Mar del Plata 2015 – Tag

Mar del Plata 2015 - Tag - c i n e m a r a m aTag (Riaru onigokko – Japón – 2015)
Panorama

Dirección: Sion Sono
Guion: Yusuke Yamada, Sion Sono
Intérpretes: Reina Triendl, Mariko Shinoda, Erina Mano

por David Obarrio

¿Cómo se interpreta una película ejecutada bajo la “marca Sono”? ¿Hay algo para interpretar acaso; una consecuencia lógica al final de esos derroteros un poco desquiciados de miedo, aislamiento, incomprensión, misterio e inadecuación radical que parecen constituir el quid de buena parte de su filmografía? Como otras veces, llevado a cabo con especial destreza en su película Suicide Club, el comienzo de este Sono que nos ocupa es espectacular. Un ómnibus escolar repleto de chicas adolescentes corre por una ruta que atraviesa un paisaje de indudable naturaleza otoñal. El clima dentro del vehículo es de jarana; las alumnas secretean, se pasan de un asiento a otro, se ríen con una especie de vitalidad insultante que contrasta con la belleza mustia que se aprecia ventanas afuera y con el dramatismo etéreo de la música que corona el conjunto con una nota ligeramente irónica: en cualquier momento el espectador espera ver una víctima solitaria, ensimismada en su asiento, a la que el resto de las chicas observe con un desdén cruelmente estudiado. La película no entrega eso, pero sí una chica sola que escribe en su cuaderno, ajena al ambiente que se desarrolla a su alrededor. Se trata de una heroína de Sono, o algo parecido a lo que podría ser una heroína en el particular universo de este director tan poco inclinado a la soluciones fáciles. Cuando a la chica se le cae la lapicera y se agacha para recogerla, una vuelta abrupta al plano general desde la altura muestra el follaje de los árboles que se agita de manera uniforme a ambos lados de la carretera e, inmediatamente, el ómnibus que parece ser destrozado en forma horizontal, como si una sierra invisible lo cortara limpiamente de una punta a la otra. En el siguiente plano la chica levanta la cabeza con su lapicera en la mano y ve a sus compañeras descabezadas, los torsos lanzando chorros de sangre en todas direcciones. El esmerado efecto de truculencia de escenas parecidas a esta –como la multitud de chicas agarradas de las manos que se tiran abajo del subte en Suicide Club– convoca de inmediato el asombro y, por qué no decirlo, probablemente también una forma de humor oscura que surge como el resultado de extremar el recurso de modo milimétrico; por ejemplo, hacer oír el sonido de los huesos bajo las ruedas de los vagones, o mostrar las conexiones de los nervios cortados que se agitan al aire. Si algo parece estar claro en las películas de Sono es no solo la vocación por la sorpresa como parte constitutiva del relato sino, sobre todo, la enjundia con la que se ejerce una cierta voluntad de mezclar elementos heterogéneos, como si el cine no pudiera ya ser otra cosa que una acumulación de golpes de efecto más o menos afortunados, la alternancia constante de tono, raptos de comedia en un medio sórdido o comedias en las que irrumpe un lirismo melodramático o una estridencia gore. De todos modos, el japonés lo ha hecho de nuevo: la cursilería que representa la aparición recurrente de una pluma que cae en ralenti no impugna la energía salvaje que campea a lo largo de la película. No importa si hay que interpretar algo o solo recibir el impulso con el que cada plano parece comunicar un desasosiego profundo, destinado a embargarnos ferozmente. Tag tiene la consistencia de una película de terror circular que se desliza desde los cuerpos destrozados a la psique de la protagonista, casi sin solución de continuidad. Un hermoso plano con las chicas corriendo felices en cámara lenta exhibe la melancolía propia de los estados cuya duración en el tiempo está condenada de antemano: Sono sabe que eso no puede prolongarse, como lo sabe el espectador, que asiste aterrado y divertido al modo en que la protagonista es impelida a “despertar” una y otra vez a una suerte de nueva realidad y con la obligación de empezar siempre de cero, acechada por una renovada dimensión de pánico. Con sus modales desmelenados y su eficaz brutalidad para el cambio de ritmo, Sono ha filmado una película sorprendente en la que la angustia adolescente adquiere la forma de una fábula de horror.

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