ahí ni la más mínima rigidez académica. “La representación”, entonces, puede ponerse en tensión (y entre comillas, también) en un falso documental de arte como Hipótesis sobre un cuadro robado, o desplegarse como artilugio de la trama bajo la forma de un ritual algo perverso que realiza en las sombras una sospechosa sociedad de psicoanálisis, como en la ya mencionada Genealogías… (ambas comparten, de paso, una rara obsesión por los tableaux vivants). Y quien dice representación dice también contar, narrar; las películas del director dedican una cantidad enorme de recursos a interrumpir, trastocar o simplemente desmontar el dispositivo de la narrativa clásica, ya sea adaptando una obra de teatro de acuerdo con los preceptos de la modernidad cinematográfica al uso (Tres tristes tigres), tomando una novela del siglo XIX para transformarla en un estudio (pero un estudio lúdico, celebratorio) sobre el acto mismo de contar (Misterios de Lisboa), o diseñando nada menos que una máquina de procesar y mezclar historias que parece funcionar independientemente de la voluntad de cualquier personaje (Combate de amor en sueños). Misterios de Lisboa, por ejemplo, se muestra fascinada con el universo de sus criaturas y con su capacidad de relatar los hechos de su vida, tanto así que la película escenifica un conflicto cuyo botín es, justamente, el relato deseado, el derecho a contar o a escuchar un cuento, que muchas veces versa sobre la propia biografía. Toda Misterios de Lisboa parece surgir como respuesta a un comentario inicial del protagonista: “Yo tenía catorce años y no sabía quién era”. Pero no se trata de algo nuevo, porque Ruiz, al igual que Manoel de Oliveira, ya se había servido del escritor portugués Camilo Castelo Branco para hacer de las suyas (otra conexión: la figura del productor Paulo Branco sobrevuela la obra de los dos). También tomó a Kafka y a Proust y trabajó con Pierre Klossowski. También filmó para televisión y experimentó a gusto con los géneros, y filmó documentales que son como ficciones y al revés. Todo parecía trabajar en favor de Ruiz, cualquier material se dejaba informar por su estilo, ya fuera una telenovela, la política, un drama decimonónico o intérpretes de la talla de Catherine Deneuve, Michel Piccoli y Mastroianni. Viendo sus películas, uno tiene la certeza de que el estilo no se reduce a solo un repertorio de obsesiones recurrentes o a un catálogo de intereses personales, sino que supone la habilidad de maniobrar con elegancia e inteligencia cualquier tema, cualquier asunto. Para no ser menos, en Cinemarama preparamos un breve dossier sobre Ruiz (fragmentario y desordenado, como corresponde a tal empresa) con textos dispersos sobre películas de cualquier época.

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