Sobre P’tit Quinquin, la serie de Bruno Dumont

Sobre P'tit Quinquin, la serie de Bruno Dumont - c i n e m a r a m aAño: 2014
Origen: Francia
Dirección: Bruno Dumont
Guión: Bruno Dumont
Intérpretes: Alane Delhaye, Lucy Caron, Bernard Pruvost, Philippe Jore, Corentin Carpentier, Julien Bodard
Fotografía: Guillaume Deffontaines
Duración: cuatro episodios de 52 minutos

por Aníbal Perotti

Bruno Dumont se reinventa, patea el tablero y hace estallar su imagen de místico tenebroso. El cineasta sacude las fronteras entre el drama y la comedia, entre la pantalla grande y la pequeña, entre las series americanas y el cine francés. P’tit Quinquin es una apoteosis que conjuga la recapitulación de todo su cine con una nueva etapa sorprendente. Dumont conserva el marco geográfico, su impecable sentido del encuadre sobre los paisajes verdosos y su excepcional habilidad para dirigir actores. Pero ahora agrega diferentes registros cómicos que combina hábilmente para encontrar la esencia del humor en el corazón de su microcosmos.

En una de las tantas secuencias delirantes, el teniente Carpentier pasa a buscar al capitán Van der Weyden a la salida de la iglesia manejando el patrullero sobre dos ruedas. Dumont avanza  haciendo equilibrio como el policía. El capitán se pregunta varias veces: ¿Qué es este burdel? Es la audaz versión tragicómica de un cine heredero de la tradición naturalista de Dreyer, Bresson o Pialat. Dumont ya ha demostrado que puede salir de sus propios códigos sin perder de vista sus obsesiones, con la experimental Twentynine Palms en California o con el uso de estrellas como Juliette Binoche en Camille Claudel 1915. Con P’tit Quinquin, el cineasta demuestra un notable grado de madurez y autoconciencia que le permite abordar sin complejos la serie policial derribando todos los lugares comunes sobre el género y sobre su propio cine con un sentido del humor desconcertante.

¿Quién mató a la señora Lebleu? ¿Su amante? ¿Su marido? ¿La amante de su marido? La insólita acumulación de cadáveres, pistas confusas y gags desopilantes desvía rápidamente la narrativa de sus bisagras realistas y convierten a la investigación en un puro absurdo que desorienta a los gendarmes. Nunca sabemos si Van der Weyden es el rey de los imbéciles o el genio creativo que insinúa el aire iluminado de muchos primeros planos. El gran Bernard Pruvost compone a un delicioso comandante lleno de tics, mezcla de Monsieur Hulot y Groucho Marx, claudicando como una marioneta desarticulada en medio de un ambiente inestable.

El travieso Quinquin encabeza una galería de personajes inolvidables. El pequeño disfruta tirando petardos con sus amigos y abrazando a Eva. La dulzura del vínculo con su enamorada contrasta con las agresiones a un niño de origen árabe. Podemos sentir el placer de la digresión ligada al formato de las series con el personaje del joven Mohammed, que en el comienzo es secundario pero llega a ser principal en el tercer episodio. Dumont asume el riesgo político de que su pequeño héroe sea racista y quiebra el tono sin perder el equilibrio del conjunto. De todas maneras, el humor prevalece. Los gags invitan a la carcajada franca, como cuando Quinquin tira un petardo dentro de la casa o el abuelo pone la mesa lanzando vasos, y desembocan en una secuencia antológica durante el funeral de la señora Lebleu: entre el delirio del organista y las risas de los sacerdotes que parecen borrachos y olvidan sus oraciones, Dumont transforma la misa en una escena memorable de una potencia cómica extraordinaria.

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