Sobre Theeb

Sobre Theeb - c i n e m a r a m a por Diego Maté

Unas frases que se leen al comienzo prometen solemnidad y alguna que otra enseñanza de tufillo exotista, pero la cosa resulta ser bien distinta. Proyectada en la última edición del Bafici y nominada al Oscar a Mejor película de habla no inglesa, Theeb demuestra un interés notable por la vida física de sus personajes: la precaria existencia del beduino aparece representada a través de los materiales que la rodean, como el cuero de los bolsos, la lana de las cantimploras, la tela de las túnicas o los cuencos en los que beben los camellos. Salvo por un juego de dados y una cena fugaz, las costumbres son dejadas de lado, como si la película escapara del retrato antropológico. En el paisaje tal vez sea donde más se asienta la influencia del western: las grandes masas de roca irregular hacen acordar al Monument Valley de John Ford; el tiroteo en la montaña, con sus accidentes y sus trampas que espejan la turbulencia interior de los personajes, evoca el final de algunas películas de Anthony Mann, en especial de Winchester 73. La geografía es menos un detalle ilustrativo que un palimpsesto en el que pueden leerse las huellas de la historia del cine. Algo parecido ocurre con el reparto: en todos lados puede leerse que el director pasó casi un año en el desierto para conocer la realidad de los beduinos, y que la mayor parte de los personajes son interpretados por no actores. Pero más allá de ese dato, lo cierto es que la película integra a la perfección el trabajo interpretativo con las coordenadas del western y el cine narrativo neutralizando cualquier efecto documental: los rostros se funden con el entorno, las fisonomías están al servicio del drama. El joven Jacir Eid Al-Hwietat hace a un chico atento, curioso, a veces maleducado y también molesto: su Theeb se siente vivo, sin los tics con los que mucho cine suele encorsetar a los niños, por lo general encargados de vehiculizar alguna moraleja o mensaje edificador. Por el contrario, Theeb no se rige por un código moral (como el que anuncia el texto algo pomposo del principio), sino por una economía de la aventura que incluye las penurias del viaje, el contacto con la naturaleza, los tiroteos y el deseo de sobrevivir ante todo. El conflicto del protagonista consiste en aprender a leer correctamente los signos de un mundo que le es desconocido. Cuando la película le envía de manera casi providencial al asesino de su hermano como compañero de travesía, el guion tiene sus momentos más brillantes: la relación entre el chico perdido y el bandido crece rápidamente, uno ayuda como puede al otro, cada gesto de fraternidad implica poner en riesgo la propia vida. Ambientada en la Primera Guerra Mundial y con el insistente tema de fondo del ferrocarril, uno espera que Theeb se explaye sobre las relaciones entre los líderes tribales y el imperio británico, que aparezca la tan obvia como correcta proclama anticolonialista o, en su defecto, algún manifiesto pacifista edulcorado, pero la película sorprende una y otra vez evitando esos escollos y organizando su historia de acuerdo con los rigores materiales del desierto.

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