Dossier Assayas – Irma Vep

Dossier Assayas - Irma Vep - c i n e m a r a m aIrma Vep (Francia – 1996)

Dirección: Olivier Assayas
Guion: Olivier Assayas
Intérpretes: Maggie Cheung, Antoine Basler, Jean-Pierre Léaud, Maggie Boutefeu, Natalie Richard

por Diego Maté

La zona. El retrato del cine que hace Assayas se parece bastante poco al de otros directores: acá no hay ataques abiertos contra la industria y sus mandamases, mecenas maliciosos que se comportan como villanos despiadados, estrellas enloquecidas para siempre por la fama, manifestaciones en las que se declama el amor por el oficio, o un ánimo satírico desplegado sobre la crítica y el público. No, acá lo que hay justamente se parece a lo que solemos hallar en las películas del propio Assayas: bajo su mirada, la maquinaria del cine es un oficio ambiguo y dinámico que pone en movimiento a la gente, que la hace desplazarse apurada de un lugar a otro, que genera sin parar diálogos y encuentros y, también, romances y desavenencias. La película apela a un dispositivo metadiscursivo que no hace mella en la credibilidad de la historia: el relato adopta el punto de vista de Maggie Cheung (que se interpreta a sí misma), megaestrella del cine oriental que llega a Francia para filmar una nueva versión de Les Vampires, el legendario serial mudo de Louis Feuillade. Allí la protagonista descubre algo muy distinto a la pantagruélica maquinaria industrial de Hong-Kong: la productora a la que arriba, chiquita, de pasillos estrechos, señala enseguida el desfase que atraviesa el personaje. La película la empuja a medirse con una dimensión casi artesanal del cine: la confección de un traje, por ejemplo, puede demandar una gran cantidad de trabajo manual y desatar interminables conflictos entre la vestuarista y el director. No se percibe una jerarquía de los quehaceres fílmicos, como si Assayas dijera que no existen tareas o roles que merezcan más atención que los otros. Y, en todo caso, si existe algo parecido a la sátira en Irma Vep, está localizada en el personaje de René Vidal, el director auteur interpretado por Jean-Pierre Léaud, que exagera constantemente su pose de cineasta maldito con un proyecto inescrutable que únicamente él alcanzaría a comprender verdaderamente. Esa burla amable exhibe cierta humildad por parte de Assayas: si hay que reírse de alguien, que sea del director.

Fuera de eso, la filmación del Les Vampires reimaginado parece abrir un tiempo y un espacio singulares donde nada es seguro y donde todo puede ocurrir fugazmente o prolongarse durante días. Ese espacio, cual círculo que encierra a sus protagonistas en un adentro con reglas propias, se extiende durante el rodaje a las casas de algunos integrantes del equipo y a lugares como bares y restaurantes. De golpe la ciudad toda da la impresión de estar en disponibilidad para servir de campo de operaciones de una pequeñísima película de bajo presupuesto y sus participantes. Assayas ve el cine menos como un oficio que como un estado, una manera de fundar zonas que exceden el trabajo propiamente cinematográfico y en las que hay que convivir con los otros durante cierto tiempo, siguiendo ciertas normas, donde son posibles la libertad, la seducción y la violencia. El hacer cine es un torbellino frente al que nadie puede permanecer quieto o indiferente.

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