Carol

Carol - c i n e m a r a m aAño: 2015
Origen:
  Estados Unidos, Gran Bretaña
Dirección
: Todd Haynes
Guion: Phyllis Nagy
Intérpretes: Cate Blanchett, Rooney Mara, Kyle Chandler, Jake Lacy, Sarah Paulson
Música: Carter Burwell
Fotografía: Edward Lachman
Edición: Affonso Goncalves
Duración: 118 minutos

por Soledad Castro Lazaroff

Entre la vorágine irracional de ver las películas que compiten para las distintas categorías del Óscar, el otro día mi novio y yo nos encontramos de pronto frente a la pantalla para ver Carol, de Todd Haynes. Casi dos horas después salí con la ambigua sensación de haber asistido a una experiencia extraña, difícil de interpretar. No fue una película que me causara una emoción directa y absoluta: no me hizo llorar, cosa rara en una buena película de amor. Tampoco salí con una idea clara sobre si me había gustado o no; más bien me llevé a casa un montón de preguntas y ganas de verla por segunda vez.

En el segundo visionado pude disfrutar más a fondo de la construcción formal de la película, su gusto por los detalles, su extrema delicadeza. Es que entrar en el torbellino Hollywood te acostumbra a ver acciones grandes, movidas importantes, objetividad, manipulación, denuncia y evidencia. No hay nada de eso en Carol. La película invita a la serenidad: es como si te dijera bueno, querida, ahora para ver vas a tener que calmarte y mirar atentamente; vas a tener que pensar y saborear las imágenes porque si no, vas a quedar afuera de la comprensión profunda de este relato, y si no entendés, allá vos, me importa un pomo.

Y entonces, si uno logra acomodarse en el asiento y dejarse llevar por la belleza de la construcción de época, por los reflejos y los colores y las sugerencias de los encuadres, empieza a notar pequeños signos, claves casi invisibles de una intensidad contenida pero no por eso menos poderosa. Como que a Therese le gustan los trenes y no las muñecas. Como que es la única de toda la tienda que al llegar al mostrador no se ha puesto aún el gorrito navideño. Como que usa  colores oscuros y solo cuando se va con Carol guarda en la valija un suéter rojo. Como que Carol está descalza cuando llega su marido de improviso y a lo primero que atina es a ponerse los zapatos. Como el diálogo entre Carol y una amiga en una fiesta: “A mi marido no le gusta que fume”, dice la otra. “Bueno, a vos te gusta”, dice ella, con la naturalidad de una mujer que se piensa libre. Como el tierno, tiernísimo piyamita que usa Therese en la última escena de erotismo explícito que tiene la película.

Los personajes se vinculan y nos enamoran lentamente, despacito, atravesando las dificultades. A veces, como cuando uno sale con alguien, puede ver cómo el deseo se pone en evidencia claramente, rozando el ridículo; otras veces confía en estar interpretando correctamente una mirada, la manera en que el otro mueve el pelo, el modo seductor (o nervioso) en que acaricia los objetos que lo rodean. Carol y Therese no se imponen, no invaden al espectador, y el lesbianismo no aparece como motivo de estruendo o de angustia. Más bien se trata de entender el milagro de cuando dos se enamoran: cómo las aparentes diferencias insoslayables pueden esconder sensibilidades afines, o cuán profunda es la relación entre la sexualidad, la pasión y la libertad de una persona, incluso en desmedro de sentimientos tan absolutos como la maternidad. O incluso por qué la imposibilidad puede ser motivo de erotismo, y cómo se asume el impacto de entender qué es lo que a uno le gusta, por más extraño que sea. En ese sentido resulta increíble la escena de la fiesta final, donde Therese observa la manera de divertirse y disfrutar de sus compañeros de generación y la siente completamente ajena.

Otra gran atracción de la película es que piensa lo masculino y lo femenino como partes integrales del ser, como fuerzas en pugna dentro de todas las personalidades.  Yo diría que hay algo masculino en Carol, en la corporalidad, en la seguridad del gesto, pero si uno la mira objetivamente, Cate Blanchett desborda femineidad por todas partes, con ese pelo, el maquillaje, el vestuario, el garbo infinito. Por el contrario, Rooney Mara aparece más vulnerable y supuestamente femenina, pero la manera en que se deja llevar por su sentimiento desborda seguridad y determinación, a tal punto que cuando van en el auto, es Carol la que se siente interpelada y obligada a aclarar que no tiene miedo. Del mismo modo, hay algo del complemento masculino y femenino en términos corporales; resulta magistral la línea de Carol, una mujer de cuerpo grande y rasgos extraños, al desnudar a Therese, de complexión pequeña y rasgos suaves: “I never looked like that”.

Creo que es una película muy valiente. Es hermoso el relato de la diversión femenina, el universo de colores, texturas y perfumes que sugiere. La complicidad entre las mujeres tiene un toque de superficialidad e ingenuidad que esconde con humor y tibieza los dramas más pesados. Resulta raro, tranquilo y aliviador ver así representados los vínculos femeninos en la pantalla, y lo agradezco mucho. Resulta extraño pensar a Carol y a Therese como personajes de ficción, no sentir que están por ahí amándose ahora mismo. Se quedaron en mi pensamiento, abrazadas a la idea de una posible, genuina felicidad. Será que así como los amores duraderos, cuesta más dejarlas entrar, pero también es mucho más difícil dejarlas ir.

Carol - c i n e m a r a m a

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Una respuesta

  1. margarita

    Hola. Has captado a fondo la película de Haynes. Si lees el libro, lo podrás comprobar.
    Un saludo desde Cadiz

    abril 5, 2016 en 3:56 pm

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