Dossier Assayas – Las horas del verano

Dossier Assayas - Las horas del verano - c i n e m a r a m aLas horas del verano (L’ Heure d’été – Francia – 2008)

Dirección: Olivier Assayas
Guion: Olivier Assayas
Intérpretes: Charles Berling, Juliette Binoche, Jérémie Renier, Edith Scob, Dominique Reymond.

por Aníbal Perotti

En busca del tiempo perdido. El escenario es una casa suntuosa en la campiña francesa donde Hélène Berthier, que dedicó su vida a preservar la obra de su tío, el pintor Paul Berthier, celebra los setenta y cinco años junto a sus tres hijos y varios nietos. Hélène habla de muerte y de herencia. En un sobrecogedor encuadre a contraluz, se abandona a una melancolía triste de un modo sobrio y púdico, e imagina su descendencia desperdigada por los cuatro rincones del planeta. La película ausculta las relaciones entre los tres hermanos confrontados con la muerte de su madre. Las horas del verano posee una intensa complejidad en varios niveles de lectura y al mismo tiempo un sabor fresco, simple e inmediato.

Adrienne y Jérèmie no tienen un sentimiento de arraigo, y por lo tanto no sienten como propio el legado de su madre. Son personajes itinerantes que representan una de las constantes temáticas de Assayas. Pero, contra lo que podíamos esperar, la película adopta el punto de vista de Frederic. El tercero en discordia es un profesor que mantiene un vínculo con el origen porque la enseñanza y la transmisión forman parte del orden de su mundo, aunque a pesar de ello, acepta que sus dos hermanos decidan vender la casa y las obras de arte. Prefiere preservar la relación pacífica con ellos como único camino para no perderlo todo. La escena en la que surge esta decisión es profundamente perturbadora: los dos hermanos le dicen al tercero que desean vender la casa pero no se molestan en hablar, miran para otro lado y dejan que Frederic articule las palabras.

A través de los desacuerdos por la sucesión se dibuja la cuestión de las raíces, de la historia, e incluso de la identidad de una familia cuya apuesta no parece apuntar a repartir la herencia, sino a desembarazarse de ella. El director no juzga a sus personajes ni en su deseo de aferrarse al pasado ni en su necesidad de dar vuelta la página, ni siquiera cuando estas cuestiones los enfrentan entre sí. Es que en realidad este conflicto implica solo una pequeña tensión que desaparece bastante rápido. El duelo los sumerge en una gran cantidad de problemas prácticos, lo vivo se recompone a una velocidad casi obscena, y el sufrimiento abre su camino por otras vías y rehace su superficie ahí donde los personajes no lo esperan.

Assayas es guionista de sus propias películas, pero como rechaza las estructuras cerradas, les concede una gran libertad a sus actores, que generalmente deciden entonaciones, posturas y desplazamientos. En este sentido, que el personaje que interpreta Juliette Binoche viva en Estados Unidos, hable en inglés y esté teñida de rubio parece una reflexión sobre la propia actriz. La película explora también las relaciones entre el arte y la cultura, la creación como pasaje peligroso de la esfera íntima a los bienes del dominio público: las obras de arte de singular valor emotivo que pierden su significación una vez introducidas en un nuevo contexto, como el escritorio de la madre que termina formando parte de un escenario del museo. Lo mismo le ocurre a la figura más cercana a la madre, la criada Eloïse, que pierde su sentido de pertenencia a la casa deshabitada, y la vemos, en un magnífico plano secuencia que parece adoptar el punto de vista del fantasma de Hélène, dar vueltas como en un laberinto sin poder volver a entrar.

El acontecimiento más importante que se produjo en el cine en las últimas décadas es la facilidad con la cual circulan las películas, el modo en el que las culturas dialogan entre sí. De manera más general, podemos observar que se levantaron muchas barreras para la circulación de bienes. Por otro lado, el principal acontecimiento histórico de nuestro presente es la explosión económica de China y de India, que pone patas arriba gran parte de los tejidos económicos y sociales del mundo entero. La película toma estos fenómenos ahí donde tienen un efecto casi inconsciente, a priori imperceptible, sobre la vida de cada uno. Es la característica central de un fenómeno histórico: resuena por todas partes y cambia la relación de cada uno con la cuestión de sus orígenes. Si las imágenes de Demonlover o de Boarding gate podían inquietarnos cuando nos mostraban, camufladas bajo el aspecto del policial o de la ciencia ficción, cómo las grandes corporaciones controlan de una u otra manera nuestras vidas, en Las horas del verano la sensación es más desoladora porque existe una cercanía, un reconocimiento mayor de lo que se está contando.

Las horas del verano no es una película puramente nostálgica que se queda con la sabiduría de la criada Eloïse. Assayas refleja las dificultades para hacer sentir como propio algo sobre lo que no manifestamos ninguna pertenencia, pero se destaca también en la captación enérgica de la vida y de su movimiento. Si la primera descendencia falla en su deber de transmisión, la segunda es portadora de esperanzas por su comprensión todavía no intelectualizada. Por eso lo que perdura es la imagen del magnífico epílogo donde, dentro de la casa de Elena a punto de ser vendida, la hija de Frederic organiza una fiesta de fin de semana. En el rodeo de una mirada o en la escalada a un pequeño muro, es perceptible el arraigamiento de esa joven con su pasado. Es el último momento en el que la casa y la madre vuelven a aparecer, porque es el último momento en el que hay vida, en el que los hijos toman el testimonio de sus padres y le dan sentido a la historia que hay dentro de esas cuatro paredes. Lo íntimo vira entonces a un sentimiento universal y hace de Las horas del verano una película luminosa en la que cada uno puede encontrar el eco de su propia experiencia familiar.

Esta crítica es una versión de otra publicada en Cinemarama el 31/01/09

Dossier Assayas - Las horas del verano - c i n e m a r a m a

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