Anomalisa

Anomalisa - c i n e m a r a m aAño: 2015
Origen:
Estados Unidos
Dirección
: Duke Johnson, Charlie Kaufman
Guion: Charlie Kaufman
Voces originales: Jennifer Jason Leigh, David Thewlis, Tom Noonan
Música: Carter Burwell
Edición: Garret Elkins
Duración: 90 minutos

por Soledad Castro Lazaroff

Desarmar el desamor. Lo primero que me llamó la atención de Anomalisa fue el realismo en la textura de la ropa de los muñecos, pero pensé que era el refinamiento de la técnica de animación 3D. Ya estaba avanzada la película cuando me di cuenta de que ese extraño naturalismo era inherente a cada cuadro y que la técnica utilizada era la del stop-motion, que consiste en sacar una foto, mover los muñequitos (que están hechos en la realidad, que existen materialmente), sacar otra foto, mover los muñequitos, sacar otra más y mover otra vez y así hasta lograr veinticuatro cuadros por segundo para dar organicidad al movimiento.

Ese indicio de realidad queda en las imágenes y nutre la fantasía de un swing especial porque pone en evidencia el antiguo y honesto milagro de hacer que se mueva lo que no se mueve. Esa belleza inherente es capaz por sí sola de seducir al espectador. Pero en el caso de una película como Anomalisa, ¿era realmente necesaria? ¿Por qué no contar la historia con actores de carne y hueso?

Tal vez la clave consiste en que busca ilustrar, sobre todo, una subjetividad: hacernos sentir el mundo como lo vive su protagonista. Lo que vemos (y sobre todo lo que escuchamos) es lo que percibe ese hombre solitario, ojeroso y perdido que se encuentra en una etapa miserable de su vida. No se trata de construir una mirada objetiva sobre el mundo, de mirar desde afuera, sino de ponernos en un lugar determinado y forzarnos a vivir la experiencia del personaje.  El cine encuentra muchas maneras de lograr ese objetivo; aquí Kaufman propone con verdadera maestría el uso de la animación para deformar el mundo a su entero placer, para hacernos ver y escuchar desde adentro la paranoia y la neurosis de un modo tal vez no tan original pero sí muy efectivo.

Trabajar con muñecos le permite construir dos universos simbólicos fundamentales. Por un lado la fisonomía particular en el rostro de los personajes: tienen la cara cortada y cubierta por una máscara que sugiere debajo cierto automatismo robótico. Solo los ojos zafan: es como si la boca, en lugar de hablar sola, fuera hablada por algo externo, previo al deseo del propio personaje. El lenguaje aparece entonces como una mentira continua, puesta en escena forzada de la vida que se manifiesta en los usos sociales, en las costumbres, en los gestos y las maneras de actuar. La apuesta de cámara se centra en el cuerpo de los muñecos y llama la atención sobre los detalles: estamos obligados a mirar las manos, el torso, el pelo, la cintura, los ojos. Cada pequeño movimiento espacial del cuerpo se vuelve objeto de atención, incluso delicadezas que en un actor humano pasarían completamente desapercibidas. Ese código del cuerpo “hablado” y “movido” se vuelve intrínseco a la historia e interactúa con el guion de un modo muy consciente, sostenido hasta el último plano. Ahí entra el otro universo fundamental para la construcción del pacto de verosimilitud en cuanto a esa percepción particular del mundo: el sonido. Las voces de todos los personajes secundarios suenan, literalmente, iguales (la interpretación es del genial Tom Noonan). Y no es solo eso, son los diálogos: suenan a teatro, a cosa previa, pero ese carácter, en lugar de esconderse, se pone sobre la mesa para funcionar como parte sistemática de la atmósfera opresiva y absurda.

En la monotonía del sin sentido solo la voz de Lisa suena diferente. Hay un verdadero hallazgo estético en la manera en que se combinan los elementos para hacer que algo a priori tan cursi se vuelva vehículo de una emoción genuina, devastadora. Otra de las claves es la falta de estándares morales o estéticos que corten la magia a la hora de imaginar la vida cotidiana: los amantes son feos, gorditos, torpes, veteranos. Tienen cicatrices, son tímidos, tienen miedo. Están rotos, tienen máscaras. Son mediocres. Me resulta difícil imaginar una escena de sexo tan profunda y mágica como la que propone la película –tan parecida a la vida– porque lo evidente, lo explícito, es metáfora al mismo tiempo. Recuerdo haber visto algunas obras de títeres para adultos que también lo lograban: extremar el artificio para develar un realismo nuevo, hondo, arrasador.

En el póster del cine decía como bajada de venta “la película más humana del año” y tal vez sea cierto, si tomamos en cuenta el ejercicio de poner en problemas al lenguaje y probar sus aristas para hacernos preguntas incómodas sobre el desamor, la alienación y la angustia. Como si fuera un gran tema de Radiohead, Anomalisa nos fuerza a pensar de dónde nace la incapacidad de sentir o comunicar; en qué momento se pierde la posibilidad de salir de uno mismo y de escuchar a los demás. Por qué nos dejamos ser actuados, hablados y movidos hasta sentirnos visitantes absurdos de nuestra propia vida; por qué a veces solo en lo imposible, en lo que prevemos como insatisfactorio y efímero, nos damos el permiso de ser cuerpo, plenitud, presente, objetos y sujetos de deseo. Es muy triste. No sé.

Anomalisa - c i n e m a r a m a

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