Dossier Godard – La gaya ciencia

Dossier Godard - La gaya ciencia - c i n e m a r a m aLa gaya ciencia (Le gai savoir – Francia, Alemania – 1969)

Dirección: Jean-Luc Godard
Guión: Jean-Luc Godard
Intérpretes: Juliet Berto, Jean-Pierre Léaud

“volveremos a cero
¿Y qué haremos allí?
Miraremos a nuestro alrededor…
 para ver si hay huellas”

por Ignacio Verguilla

La intemperie. En la noche oscura de un estudio de televisión, un hombre y una mujer. No hay espacio, no hay paredes, apenas se intuye un piso como arquitectura indispensable para no caer en el vacío. Ella se acerca, se miran, cada uno habla por el otro, lo presenta y lo interpela. Un par de luces y un paraguas “antiatómico” completan la escena (un mero paraguas, o un reflector de conciencia, rezará la primera de las ironías que cultivan el factor político de todo cuanto será visto, dicho u oído en esta película-ensayo-manifiesto). Estamos a un paso del abismo, del grupo Dziga Vertov, del activismo político radicalizado de Godard, del primer adiós al lenguaje (del cine, de las ideas sobre el cine, de la ficción).

Ni Hollywood, ni los soviéticos, ni los alemanes ofrecen ya materiales para ser deconstruidos en una historia: no más espectáculo, es el momento de la lucha. Lo que sigue es el gesto urgente, el imperativo de buscar la verdad en los hechos y “descubrir, de cada imagen, quién habla”. En ese post-mayo del 68 (el rodaje empezó antes y acabó en un desencantado después) la intervención de los materiales, la caligrafía sobre imágenes publicitarias, comics o de mera propaganda –sexual, ideológica o mercantil– desenmascaran, si acaso hiciera falta, el fin de la inocencia. Y ante todo, el collage audiovisual como forma de estallar el sentido, de plagar la pantalla de signos para refutar el presente. Para intentar, desde las esquirlas de un espacio violentado y descubierto en su reverso más atroz, volver a cero. Ya no con una mirada-niño; ya no desde el inútil eufemismo de volver a una instancia que quizás no existiera (y que seguro no existirá). Volver a cero, no aceptar “verdades evidentes”, vislumbrar el mundo, parece ser la fórmula de esta reflexión fílmica volcada en los ojos y los labios de un hombre y una mujer. Una suerte de quimera del encierro a la que estos tipos vuelven a someterse noche tras noche, hasta que el amanecer los expulsa a la realidad de las luchas obreras, los reclamos estudiantiles y a la ilusión de la política. Si hay una estructura en la película, un orden que sujeta las riendas ya desatadas, habría que encontrarla en esas noches de eternos retornos, en esos intertítulos que fechan tres largos años de intensa agitación. La entrevista a un niño sometido a una serie de interrogantes, y su contraplano con la presencia de un viejo sin dentadura que busca inútiles respuestas porque no entiende nada, marcan el arco poético y materialista de un Godard corrosivo como nunca antes.

Comunismo, revolución, sexo, una tríada posible para esta metralla de imágenes intervenidas, de nociones inestables, de montaje a velocidad del pensamiento inquieto, lúcido y abrumador de un vanguardista que entendió que ya no había –al menos en esa época y en ese tiempo que hoy parece de otro mundo– un paisaje posible para la ficción.

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