Dossier Asia Argento – El corazón es engañoso, por sobre todas las cosas

Dossier Asia Argento - El corazón es engañoso, por sobre todas las cosas - c i n e m a r a m aEl corazón es engañoso, por sobre todas las cosas (The Heart is Deceitful Above All Things – Gran Bretaña, Francia – 2004)

Dirección: Asia Argento
Guión: Asia Argento
Intérpretes: Asia Argento, Jimmy Benett, Peter Fonda, Ben Foster, Ornella Mutti, Kip Pardue

por David Obarrio

Un viaje hacia el fin de la noche. ¿Quién se puede olvidar de Asia Argento cuando se desempeñaba únicamente como actriz? ¿Quiénes, por ejemplo, de los que la vieron haciendo de impensada femme fatale en New Rose Hotel, de Abel Ferrara, donde Asia se deslizaba gatuna en un aciago minué nocturno entre las figuras perfectamente cadavéricas de Willem Dafoe y Christopher Walken, podrán olvidarla? Yo creo que nadie. Con El corazón es engañoso, por sobre todas las cosa la chica se muestra igual de temible y temeraria, tanto detrás como delante de la cámara (está de los dos lados, como en Scarlet Diva, su impresionante debut en la dirección). Este cuento terrible que nos ocupa ahora empieza así: luego de varios años bajo la tutela de una familia substituta, Jeremiah, el niño protagonista de la película, es devuelto a su madre biológica cuando esta alcanza su mayoría de edad. El chico tendrá unos siete años; Sarah, la madre interpretada por la propia Argento, unos veintipico. Sarah no las tiene todas consigo: permanentemente abandonada y abusada por sus novios, adicta a las drogas, sin trabajo ni dinero, brutal y desaprensiva con su vida y la de los otros, la mujer es la contracara de las madres de casi todo el cine existente, heroínas o no. La cosa entre los dos personajes no tiene un buen comienzo y solo le queda empeorar. La originalidad implacable de la película reside en presentar el amor de una madre por su hijo como algo parecido a un ejercicio de sadismo. La madre no puede vivir sin él; si se lo quitan se muere. Pero a la vez lo maltrata como si la naturaleza de un amor insensato se volviera un látigo, el efecto de un rayo vengador destinado a martirizar esa parte extirpada de sí misma. Efectivamente, ante los ojos del niño (y del espectador) la madre se aparece como un verdadero monstruo, una bestia salvaje de la que hay que huir como de la peste. Parte de la lucidez sublime de la directora, sin embargo, consiste en que Jeremiah vaya convirtiéndose de manera progresiva en aquello a lo que más teme. Con el correr del relato los dos se transforman, efectivamente, en seres antisociales, dos criaturas a las que prácticamente toda actividad vulgar y corriente se les vuelve ajena (como se ve en una escena en la que dos niños le apuntan a Jeremiah con armas de juguete desde la ventanilla trasera de un auto y él los observa con ojos bovinos, como si no alcanzara a descifrar su actitud, entre el desinterés y la incomprensión más absoluta). No conforme con eso, la directora parece cerrar en cada recodo del camino el vínculo temible que los une para declararlo, acaso, el único posible. En la misma dirección, Argento traza un curioso sistema de correspondencias entre madre e hijo. Jeremiah espía a Sarah por una puerta entornada y la vemos a ella dormir con el dedo en la boca y un muñeco de peluche al lado, como en un inesperado regreso a la infancia. La identificación entre los dos alcanza su cenit en una escena en la que ese chico que todavía no ha entrado en la adolescencia, vestido con la ropa interior de su madre, se entrega a los requerimientos sexuales del novio ocasional de la mujer (un irreconocible Marylin Manson). Pero, en una vuelta de tuerca genial, a quien vemos en el momento culminante de la escena es a la propia Asia personificando al chico. Se trata de una escena ríspida por la serie de asociaciones que dispara y que la directora sabe resolver con enorme inteligencia e incluso elegancia (aunque esta última palabra no se asocie fácilmente con el universo de la buena de Asia). De esta manera, la película consigue tanto sortear problemas legales como terminar de establecer, de un solo golpe, el carácter endogámico de la pareja tanto como la naturaleza insondable de su soledad. El chico crece y se curte entre golpizas, imprecaciones bíblicas y alaridos de punk rock. La película es también una historia de iniciación en la que lo único que queda para esas vidas desastradas es sufrir como animales y endurecerse, sobrevivir al dolor a pesar del mundo; adaptarse, volverse sombras ferozmente orgullosas que solo atinan a reptar en los intersticios de un entramado social incapaz de reconocerlas. Tensando el rosario de iniquidades que se descargan sobre el joven protagonista, así como extremando su sufrimiento y su indomable capacidad de supervivencia, la directora consigue una especie de saturación que obra sobre las situaciones a modo de anestésico y termina por alejar por completo a la película del universo de la denuncia social para acercarla, en cambio, al de la emoción violenta del cine. Sin darnos cuenta comprendemos que El corazón es engañoso, por sobre todas las cosas se disfruta temblando. Del mismo modo, del choque que resulta entre la sordidez del argumento y la potencia trepidante y pop de su forma cinematográfica es que surge la fuerza poética de la película así como su vitalidad y su extrañeza genuinas. Usando diferentes texturas de imagen, encuadres insólitos, ralentis, y hasta animación, la directora no se priva de nada a la hora de darle fuerza cinemática a su relato. Los resultados son extraordinarios. A esta altura ya se ve claro que Argento es una cineasta de raza llamada a perdurar; su ética, que está del lado del cine, consiste menos en señalar de modo sumario los males actuales del mundo (de eso se ocupa la televisión) que en producir imágenes cargadas de misterio e incomodidad. La directora más sexy del universo se guarda un as en la manga, sin embargo. Su descripción despiadada de toda una red de organismos como la iglesia, la policía, la asistencia social, la salud pública, etc, que jalonan el calvario de los protagonistas, le otorga a la película un espesor de otro orden que aquel destinado meramente a producir una serie de imágenes impactantes. De algún modo, en un inesperado gesto político, Argento parece sugerir que las instituciones pueden también engendrar monstruos. Ni más ni menos. Pero monstruos en un sentido teñido del humanismo desesperado que se puede apreciar, por ejemplo, en los Frankensteins de James Whale: el de seres que se la pasan penando a la deriva, parias condenados a errar eternamente a solas con su inmenso dolor a cuestas. O como se intuye en la última imagen de la película –la madre y el hijo adentro de un auto, solos y perdidos para el mundo– embarcados en un viaje terrible hacia el fin de la noche.

Publicado en Cinemarama el 17/11/08

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