Adiós a Jacques Rivette

Adiós a Jacques Rivette - c i n e m a r a m apor Aníbal Perotti

Jacques Rivette fue uno de los críticos más influyentes de los primeros Cahiers du Cinéma y el líder indiscutible de aquella mítica redacción de futuros cineastas. El más misterioso autor de la Nouvelle Vague, con una obra vasta, frágil y muy poco (re)conocida. Un sismógrafo de las mutaciones de la sociedad, creador de grandes películas en sintonía con su tiempo como L’Amourfou, Out 1, Céline et Julievont en bateauo Le Pont du Nord. Desde La religiosa hasta Ne touchez pas la hache, su trabajo establece una relación particularmente fecunda con la literatura. L’Amour par terre, La Bande des quatre o Va savoir están entre las mejores variaciones alrededor del teatro que puede ofrecer el cine. Un cine impuro que mezcla literatura, teatro, pintura y filosofía. Rivette logra un notable equilibrio entre su gusto por el azar y la improvisación, y la impresionante coherencia de sus películas. Su trayectoria es un camino lúdico y audaz con el deseo de libertad como legado. La tristeza se conjura volviendo sobre sus películas que, como diría Serge Daney, nos miran más que nosotros a ellas.

 

36 vues du pic Saint Loup (Francia – 2009 – 84’)

Dirección: Jacques Rivette
Guion: Jacques Rivette, Pascal Bonitzer, Christine Laurent, Sergio Castellitto, Shirel Amitay
Intérpretes: Jane Birkin, Sergio Castellitto, André Marcon, Jacques Bonnaffé

Desde L’amour fou (1968) hasta Va savoir (2001), Rivette siempre estuvo fascinado por el teatro como fuente de reflexión sobre la vida. En 36 vues du pic Saint Loup ocurre lo mismo con el circo. Por lo general, cuando un director integra a su película una obra exterior (ya sea teatral, circense o musical), lo hace de manera que el espectador no deba plantearse la cuestión de su propio gusto. Aquí ocurre lo contrario, Rivette nos impulsa desde el comienzo a ejercer nuestro juicio mientras presenciamos una larga rutina cómica. Solo en el final del número vemos a un espectador entusiasta que se ríe, aplaude y casi llora. Ese gusto irreprimible y ruidosamente manifiesto otorga alivio y sorpresa en igual medida. Con esta idea elemental (y genial) comienza la película. Una película donde el artificio más elaborado convive con la sencillez más frontal. Cada nuevo plano, por más artificial y primitivo que sea, provoca un salto hacia adelante en el relato. Así, un primer plano nocturno de Jane Birkin cierra el primer día, o advertimos que el tiempo ha pasado y el circo cambió de ciudad por una simple mesa de café puesta delante de una lona al aire libre. El espacio y el tiempo se construyen plano a plano. Los números de circo se integran al resto de la película recuperando el valor fundamental del montaje. Pero la atractiva sencillez del relato es tan placentera que enseguida nos olvidamos de las cuestiones formales. Este cuento de hadas, con el hechicero moderno y la princesa encantada por el fantasma de su pasado, es un acto de resistencia. El director elabora una sabia reducción de toda su obra, dejando solo un núcleo mínimo y concentrado. El arte de Rivette se muestra al desnudo y nos conmueve con una pequeña cortina, dos o tres clavos y algunas narices rojas.  Anibal Perotti

Publicado en Cinemarama el 10/04/10

Adiós a Jacques Rivette - c i n e m a r a m a

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