Sobre The Babadook

Sobre The Babadook - c i n e m a r a m a

por Fiorella Valente

Historia de la opresión. El terror es uno de los géneros más explorados en la historia del cine. El miedo a lo desconocido, a lo oscuro, a lo diferente, a lo sobrenatural existió siempre, pero sin dudas se potenció desde el momento en que pudo ser reflejado en imágenes concretas, en cuanto pudo ser manipulado, cuando se logró ponerle ojos, dientes, altura, ya no solo un nombre y confiar en que nuestra imaginación nos haga leve lo creado. No, desde que películas como las pertenecientes al expresionismo alemán empezaron a inundar nuestro acervo de imágenes, el miedo se volvió mucho más material y concreto. Ahora, ¿esto lo volvió en algún sentido más real?.

The Babadook es una película que explora esa idea, tan antibíblica por cierto, de que ver es creer, y quizás, de que si nos despojamos de ciertas barreras de sentido, creer es ser.

Pasando revista, rápido y sin detenernos, la película nos muestra a una madre que no puede dormir, comer, disfrutar, vivir, porque no solo tiene un hijo insoportable, sino que ese niño es el trueque que la vida misma le dio el día en que se llevó a su pareja en un accidente de auto camino al hospital donde finalmente nació Samuel. El trauma, el cansancio y la mala suerte de la maternidad hacen estragos en una mujer que no puede lidiar con los miedos del chico, que no para de asegurar la presencia de un monstruo en la casa.

A partir de acá es cuando hay dos opciones: podemos apurar el trámite y catalogar la película como terror sobrenatural, bien ejecutado pero tal vez un poco obvio con final anticlimático, o podemos sumergirnos en una fábula mucho más anclada en el mundo real que en el de las hadas, lo que vuelve a la cuestión un tanto sórdida y mucho más terrorífica.

The Babadook está dirigida por una mujer, cosa que no es menor, y es ese ojo feminista (no tanto en un sentido político sino de la mirada como ventana al mundo) el que encuadra, esconde y al fin y al cabo moldea el entorno de una protagonista que no logra contener su misma existencia y termina por desbordar, ahogando todo lo que la rodea, ya sea manteniéndola en una pieza, limitándola u oprimiéndola. Esa ola destructiva que se originó en un plano intangible se materializa de forma demoníaca y asesina, más no sea porque adentro suyo aquello que lograba el equilibrio (y la sanidad) se fue drenando en su cotidianeidad.

La figura de la madre soltera, desprovista de cualquier tipo de muleta emocional, viviendo en duelo constante por la muerte del marido, luchando y sufriendo por un niño que, más que un premio ganado por haber llegado a la meta de ese camino de padecimiento, parece un castigo, es el escenario ideal para la proliferación de la locura. Sin embargo, es al mismo tiempo condición indispensable para que, al encontrar la madre verdadero descanso, la satisfacción sea doble.

La ruta ya ha sido recorrida, solo hay que pensar en El exorcista, El resplandor o El conjuro. Los ejemplos de mujeres versus entidades ¿sobrenaturales? en pos de la protección de la cría (sí, en un sentido casi animal) demostraron siempre ser efectivas y presentar cierta nobleza. Ahora, ¿es eso lo que The Babadook retrata?

Lo cierto es que acá el caso parece ser más sobre la psicología de Amelia, la protagonista, un viaje por sus miedos, ansiedades y problemas con la maternidad, que acerca de la intrínseca relación con su hijo. Y puede que esta sea la razón por la que su directora, Jennifer Kent, realizó la película más valiente y necesaria en mucho tiempo: ¿está Amelia obligada a conformarse con su presente? ¿A aprender a ser feliz con Samuel, superar la pérdida de su esposo y simplemente aceptar el regalo milagroso de la naturaleza que es el ser madre? Estas preguntas se instalan inevitablemente a medida que vamos siendo testigos del deterioro mental de Amelia, de cada noche en que no puede conciliar el sueño por la conducta casi feral de su propio hijo. Ella quiere dormir, él no la deja: “Mamá, mamá, mamá”. Llega un punto en que la falta de sueño y la posesión demoníaca no presentan pruebas de ser algo desasociado.

A la noche, en el momento de dormir, con el silencio, es cuando el libro del Babadook entra en la vida de Amelia y Samuel. El Babadook es propuesto por Sam como una variante de los libros que Amelia le leía cada noche con la urgencia de quedarse sola. No sabe de dónde salió ni quién lo trajo, nada de esto va a importarle mucho a lo largo de la película, apareció acaso como por arte de magia, en algún truco de Samuel, o lo trajo ella y no logra recordarlo, no interesa. Lo verdaderamente esencial será cómo callarlo, porque a medida que la lectura avanza, el Babadook va advirtiendo el infierno que se terminará desatando y que, desafortunadamente, nunca va a desaparecer.

La génesis del personaje parece estar emparentada al Struwwelpeter, protagonista de una serie de cuentos infantiles alemán. El Struwwelpeter presenta manos alargadas con uñas interminables que le propinan un aspecto más bien escalofriante, ideal para cumplir su objetivo de asustar a los niños que no se portan bien. En este caso, el Babadook irrumpe disfrazado de Pedro Melenas, pero claramente su intención va más allá que la de ser el proveedor de enseñanzas benévolas.

El libro posee una apariencia artesanal, con dibujos de líneas rectas y definidas; en ellas se representan dos elementos cinematográficos muy presentes a lo largo del film: el cine de Melies, los trucos, la magia, la idea de un espectáculo visual y el expresionismo alemán, los decorados con ángulos marcados, los colores oscuros y el uso de contraste y sombras definidas.

Así pareciera ver el mundo Amelia, ya sea en la tv o en su propia casa, y así es como crea a ese personaje alto, vestido de negro, con largas ¿garras, uñas? y un gran sobretodo que parece pesar tanto como le pesa la vida a ella.

La casa es otro personaje en el relato. Siguiendo la línea del terror claustrofóbico del mejor Polanski, las habitaciones con puertas siempre cerradas, la estrecha escalera, las paredes grises y viejas que anidan infinidad de cucarachas que están y no están, es la maqueta a escala gigante del laberinto (pensemos en el final agotador de El Resplandor) que es la cabeza de Amelia, y que de a poco fue atrapando a su propio hijo.

Samuel es el sujeto clave a la hora de entender a la protagonista. Su venida al mundo significó el fin del bienestar para ella y el principio de la depresión. La maternidad le representa un sinfín de tragedias que no logra sacarse de encima. No es casual que la frase que más resuena en el libro sea “no podés deshacerte del Babadook”, que bien se podría interpretar como la imposibilidad de deshacerse de su propio hijo, o bien de sus miedos y de sus fracasos. Sam está obsesionado con la magia y con construir armas para defender a su mamá de monstruos que posiblemente él mismo esté creando de manera indirecta. Asimismo, es un recordatorio constante para Amelia de la ausencia del esposo, y la insistencia de Samuel en explorar el espacio del sótano, lugar donde apila todos los objetos que le pertenecían a su padre, le evidencian a ella que no solo enterró los recuerdos dolorosos en el cuarto debajo de la escalera, sino también en su inconsciente, recuerdos que afloran presionando el inminente quiebre. De hecho, al final de la película, lo simbólico se ve representado por el encarcelamiento del Babadook en la profundidad del sótano al que ella baja, se enfrenta, lo alimenta y luego vuelve a subir para lidiar con sus tareas de madre; manera velada de recordarnos que algunas veces los monstruos más terroríficos no son los que desaparecen cuando prendemos la luz, sino aquellos con los que aprendemos a vivir.

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