Sentimientos que curan (Infinitely Polar Bear)

Sentimientos que curan (Infinitely Polar Bear) - c i n e m a r a m aAño: 2014
Origen:
  Estados Unidos
Dirección
: Maya Forbes
Guion: Maya Forbes
Intérpretes: Mark Ruffalo, Zoe Saldana, Imogene Wolodarsky, Ashley Aufderheide
Música: Theodore Shapiro
Fotografía: Bobby Bukowski
Edición: Michael Miller
Duración: 88 minutos

por Soledad Castro Lazaroff

Acusar a esta película de inconsistencia narrativa me parece un error grave. Una directora decide contar la historia de su infancia y su familia y, para eso, en lugar de forzar las vivencias a los estándares de un guion dramático, respeta y honra las reglas de la memoria: la selección afectiva de ciertas experiencias, la adopción de un punto de vista concreto y subjetivo, la confusión de carácter emocional frente a las marcas de origen: esos sucesos del pasado que solemos leer y releer cada vez, cientos de veces, desde distintos presentes. Infinitely Polar Bear (me rehúso a referirme al espantoso Sentimientos que curan local) es eso: una especie de diario de infancia donde alguien pone en escena sus recuerdos, con el riesgo enorme que eso conlleva. Maya Forbes  logra en su opera prima hacer dramaturgia con su autenticidad y aprovechar esa fuerza de verdad para conformar un universo de personajes consistentes, de una hondura emocional muy tangible, que alcanzan la potencia de una universalidad conmovedora trabajando a fondo con lo particular, con lo pequeño.

La historia no es original: un padre maníaco depresivo de clase alta, expulsado de su familia y de su ambiente gracias a su condición; una madre negra y luchadora de clase baja; dos niñas que se crían en condiciones muy difíciles, afectivas y económicas. Pero lo interesante es que acá, como en el cine de John Cassavettes (particularmente Una mujer bajo la influencia me vino varias veces a la mente mientras miraba la película), las acciones de los personajes nunca parecen tener un signo claro: lo que es amor también es daño, lo que es ternura también es desesperación, lo que construye también destruye, todo al mismo tiempo. En ese vaivén de sensaciones la película se desborda y nosotros con ella. Hay algo que se vuelve irritante, intolerable: la falta de estabilidad, la falta de referencias claras, la imposibilidad de sostener las decisiones. Pero claro, son esas cosas las que caracterizan al personaje principal y a la crianza de las nenitas. La película cumple así con el concepto de presentificar, de mostrar, que tal vez el cine logre con mayor maestría que ningún otro arte: no decir, no contar, sino más bien hacer sentir, hacer pasar por la experiencia. La fotografía, el montaje y la dirección de arte colaboran mucho con esa sensación caótica, sobre todo para reforzar el punto de vista de las niñas, que se pone en juego a menudo en las posiciones de cámara.

La dirección de actores es magistral: Mark Ruffalo y Zoe Saldaña logran desaparecer para convertirse en esta pareja disfuncional, llena de frustraciones y de amor. Hay mucha delicadeza en las actuaciones: las miradas, los gestos, cierta ambigüedad natural en cada uno de los encuentros. Porque las nenitas se quedan con su papá mientras la mamá se va a estudiar a la Universidad, a ver si puede brindarles una mejor educación. La lectura política también es posible en esta película, y hay ciertos momentos de sátira de clase bien construidos, sin por eso dejar una imagen de que la locura es una salida posible para el sistema. El loco no es divertido: es doloroso. Pero también es un papá y un tipo que intenta y ama en un ambiente profundamente hostil.

Hacia el final de la película hay dos momentos que me parecieron particularmente hermosos: cuando la pareja, cansada ya, como nosotros, de tanta demencia y frustración, se abraza y llora, desencajada, fea, agotada, pero junta. Juntos ahí, los dos, hechos pedazos, tratando de meter para adelante. La cámara se aleja, con cierto pudor frente a tanta intimidad, y de inmediato se pone detrás de una de las hijitas, colocándonos una última vez en ese lugar, en esa ambigüedad emocional tan difícil que genera una crianza que, a pesar de todas las dificultades, está atravesada por un cariño genuino. Porque el aprendizaje es que no se puede odiar del todo, pero amar tampoco. Y luego, en el final, cuando las hermanas intentan dejar al padre para irse con unas amigas (es una situación terrible, porque el padre no tiene amigos adultos y no tiene nada más que hacer que estar con ellas; cada separación es como abandonarlo), la niña mayor avanza hacia su vida pero llora, desconsolada. Y mira para atrás, y vuelve, y vuelve a irse. “No puedo evitarlo”, dice. Y así es, ¿no? Las niñas y sus padres, la dependencia, la locura que heredamos y nos condiciona, tal vez hasta el punto de tener que hacer películas para sacarnos la culpa de encima.

Sentimientos que curan (Infinitely Polar Bear) - c i n e m a r a m a

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