Bafici 2016 – ¿Qué pasa, doctor?

Bafici 2016 - ¿Qué pasa, doctor? - c i n e m a r a m a¿Qué pasa, doctor? (What’s Up, Doc? – Estados Unidos – 1972)
Foco Peter Bogdanovich 

Dirección: Peter Bogdanovich
Guion: Buck Henry, David Newman, Robert Benton
Intérpretes: Barbra Streisand, Ryan O’Neal, 
Madeline Kahn, Kenneth Mars, Austin Pendleton

por Diego Maté

Y todos rieron. ¿Qué pasa, doctor? tal vez sea una de las películas  de Bogdanovich que mejor reinterprete el espíritu del clasicismo: veloz, inventiva, plena de ideas, funciona como un mecanismo calibradísimo que nunca llega a develar la mano del director. Como sus tan mentados Hawks, Ford o Lang (y en Bogdanovich el cineasta convive a la par del contador de anécdotas encantadoras e incomprobables), el director de Luna de papel sabe borrarse de la pantalla, desaparecer oportunamente de las imágenes y el relato para que la aventura se apropie de la escena. Uno puede buscar en ¿Qué pasa, doctor? marcas estilísticas, rasgos reconocibles, obsesiones; incluso puede encontrarlas, pero el ritmo frenético, la velocidad con la que la comedia pega los gags uno tras otro y el clima de algarabía general conspiran contra esa lectura autoral. Se habla mucho de los maestros clásicos, de sus intereses, de sus motivos recurrentes (la tensión entre el adentro y el afuera de la comunidad en Ford; la amistad masculina en Hawks; la amenaza de la ley en Lang), pero se olvida demasiado seguido que se trataba de artesanos al servicio de una industria que traficaban como podían una estética personal. No hay uno sino varios Bogdanovich, y algunos son más clásicos que otros: mientras que en La última película y Luna de papel se inscriben claramente las huellas del estilo, en las menos recordadas Noises Off, Nickelodeon o ¿Qué pasa, doctor? esa marca personal cede ante las demandas de una forma más clásica. En la última, la comedia de enredos es leída en fase con la screwball comedy (desde el momento fundante de La adorable revoltosa) y, sobre todo, en diálogo permanente con el cartoon (ya desde el título): la película dispone una interminable cantidad de chistes que reelaboran la fisicidad de los dibujos animados, en especial en el tramo final, donde una persecución se transforma en una evocación de Los autos locos y del cartoon tradicional (ver el gag del espejo) y hace acordar a las películas de Frank Tashlin. Bogdanovich rehuye de cualquier clase de realismo al uso y trabaja un registro farsesco que convoca las maneras de la comedia del período clásico. Bajo sus órdenes, el cine vuelve a ser un arte del artificio, del timing, de la articulación precisa de movimientos y reacciones, de gestos y palabras. Un arte popular, además: el slapstick y el humor bonachón acaban por democratizar la risa; el juego del final con la frase de Love Story y la presencia de Ryan O’Neal, lejos del guiño cinéfilo o de la apelación al conocedor, opera sobre una de las películas más vistas del momento. La fórmula para ese cine vital, inteligente y celebratorio, sin rastro de psicología, retrato social o segundas intenciones seguramente se haya perdido.

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