Dossier Garrel – La naissance de l’amour

Dossier Garrel - La naissance de l'amour - c i n e m a r a m aLa naissance de l’amour (Francia – 1993)

Dirección: Philippe Garrel
Guion: Muriel Cerf, Marc Cholodenko, Philippe Garrel
Intérpretes: Lou Castel, Jean-Pierre Léaud, Johanna ter Steege, Dominique Reymond

por Ignacio Verguilla

Vals nocturno. París en blanco y negro, Jean-Pierre Léaud y unas brillantes luces en el fondo; Lou Castel y una mirada extraviada en el silencio que la cámara de Raoul Coutard escruta con espíritu sesentista; la música de John Cale tirando las notas justas entre las grietas de sentido que desgajan las palabras. No cabe duda de que si una película de Garrel tenía que interpelar a la Nouvelle Vague, El nacimiento del amor bien podría adjudicarse esa potestad. Paul (Castel) y Marcus (Léaud) transitan la inevitable estancia del desencanto, no tanto con el mundo sino más bien con sus destinos un poco errantes. Tironeados por la eterna duda sin respuesta en torno al amor, la fidelidad y el sentido de pertenencia, ambos caminan, huyen, manejan para aquietar inútilmente unas manos que aferran un fuego que no abrasa. Pero ¿hacia dónde corren para salvar al alma del horror de la fijeza?

Una mañana, al despertar junto a su amante, Paul –su cuerpo de oso en estado de fragilidad emocional– se deja caer en un agujero entre varios arbustos, como si ese gesto lo llevara a escindirse, o a renacer mil veces para vivir todas las vidas posibles cuando emerge de lo negro para volver, herido, a sus días de rutina. En el otro extremo de la vida lo esperan su esposa, un hijo adolescente y un bebé recién nacido. A todos los amo, todos son mi familia, les dirá a sus mujeres desde los márgenes de una voz que se intuye volátilmente sincera.

La cámara se asoma sobre los hombros dolidos de los hombres y mujeres –todos tienen una historia marcada por el (des)amor–, una lágrima cae y no se sabrá nunca si es por felicidad o por lo fugaz de ese instante, las manos enormes de Paul sostienen a su hija con ternura y una frágil extrañeza: Garrel construye sus imágenes cerrándolas sobre sus personajes, abismando el misterio a través de esa plástica tan personal del primer plano y de los cuerpos fragmentados que hace del tiempo sobre ellos una materia sólida. En esa cerrazón siempre ajena a la narrativa más lineal, los planos abiertos expresan una necesidad, un aire imprescindible en unión a ese humanismo seco con el que entramos a las escenas, en las que el valor de lo ya ocurrido –que el espectador construye en ausencia– va marcando el tono de aquello que se ve. Son pocos los planos conjuntos en esta película de amores truncos, de encuentros y despedidas, pero por sobre todo de soledades insulares y de contactos que remedan otros ya perdidos.

El contrapunto entre una Paris noctámbula y esas historias que la habitan impregna la película de una melancolía particular, que se trasladará luego a una Roma irreconocible –y que bien podría ser cualquier ciudad– a la que llegan Paul y Marcus con sus incógnitas a cuestas. Los amigos conversan, caminan, salpican el viaje de preguntas que no llevan a ningún lado, vagan sin rumbo por la superficie de una pantalla que los contiene como último sostén frente al vacío.

En sus astillas de impureza, en su laconismo plenamente sentimental y en sus puños cargados de silencios, El nacimiento del amor es una de las películas más intensas de la siempre fulgurante  obra de Garrel.

La naissance de l'amour

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