Bafici 2016 – Karaoke Crazies

Bafici 2016 - Karaoke Crazies - c i n e m a r a m aKaraoke Crazies (Corea del Sur – 2016)
Panorama / Nocturna

Dirección: Kim Sang-chan
Guion: Park JI-Hong
Intérpretes: Bang Jun-Ho, Moon-Sik Lee, Kim Na-Mi

por Soledad Castro Lazaroff

Un edificio gris y solitario de karaoke se erige en medio de la noche. Su dueño, un hombre triste que sueña con suicidarse y escucha porno en sus auriculares, contrata a una chica de veintipico vestida con un sucio equipo de jogging verde para que sirva de acompañante a los que entran a cantar en los diferentes cuartuchos: hombres desencajados, perdedores ansiosos por un placer esquivo que apenas se concreta. Ella decide practicarles sexo oral para sacarse de encima el problema del trabajo y seguir jugando videojuegos. Ambos viven bajo el mismo techo, pero solo se encuentran en el momento de la comida, que les trae un delivery para no tener que pisar la calle. Empiezan a hacer dinero. Un día descubren que hay un sordomudo viviendo con ellos entre las ratas del edificio. Otro día llega para quedarse una entretenedora profesional fanática de las pelucas que trae consigo un pasado oscuro y violento.

Así de simple y así de inmoral es esta película de espacios claustrofóbicos y colores fuertes, donde los ribetes de comedia esconden un tipo de sordidez de la que solamente son capaces ciertas películas orientales. Uno no sabe cómo hacen estos tipos para trabajar con esa libertad sobre lo incorrecto, para construir personajes adorables de las peores personas imaginables poniendo a prueba nuestra más básica tolerancia a la mugre y la asquerosidad. A ver, hablamos de una chica que practica sexo oral a desconocidos para que no le rompan las pelotas y de un dueño que lo permite porque le sirve para hacer dinero mientras escucha porno en la web sin la fuerza necesaria ni para masturbarse. Pero la película sigue adelante y maneja con maestría nuestra curiosidad; sin apuro ninguno nos deja asistir al encuentro: verlos comer, caminar, mirar, descubrirse poco a poco, convivir. Entonces, como por arte de magia, uno termina queriendo a esa manga de freakies infectos con vidas insignificantes.

Los flujos, el sudor, las secreciones se imponen con una fuerza diferente de lo que sucede en la nueva comedia americana, por ejemplo –también abundante en el grotesco escatológico y sexual–, porque acá no está el alivio del absurdo: con los tiempos muertos, las miradas, los lentos y terriblemente intencionados encuadres y movimientos de cámara, sentimos en nuestro propio cuerpo la soledad profunda, el sinsentido, la alienación y el abandono que viven los personajes. Pero a pesar del retrato impávido, pornográfico por su estúpido realismo, el movimiento de la película termina siendo de una compasión infinita: a través de las confesiones, de la develación de los misterios y sobre todo de los efectos de la compañía y del encuentro con los demás –un motivo que no por clásico tiene menos fuerza poética–, cada personaje se va transformando hasta descubrir en sí mismo nuevos rasgos de luz y nobleza (aunque siempre enmarcados en la verosimilitud perfecta de un universo amenazante, caótico y hostil).

Con su desolada lectura social, con un regodeo continuo en la perversión que no pierde la ternura jamás, Karaoke Crazies se impone como un cine que nos interpela y que debería hacernos entender que no hay ningún acto –ni moral, ni sexual– que nos condene para siempre, ni a nosotros ni a los demás. Una película donde a pesar de unos pesares muy pero muy pesados, el deseo se transforma en vínculo sostenido que no juzga ni idealiza; que se anima, despacio, al amor.

 

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