Dossier Assayas – Demonlover

Dossier Assayas - Demonlover - c i n e m a r a m aDemonlover (Francia – 2002)

Dirección: Olivier Assayas
Guion: Olivier Assayas
Intérpretes: Connie Nielsen, Gina Gershon, Chloë Sevigny, Charles Berling

por Soledad Castro Lazaroff

Escribo este texto justo en los días en los que un virus parece haberse metido en Facebook haciendo que en los muros de muchísimas personas queden colgados videos pornográficos. Culos, pijas, conchas y tetas por todos lados: también en los muros de las madres que solo cuelgan fotos de sus pequeños; también en los de quienes nunca postean nada y parecen tener su página solo para observar. Parece que toca indiscriminadamente, y no puedo dejar de pensar en la dimensión simbólica de esas imágenes haciéndose ver, saliendo a la luz, haciendo lo que mejor saben hacer (además de servir para excitar a las personas): provocar, molestar, remover.

Vi Demonlover por primera vez en el tiempo de su estreno, en 2002, porque la Cinemateca Uruguaya trajo la película. En su momento era verdaderamente impactante y oscuro pensar en la industria de la pornografía online. Era algo relativamente nuevo y ponía en juego la fantasía de hasta dónde íbamos a llegar, cuánto iba a colarse lo prohibido en la vida cotidiana. Digamos que ni siquiera la película podía prever, incluso en su afán futurista más inquieto, la facilidad del acceso actual a materiales de todas las índoles, y la cotidianidad que supone hoy por hoy la pornografía para cualquier persona que ande por la calle. Pienso en mi sobrinita Inés, montevideana de seis años, caminando por el microcentro de Buenos Aires y no pudiendo dejar de preguntar por los “papelitos” con culos y tetas que veía en cada columna. “¿Qué es eso, tía? ¿Por qué está ahí? ¿Por qué hay tantos? Mirá, ¡allá también hay! ¿Los juntamos?”

Qué problema complejo la moral. En el último BAFICI asistí a la proyección de Un importante preestreno, la película de Calori sobre la censura cinematográfica argentina, y cómo durante muchísimos años se cortaban partes de las películas porque no se podían mostrar tetas ni culos ni ninguna alusión al sexo. Pienso en la dictadura franquista y lo que supuso en términos de represión sexual. Pienso en los inicios del cine, que nació pornográfico en aquellas salas llamadas Nickelodeons donde por un humilde nick los obreros de las fábricas podían ir a ver pantorrillas desnudas o muchachas en camisón jugando con almohadas a través de una cerradura. Bueno, y si tenían suerte, un poquito más adelante, verían a Mae West. Pero también pienso en la cosificación del cuerpo, en el imperativo del placer como incentivo del consumo y en el sexo como negocio, como ese enorme negocio con el que se mete la película de Assayas de un modo casi absurdo, confuso, con una historia de muy dudosa verosimilitud.

Investigando un poco encuentro que muchos críticos hablan de thriller. Bueno, la película bien podría serlo: un thriller empresarial como hay un millón más. Pero es más que eso, porque la información que se roba, el espionaje y los pactos entre compañías encierran la lucha por la dominación del mercado del anime pornográfico japonés en occidente, y un dominio web llamado Hell Fire Club donde se filma la tortura de mujeres en tiempo real. El film alterna entre imágenes muy de clase alta en ambientes de oficina, hoteles caros y aviones, todo azulado y frío y ultra high, con las cosas más trash y oscuras del mundo: anime donde hay minas penetradas en todos sus orificios por monstruos con miles de tentáculos, mujeres vestidas de la Mujer Maravilla conectadas a camas metálicas con enchufes y sofisticadísimos mecanismos de tortura, hombres latinos (¡los malos más rasos siempre son los latinos!) matándose y prendiéndose fuego entre ellos.

Diane, la protagonista de la película, comienza drogando a la ejecutiva de cuentas senior de Demonlover, la compañía a la que ambas pertenecen. Le roban la valija, la sacan del juego y ella toma su lugar. Nos enteramos de que en realidad es una espía para Megatronichs, otra corporación que está peleando para conseguir la mayor porción del mercado del anime porno en occidente. Contrato va, contrato viene, discusiones legales, amenazas, peleas. Pero toda esa cuestión de la intriga empresarial empieza a perder consistencia casi de inmediato y lo que importa es la vivencia casi fantástica de Diane, que no tiene familia ni anclaje ninguno a la realidad: es como un fantasma helado que nos conduce a través de todo ese universo donde lo virtual y lo real se mezclan, donde no se sabe quién es quién, donde la sensualidad es eso inquietante y misterioso que encierra lo sórdido, lo que parece pero no es. Lo fascinante de la película es cómo logra envolvernos hasta el punto de sentir miedo. No estrictamente miedo por lo que va a pasar, no un miedo clásico narrativo sino un miedo más universal, un miedo vinculado con un mundo donde nadie se pregunta ni a nadie le importa cuáles son los costos del negocio: si para sobresalir hay que torturar mujeres, qué más da. Lo que da miedo es la dimensión del trabajo que maneja la película, donde la posesión (y posición) económica de la vida de las personas es lo que se torna verdaderamente pornográfico.

Assayas es un capo filmando mujeres. Las conoce, les tiene el timing. Y qué mujeres: Connie Nielsen, Gina Gershon, Chloë Sevigny. Me impresiona mucho el ritmo de los travellings, de la cámara en mano, o la belleza de los claroscuros y la iluminación: cómo las espera, las deja mirar, mover el cuello, tocarse el pelo, prender un cigarrillo, recostar la cabeza en la ventana. Nunca apura las acciones: importan los músculos, los pequeños detalles, el deseo construido a partir de una observación particular, detenida, del cuerpo femenino. Hay una escena donde Chloë Sevigny, personaje entrenadísimo en dominar sus emociones, va a abrir una latita de cerveza, se mancha toda y grita ¡fuck! saliéndose por completo de sí misma. Es un segundo de película, pero a eso me refiero: ese salirse de tono con una sutileza absoluta, como si lo que se esconde no pudiera evitar emerger, tal vez como esos videos porno que andan inundando las redes sociales.

El tipo filma con un deseo enorme, y también tortura: tortura y observa. Y siente debilidad por una forma de la elegancia y la seducción vinculadas a la clase, a la serenidad, al misterio, la sobriedad, el rechazo y la crueldad. La calidez o la ternura no son posibles, no entran en su universo. Tal vez no sea casual que después de filmar esta película haya querido hacer Clean, que trata justamente de un proceso de sanación por el cual una mujer encuentra en ella una dimensión desconocida: la del compromiso, la de la existencia del otro como cable a tierra, como realidad posible. En Demonlover los otros son enemigos, objetos de deseo o posibles esclavos. La película se hace cargo y logra con ayuda de la estética llevar esta idea al extremo, poniendo al espectador en el incómodo lugar fascinado del que no puede resistirse a la belleza, incluso sabiendo que está relacionada con un trasfondo terrible de dolor y perversión. Si eso no es una metáfora perfecta del capitalismo, pega en el palo.

Dossier Assayas - Demonlover - c i n e m a r a m a

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