Adiós a David Bowie

Adiós a David Bowie - c i n e m a r a m a

por Patricio Durán

“Look up here, I´m in heaven/I’ve got scars than can’t be seen” (Mirá aquí arriba, estoy en el cielo/Tengo cicatrices que no pueden verse) cantaba Bowie en su nueva canción “Lazarus”, estrenada hace apenas unos días junto con un video en el que se lo veía en una cama de hospital. Más adelante la canción sigue: “This way or no way/You know, I’ll be free” (De esta manera o de ninguna manera/sabés, seré libre). Liberarse, esa metáfora de la muerte, tan hermosa y triste, cuando uno termina de luchar contra una enfermedad terminal resulta muy apropiada. Pero habría que detenerse en el “de esta manera o de ninguna manera”. David Bowie grabó Blackstar mientras se estaba muriendo de cáncer, fue la forma que eligió para despedirse de todos nosotros. Y lo conmovedor es que sentía que no tenía otra alternativa, su vida fue arte, su muerte tenía que serlo, no había otra manera.

Pero resulta injusto resaltar la muerte de alguien que tuvo tantas vidas. Es cierto, la noticia de hoy es que falleció Bowie, pero la noticia de los sesenta y nueve años anteriores es que vivió. Fue el Mayor Tom en su primer disco (sin contar aquel extraño álbum folk de 1967) y dio vida a la inmortal “Space Oddity” en 1969. En 1971, cuando apareció Hunky Dory, ya era un cantautor consagrado y entregó joyas como “Changes”, “Quicksand” y “Life on Mars?”, una de sus canciones más hermosas. Los atisbos de glam de este disco terminaron de aparecer en The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Bowie, en la piel de Ziggy, toma el género y sencillamente logra el disco definitivo del glam rock. Explotó esta faceta con los no menos brillantes Aladdin Sane y Diamond Dogs hasta que fue suficiente y decidió, una vez más, cambiar el rumbo. Llegó Low en 1977, el comienzo de la trilogía de Berlín, los discos que grabó junto a Brian Eno mientras vivía en la capital alemana (aunque en realidad no haya sido rigurosamente así). Otra vez Bowie reinventó el futuro y nos dejó canciones inolvidables como “Sound and Vision”, “Be My Wife” o “Warszawa”. Siguieron como parte de esta trilogía Heroes y Lodger. Después llegaron los 80 y los altibajos. Scary Monsters (And Super Creeps) continuaba el sonido de sus discos previos. El siguiente disco, Let’s Dance, trajo un sonido más comercial y los hits, el homónimo “Let’s Dance” y “Modern Love”, dos de sus éxitos más grandes. Siguiendo por este camino aparecieron los poco inspirados Tonight y Never Let Me Down, aunque podamos rescatar la gran canción que es “Loving the Alien”. La gran noticia de esos años fue la película Laberinto, en la que Bowie quedó en el imaginario de toda una generación como el malvado pero querible Jareth, Rey de los Goblins, que dejó las canciones “Magic Dance” y “As the World Falls Down”, con la inolvidable escena de Jareth y Sarah en el baile de máscaras. En la década del noventa siguieron los altibajos, el cuestionado disco Black Tie White Noise, los experimentos 1.Outside y Earthling y el regreso a las fuentes (en cierta forma) con Hours…. Este siglo lo vio menos activo, pero todavía haciendo buenos discos: Heathen, Reality, The Next Day y el reciente Blackstar.

Todo este recorrido no hace justicia a la brillante carrera de David Bowie, porque nadie es igual después de haberlo escuchado, porque si los Beatles no existieran, él debería ocupar ese lugar. El mundo es mejor gracias a que existe David Bowie y ahora va a vivir para siempre, no hay otra manera.

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